Ramón Guzmán Ramos
La revolución y la guerra
Sábado 23 de Septiembre de 2017
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En octubre de 1912 Trotsky aceptó ser corresponsal del periódico El Pensamiento de Kiev en la guerra de los Balcanes. Servia y Grecia se enfrentaban encarnizadamente contra Bulgaria y este conflicto despertó la curiosidad de Trotsky. Como corresponsal de guerra, no se conformó con las noticias que le llegaban del frente, sino que incursionó en el campo de batalla para percatarse personalmente de cómo ocurría el conflicto y las estrategias que utilizaban los ejércitos que se confrontaban. Combinaba el trabajo periodístico con la lectura apasionada de libros sobre estrategia de guerra. No sólo logró reflejar con una descripción dramática, trágica la mayoría de veces, la realidad de violencia extrema, de vuelta súbita a la barbarie, que representaba la guerra, sino que hizo interpretaciones profundas, certeras, acerca de la orientación que seguía el conflicto bélico. “La noche estalla con estruendo sofocado a orillas del precipicio. De las entrañas de la tierra retornan las garras y los gruñidos. La piel del hombre se llena de sangre ardiente, del pelo salvaje del simio”, escribía para sus lectores en Rusia.

En 1914 estalló la Primera Guerra Mundial.
En 1914 estalló la Primera Guerra Mundial.
(Foto: Especial)


En 1914 Europa dio un giro súbito a la época salvaje de la humanidad y quedó envuelta en un conflicto bélico internacional de proporciones nunca vistas en la historia. Estalló la Primera Guerra Mundial y este acontecimiento hundió en la confusión a los revolucionarios europeos. La Segunda Internacional se impregnó de un chovinismo exacerbado, de un nacionalismo rabioso que terminó por hacerle el juego a las tendencias militaristas de cada país. La causa revolucionaria fue abandonada en aras de la defensa de cada nación, el internacionalismo proletario fue sofocado por un espíritu oscuro de patriotismo a ultranza. Ante la amenaza de reclusión, Trotsky y su familia se trasladaron a Zurich. Durante estas semanas intensas en acontecimientos, escribió La guerra y la Internacional, considerada la primera declaración extensa de política antibélica escrita por un socialista ruso. Se pronunció por una paz democrática, sin anexiones ni indemnizaciones, que permitiera la autodeterminación de las naciones oprimidas. Pero una paz de esta naturaleza, puntualizó, no sería posible con los gobiernos capitalistas a cargo. Sólo un levantamiento de los pueblos beligerantes contra sus gobiernos opresores podría lograr tal clase de paz. Sería una paz que de inmediato firmaran los nuevos estados socialistas de Europa. De la guerra podía surgir la revolución y generar la construcción de un nuevo orden socialista internacional.

A finales de noviembre salió de Suiza para radicar en Francia. Siguió siendo corresponsal de El Pensamiento de Kiev. A mediados de 1915 se llevó a cabo la Conferencia de Zimmerwald, precursora de lo que llegaría a ser la Tercera Internacional. La Segunda, afirmaron los asistentes, se había dejado contaminar por una intoxicación chovinista que aniquilaba toda iniciativa revolucionaria. Como corresponsal de guerra solía darle un mayor énfasis en sus reportes al factor humano. Habitualmente narraba las aventuras de un solo soldado, revelando por medio de ellas algún aspecto significativo de la guerra. No perdía tampoco la oportunidad para dar a conocer su enfoque permanente de la revolución. Rusia, decía, iniciaría la revolución socialista que se extendería luego a toda Europa. Rusia, sola, no estaba madura para el socialismo, pero Europa en su conjunto sí. No se concebía una revolución aislada por mucho tiempo en un solo país. “La revolución debe comenzar sobre una base nacional, pero, en vista de la interdependencia económica y político-militar de los estados europeos, no puede llevarse a su término sobre tal base”. El 30 de octubre de 1916 fue detenido por dos agentes de la Policía en París y deportado a la frontera española. El 13 de enero de 1917 desembarcó en el puerto de Nueva York. En esta ciudad de Estados Unidos se dedicó a dar conferencias sobre el colapso del socialismo en Europa ante la política equivocada de la Segunda Internacional y su convencimiento de que hacía falta una Tercera Internacional, que de la guerra podía brotar el socialismo como un jardín inmenso en medio de la conflagración. Hasta allá le llegaron noticias de disturbios en Rusia, amotinamientos de gente hambrienta que clamaba por el regreso a la paz. El 27 de marzo zarpó de inmediato rumbo a su país dispuesto a arrojarse nuevamente al torbellino para darle dirección a la historia. El 3 de abril fue detenido en Escocia. La Policía Naval británica lo bajó por la fuerza del barco y se lo llevó a un campo de prisioneros de guerra.

La guerra estaba hundiendo a Rusia en la pobreza y la desesperación. Los campesinos eran obligados a dejar sus familias e ingresar a un ejército que era presa de la desmoralización, de modo que pronto comenzaron a producirse las deserciones y las insubordinaciones en todos los frentes. En febrero de 1917 se produjo una huelga y una manifestación de mujeres que protestaban por la carestía y la escasez de alimentos. Pocos días después los soldados se unieron a las protestas y exigieron la destitución del gobierno. De esta manera se formó nuevamente en Petrogrado el Consejo de Delegados de los Trabajadores, o Soviet. Los ferroviarios, que eran los encargados de trasladar los refuerzos a los frentes de batalla, se unieron también a la huelga y Nicolás II terminó abdicando. El Comité Ejecutivo del Soviet, del que Trotsky había sido presidente en 1905, exigió al gobierno inglés la liberación inmediata de Trotsky, la cual se produjo el 29 de abril. El 17 de mayo hizo el viaje en tren, a través de Finlandia, hasta Petrogrado. Una muchedumbre que enarbolaba banderas rojas lo sacó en hombros del tren y ante la multitud hizo inmediatamente su llamado a una nueva revolución. En 1905 Trotsky había sido el primero de los emigrados en regresar, esto le permitió ubicarse de inmediato en un lugar privilegiado en la revolución. Ahora era el último y no parecía haber ningún puesto vacante adecuado para un hombre de sus dotes y su audacia. Lenin había llegado un mes antes y había elaborado y dado a conocer a la dirigencia bolchevique sus famosas Tesis de abril: Rusia había entrado a la fase burguesa de la revolución puesto que las relaciones hegemónicas eran capitalistas. Pero había que impedir que la burguesía, desde el poder, pudiera organizarse y aplastar la fuerza revolucionaria de los Soviets, que se extendían por todos lados.

Los partidos que habían formado el primer gobierno del príncipe Lvov se esforzaron, en efecto, por limitar la revolución al derrocamiento del zar Nicolás II y, de ser posible, salvar a la monarquía, continuar la guerra y restaurar la disciplina social y militar. Por su parte, los bolcheviques lanzaban la consigna de “todo el poder a los Soviets” a las calles y a los sindicatos. Estos eran los órganos auténticos de representación de la clase obrera y estaban llamados, por lo tanto, a tomar el poder, lo cual implicaba necesariamente que sería a través de una insurrección. El 7 de mayo Trotsky se reunió con Lenin y le informó que no favorecía ya la unidad entre las dos facciones del partido. Lenin, a su vez, había adoptado los puntos esenciales de la revolución permanente de Trotsky. Las sendas de ambos, divergentes durante mucho tiempo, confluían ahora que el torbellino de la revolución se presentaba ante sus ojos. Lenin invitó a Trotsky a unirse definitivamente a los bolcheviques pero éste pospuso todavía esta decisión.