Aquiles Gaitán
El castillo
Martes 26 de Septiembre de 2017
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Frente a los desastres, más desastres y en el fondo la esperanza que nace como un tierno retoño que brota desde la yema de la conciencia. Los cantos fúnebres, cánticos del alma, se escucharon nuevamente en este país de trágico destino, las letanías de Jeremías el profeta acompañan al viento que lleva los lamentos tristes. ¿Qué se puede hacer ante un sismo? Guardar silencio y resanar las grietas, levantar los escombros y recoger los muertos, curar los heridos y vencer los miedos. Todo lo demás es agua para los molinos, aquí la vida no es eterna ni es la patria celestial, es un territorio devastado, un pueblo inerme y un gobierno impotente ante la magnitud de la desgracia, ¡claro! Donde hay este tipo de desgracia, e impotente también, ante el otro tipo de desgracia que lleva más muertos que el sismo, empobrecido además, por los fracasos.

¿Qué se puede hacer ante un sismo? guardar silencio y resanar las grietas, levantar los escombros y recoger los muertos, curar los heridos y vencer los miedos.
¿Qué se puede hacer ante un sismo? guardar silencio y resanar las grietas, levantar los escombros y recoger los muertos, curar los heridos y vencer los miedos.
(Foto: Cuartoscuro)

No es el momento de señalar debilidades con índice de fuego ni cortar yugulares políticas, de nada sirve, es igual a prender una veladora que recuerde por un rato con la llama encendida, un pensamiento que se apaga cuando el pabilo se acaba. Las tragedias nos cimbran, como el temblor a las casas y edificios, desde los cimientos. Si tenemos cimientos sólidos y profundos, reflexionamos ante la desgracia y como los viejos arrieros: “Andando que se hace noche”. Seguimos adelante enfrentando el destino, si no hay cimientos sólidos y profundos, es el desconcierto, la incertidumbre, la desilusión. Esos cimientos sólidos y profundos se llaman conciencia crítica y la expresa cada quién a su manera, baste el ejemplo de una anciana que en las redes sociales, indignada con los medios de comunicación, con su lenguaje florido les reclama la falacia de la niña inexistente que la tuvo llorando dos días frente al televisor, esa mujer representa el sentir de un pueblo manipulado en vivo y a todo color por noticieros sin escrúpulos cuyos formatos deben cambiar hacia la objetividad.

Mi apoyo a los damnificados, será moral, no creo en los canales de ayuda institucional. Tampoco voy a declamar con voz a cuello el rimbombante poema “México, creo en ti”, porque no creo, creo en el esfuerzo cotidiano por ser mejores, en hacer bien el trabajo cada día, si es que se tiene, con el gusto de tenerlo sin perder de vista el horizonte de la propia vida, creo en la coherencia entre el decir, el hacer y el pensar; creo en la honestidad y el decoro, creo en la vergüenza, creo en la tristeza, creo en el amor, creo en la belleza, creo en un país dirigido por gente honesta y competente, que anteponga el interés colectivo al interés personal, lo sé de cierto que lo que creo es hasta romántico, pero así son los ideales que impulsan la vida de los hombres: “Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala hacia tal excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde hacia la mediocridad, llevas en ti el impulso de un ideal”, eso dice y dice bien José Ingenieros al inicio del libro El hombre mediocre, que debería ser junto con El príncipe de Maquiavelo lectura obligada para los aspirantes a cargos de elección popular ¡claro!, más la declaración de principios de su partido y el juramento frente a la bandera del quinto mandamiento: ¡No robarás!

El estado no puede administrarse por la buena fe ni por la virtud privada, es la ley y el bienestar común el que lo rige, la organización y la seguridad que es la virtud del estado, quieran o no quieran, el problema es que no pueden, les falta la razón y les faltan razones, no podemos hacer nada frente a los representantes de los manicomios llamados partidos políticos y menos de sus tránsfugas.

La vida sigue, el tendero abre la tienda, el albañil hace la mezcla y pega tabiques, el carpintero sigue con la garlopa, la cocinera pica la verdura y prende los fogones, los músicos tocan las melodías preferidas, los fumadores fuman, los holgazanes del café siguen su charla infinita, los diputados sesionan, el chofer maneja despreocupadamente, así pasa la vida cotidiana, lo que pasó ayer, el tiempo lo diluye como un puño de sal en el océano.

Todos queremos llegar a donde nos propusimos llegar, algunos irán todavía más lejos pero no todos y por esos que no llegan, por esa multitud, ¿quién se preocupa? Ya no digo de los presos injustamente, ni de los enfermos incurables, ni de los que no tienen ni para comer, ni los criminales sueltos y actuantes, hablo de la gente común, esa que conforma los pueblos y ciudades, esa que está perdiendo la fe en sus representantes, esa que cada día se rasca con sus uñas. ¿Cómo los van a convencer de ir a votar? El camino del entreguismo al extranjero, el de vender y concesionar por 99 años el patrimonio nacional, no nos lleva más que a ser esclavos del capital que está sustituyendo al Estado, a pagar caros los servicios que necesitamos para vivir y a seguir cooperando con nuestros donativos obligatorios en dinero, comúnmente llamados impuestos, destinados al sostenimiento de un Estado que no sentimos que nos representa ni defiende nuestros intereses. El proceso electoral, la lotería de la ¡cancha y tablas jugadores!, como un castillo de pirotecnia, tiene la mecha prendida. ¡Contemplemos el espectáculo!

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