Samuel Maldonado B.
Repercusiones
Elegía a la muerte
Martes 3 de Octubre de 2017
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No tenemos ninguna posibilidad de elegir y, desde luego, tampoco podemos ni negarle ni obstaculizar su determinación. ¡Las decisiones que toma la muerte son imperativas e inapelables! Temprano o tarde tendremos que acudir a su llamado. Pero no será por voluntad propia, salvo excepciones, que acudamos a su llamado, ella es la que llega hasta nosotros, la que toma sus decisiones en forma totalmente unilateral y sin que le importe edad, sexo o estado de salud personal; así se luche, se combata denodadamente para evitar su presencia o pongamos cualquier obstáculo, resistencia, o los científicos y médicos se esfuercen tratando de encontrar un antídoto, un obstáculo, algo que detenga el guadañazo mortal. ¡Ella, la muerte, es la que manda!

En nuestras culturas el acto de morir era motivo para celebrar, para crear ofrendas fabulosas, collares, pectorales, obras artísticas para ser colocadas en las tumbas de poderosos señores o no
En nuestras culturas el acto de morir era motivo para celebrar, para crear ofrendas fabulosas, collares, pectorales, obras artísticas para ser colocadas en las tumbas de poderosos señores o no
(Foto: Especial)

No sabemos cuándo ni cómo ni dónde tomará su fatal determinación. Aun cuando nos defendemos contra de ella, considero que pocos pensamos sobre cuándo tendremos su no siempre desagradable visita y en ciertas circunstancias somos nosotros los que la invocamos y hasta le rogamos que acuda a nuestra petición a fin de evitar mayores y personales dolores, o simplemente para hacer descansar de sus males a nuestros a nuestros seres queridos.

La muerte es cruel, y por eso, con frecuencia, hace caso omiso de nuestras plegarias y se los lleva sin que sean escuchadas. Nunca podremos resistirnos a su llamado aun cuando hagamos múltiples resistencias y evadamos momentáneamente su presencia. ¡Siempre termina con la vida de quien se le antoje!, ¡así de infausta es!

Por esa su conducta arbitraria, desde el origen mismo de la humanidad y en las diferentes culturas existentes nos hemos burlado de ella. Le hacemos chascarrillos, la llamamos despectivamente “la pelona”; la dibujamos o la esculpimos como se nos pegue la gana y casi siempre la identificamos simplemente como lo que es: ¡Una señora calavera!

Tenemos la idea de que este personaje es siniestro, mitológico y tal vez simpático. Creemos que es igual a como nuestro cuerpo se descarna después de muerto y permanecer en reposo en el “inframundo” y que nos lleva a terminar sólo como unos cuantos gramos de calcio o carbón puro, si es que somos incinerados como los estudiantes de Ayotzinapa. Así pues, la identificamos, igual a nosotros, cuando ya sin ninguna carnosidad quedamos sin ya ser nosotros.

Pero en México, la muerte nos pela los dientes, nos hace los mandados y, como anti solemnes, año con año la festejamos pero burlándonos de ella. En fin, la caricaturizamos y nos reímos inclusive cuando estamos en presencia de su imagen. No sabemos bien quien y cuando la representaron como un simple esqueleto, pero sí sabemos que fue el magnífico grabador y artista de nombre Posadas, quien la caricaturizara magistralmente de tal manera que esas figuras que dibujó han sido múltiplemente calcadas, copiadas en pequeños o grandes retratos, esculpidas en barro, bronce, o hechas en papel picado, que no solamente nos asombran a nosotros sino a los extranjeros en general.

La muerte, como espectro femenino, es sin la carne que en vida cubría el cuerpo, calcio puro, oculto sólo por un sudario o mortaja y llevando una guadaña en su huesuda mano, siempre lista para descargar el guadañazo y acabar con la vida de quien se le antojó. Y así le rendimos culto y por esa milenaria tradición comemos y bebemos a su salud en los recintos donde nuestros muertos reposan.

Los originarios de casi toda esta tierra mal llamada América la veneramos, le rendimos gran culto. Con frecuencia y por voluntad propia acudimos a ella en actos que pueden considerarse como “valientes” y o contradictorios.

En la cultura inca, “El venerado padre Atahualpa, con astucia falaz, cogiéronle y ya rendido le dieron muerte fatal. ¡Corazón de león cruel, manos de lobo voraz, como a indefenso cordero le acabasteis sin piedad. Reventaba el trueno entonces granizo caía asaz, y el sol entrando en ocaso reinaba la oscuridad”. “Elegía de la muerte de Atahualpa”.

En nuestras culturas el acto de morir era motivo para celebrar, para crear ofrendas fabulosas, collares, pectorales, obras artísticas para ser colocadas en las tumbas de poderosos señores o no, y como ejemplo está la tumba del rey Pacal.

En fin, el viaje a Mictlán es largo y para llegar a éste “se tiene que cruzar un río, atravesar dos cerros, el camino de culebra, el de la lagartija verde, los ocho páramos, los ocho collados, el lugar del viento de navajas de obsidiana y el río Chiconauapan, hasta llegar al noveno nivel, el del inframundo, el Mictlán. Un perro guiaba el alma del muerto la que al cabo de unos años, como el recuerdo de los vivos, se disolvía”.

Al Mictlán iban a parar todos los muertos destrozados o descarnados en las guerras, pero para llegar éste tenían que cruzar nueve planos, siendo el último donde se encontraría el final de su reposo, el Inframundo.
Del Tlalocan o paraíso, el segundo plano, se pasaba al tercero o Cihuatlampa, que significaba el cielo, desde el cual se dirigía hasta el sol. Allí se esperaría a que pasaran cuatro años para finalmente llegar al descanso definitivo, el llamado inframundo.

Sobre el autor
Samuel Maldonado Bautista Editorialista en La Voz de Michoacán, Buen Día y Cambio de Michoacán. Diputado Federal (1997-2000); Coordinador de Política Interior de la fracción del PRD en la Cámara de Diputados; Vocal Ejecutivo de la Comisión Ejecutiva para el Desarrollo de la Costa Michocana en el gobierno del Estado (2000); Director General del Conalep, Mich. Gob. de Lazaro Cárdenas Batel.
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