Jerjes Aguirre Avellaneda
En política: los jefes y los líderes
Viernes 22 de Septiembre de 2017
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En los días que transcurren, en el marco del proceso electoral en curso, predominan las preocupaciones sobre los posibles candidatos a los diferentes cargos de elección, por encima de cualquier otra consideración relacionada con el fondo y la esencia de la política y su dinámica. En el país entero crece y se extiende la epidemia de la “candidatitis”.

Ello a pesar de que México tiene grandes y fundamentales problemas por resolver para mantenerse como país con identidad propia en medio de los peligros que conlleva la crisis contemporánea del mundo. En un contexto como este, el tema de los liderazgos adquiere una importancia fundamental que trasciende a las “simples candidaturas”, en tanto la estructura del liderazgo representa el capital político básico de toda democracia.

El fenómeno predominante es el de los “simples candidatos” impulsados por los partidos políticos y los que actúan de manera independiente, caracterizados porque en lugar de los principios intentan quedar bien “dando a todos por su lado”
El fenómeno predominante es el de los “simples candidatos” impulsados por los partidos políticos y los que actúan de manera independiente, caracterizados porque en lugar de los principios intentan quedar bien “dando a todos por su lado”
(Foto: Cuartoscuro)



Podría suponerse que un candidato es por naturaleza un líder, con capacidad para leer la realidad, para identificar las fortalezas y debilidades de los procesos de cambio, que diseña las soluciones a los problemas en función de ideales y principios éticos, teniendo capacidad para hacerse comprender, convenciendo a seguidores y no seguidores, para convertir en hechos las ideas, los proyectos y los grandes sueños, creando fuerzas interiores sin límite en la convicción y el entusiasmo.

Sin embargo, el fenómeno predominante es el de los “simples candidatos” impulsados por los partidos políticos y los que actúan de manera independiente, caracterizados porque en lugar de los principios intentan quedar bien “dando a todos por su lado”, presentándose como “factores de unidad”, seguridad para la inversión y el empleo, respetuosos de la ley y los derechos humanos, incansables y leales defensores de las libertades ciudadanas. En lo esencial, persiste la práctica de la demagogia, expresada en la máxima de que “el prometer no empobrece, lo que aniquila es cumplir”, sancionado con la presencia de notarios públicos que otorgan solemnidad a los compromisos.

El surgimiento de “simples candidatos" es el resultado de las inercias y de las incesantes repeticiones, del más de lo mismo perfeccionado, que abona al deterioro de la política, al agotamiento de los partidos y al cansancio con una democracia sin instrumentos confiables y debilitada en su credibilidad, en sus resultados y en sus prácticas.

Es conveniente recapitular, como contribución a la buena política y a la reafirmación del valor político de los líderes democráticos, que en todo grupo humano, grande o pequeño y cualquiera que sea su naturaleza, destacan de entre sus miembros a quienes cumplirán las funciones de liderazgo que permitan alcanzar sus objetivos y metas. Si los objetivos son de carácter general, que afecten al conjunto de la sociedad, entonces es procedente referirse a grupos y liderazgos de carácter político.

Actualmente, el tipo de organizaciones políticas facilita que surjan candidatos por la vía que Weber llamó de la “organización burocrática”, que en este caso corresponde al gobierno, particularmente los poderes Ejecutivo y Legislativo, utilizando a la vez, de manera intensiva y sistemática, los medios masivos de comunicación. Los ejemplos concretos son abundantes en la burocracia, donde la función pública y los recursos públicos son utilizados para “crear imágenes” y construir carreras políticas, presentando a personajes con “amplia trayectoria”, “probada eficiencia y honorabilidad”, “entrega y compromiso con los más necesitados” y “férreos defensores del Estado de Derecho”.

No se trata de características demostradas en las trayectorias políticas, sino inventos con fines mediáticos de propaganda. No hay antecedentes de actividad partidista en trabajos de organización y educación política, mucho menos a la experiencia acumulada en el desempeño de una probada trayectoria de cargos públicos. En la práctica cualquiera puede aspirar y lograr convertirse en “representante popular”, gobernador de su estado y hasta presidente de la República. Esta ha sido una realidad, que explica el desprestigio de la política.

Hay, en consecuencia, en los inicios del proceso electoral que culminará el 1º de julio de 2018, una crisis profunda de liderazgos reales, con un predominio de políticos emanados de la organización burocrática del gobierno y de los partidos políticos. El liderazgo auténtico tiene mínimas posibilidades, a menos que firme “pactos”, cancelando con ello su condición de líder. En cambio, los políticos de la burocracia, los llamados “jefes” por sus subordinados, predominan y se preparan para obtener supuestamente “triunfos legales y legítimos”.

Un líder auténtico es la creación de un grupo, de su clase social y de toda la sociedad; no nace, sino que se hace en una situación con dificultades y para resolver esas dificultades. Representa invariablemente los ideales y las aspiraciones de sus seguidores. Es el resultado de los propósitos de su tiempo y cambia junto con ellos, puesto que no es líder para siempre. Es, en síntesis, la personificación de los problemas y sus soluciones, del futuro deseado y de las más elevadas cualidades de su tiempo. La voluntad y el valor, la lealtad sin engaños, el orgullo y la dignidad de los suyos. Sin liderazgos políticos los ciudadanos carecen de toda posibilidad para el triunfo de la democracia.

Por una parte, los “jefes” son el resultado de las imposiciones por las cúpulas de las organizaciones burocráticas, proceden de las designaciones y no del consenso sobre el reconocimiento de lo que representan y de sus contribuciones para alcanzar los objetivos de los grupos de pertenencia. A su vez, el “jefe” es el que “manda” y el que toma las decisiones arbitrariamente y en su propio beneficio. También procura mantener una “distancia social” del grupo al que corresponde y carece, por tanto, de identificación con sus seguidores, se siente único y hace de la mentira, el engaño, la manipulación y la demagogia sus métodos preferidos y únicos.

Consecuentemente, para las elecciones del domingo 1º de julio de 2018 habrá que mantener la cabeza fría para decidir por cuáles candidatos merece emitirse el voto. Conviene, en todo caso, elegir a líderes para que las elecciones sean históricamente contrapuestas a lo que Oswald Spengler llama “la dictadura del dinero”. Habrá que terminar con los poderes tradicionalmente representativos de la decadencia mediante los hechos que no se contraponen: los principios y los votos o, si se prefiere, los votos con principios.

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