Alejandro Vázquez Cárdenas
Medicina, pronóstico reservado y tanatología
Miércoles 17 de Febrero de 2016
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“Todo tiempo pasado fue mejor” es una frase común entre quienes añoran una época que no regresará. Pero no es la idea en este momento discutir qué tiene de verdad esa sentencia; sólo afirmo, con razones, que en medicina todo tiempo pasado fue peor. Revisemos lo siguiente.

En el pasado, hablemos del siglo XIX y buena parte del siglo XX, el médico sustentaba muchos de sus pronósticos sobre bases poco firmes y muchas veces francamente inciertas. Por lo anterior, es correcto suponer que sus errores no eran raros. Era, por lo tanto, comprensible que no quisiera comprometerse emitiendo un dictamen preciso y prefiriera utilizar la expresión “pronóstico reservado” como una muestra de cautela. Actualmente, con los enormes avances en los procedimientos diagnósticos, tanto de laboratorio como de imagenología, se continúa utilizando con más frecuencia que la justificable el término “reservado”, no tanto por la posibilidad de errar en el diagnóstico, sino por el temor de darle al paciente el diagnóstico exacto si éste tiene un carga ominosa como, por ejemplo, un agresivo cáncer metastásico con pronóstico fatal a un plazo no muy lejano. Por lo general, en esos casos, el médico, que lo último que desea es ser un “mensajero” de la muerte, se refugia en las viejas actitudes de los clínicos del pasado, habla poco, evade dar datos precisos sobre el futuro del paciente y lo inminente de su deceso y termina diciéndole sólo parte de la verdad. Prefiere, ante el paciente, esconderse en un ambiguo “pronóstico reservado” y sólo con los familiares se discute abiertamente el futuro del paciente.

Una incómoda realidad es que con frecuencia el médico se aleja del paciente moribundo escudándose en el argumento de que ya no tiene nada útil qué ofrecer; si realmente piensa eso o sólo quiere pensar así es lo mismo, el médico calla y en apariencia se queda tan tranquilo.

Pero la verdad es que desde hace decenios se ha demostrado que un paciente moribundo conoce la gravedad de su enfermedad, no tanto porque él solito llegue al diagnóstico, sino porque lo percibe indirectamente. ¿Cómo?, fácil: son visitados menos por sus médicos, las dosis de analgésicos y sedantes se aumentan, los exámenes de laboratorio de control y de tipo diagnóstico desaparecen, aparece algún sacerdote, los familiares son más cariñosos y finalmente el paciente percibe una conspiración de silencio.

Pero esta conspiración del silencio no es buena, está ya demostrado que en los casos en los que no se discute con los pacientes la naturaleza y pronóstico de su enfermedad los enfermos cursan con más angustia y depresión que el grupo de pacientes a los cuales se les habló con la verdad y están enterados de su próximo final. Esto va en contra de lo que muchos piensan pero es la realidad.
Ha sido, apenas en las últimas décadas, que el acto y el estudio del morir se han incluido en una disciplina, la tanatología, ciencia que es practicada no sólo por médicos, sino por psicólogos, sacerdotes, enfermeras y trabajadoras sociales. La tanatología, recordemos, es una disciplina científica que se encarga de encontrar el sentido al proceso de la muerte, sus ritos y significado. También se encarga de los duelos derivados de pérdidas significativas que no tengan que ver con la muerte física o enfermos terminales.

Ha llegado el tiempo de seguir nuevas rutas y actuar en consecuencia, por lo pronto poner en práctica una comunicación más amplia con el paciente, apoyarlo con un enfoque multidisciplinario, hacerle sentir un real apoyo y la posibilidad de ayuda concreta. Mínimo podemos contribuir en un detalle, eliminar la sensación de abandono, soledad, incertidumbre que caracteriza a las últimas etapas de un paciente terminal.

Se lo debemos a todos.
drvazquez4810@yahoo.com

Sobre el autor
"Medico, Especialidad en Cirugia General, aficionado a la lectura y apartidista. Crítico de la incompetencia, la demagogia y el populismo".
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