Ramón Guzmán Ramos
Ayotzinapa: Tiempo funeral
Sábado 16 de Abril de 2016
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Movilización de estudiantes de distintas normales del Estado en demanda de la aparición de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa.
Movilización de estudiantes de distintas normales del Estado en demanda de la aparición de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa.
(Foto: Archivo)

Morelia, Michoacán.- La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) decidió finalmente que no existen condiciones para extender en México la estancia del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independiente (GIEI). El gobierno de Enrique Peña Nieto había anunciado que no habría más prórroga para que el GIEI continuara realizando sus investigaciones sobre la desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa. La decisión de retirar al GIEI del país antes de que concluyan las investigaciones y sea posible dar a conocer resultados contundentes sobre lo acontecido la noche del 26 de septiembre de 2014 tiene su fundamento en la campaña de ataques y desprestigio que se desató en su contra. Es obvio que al gobierno mexicano no le interesa que la verdad sea revelada y se sepa el paradero de los muchachos, mucho menos que se haga justicia. Estamos ante un crimen de lesa humanidad que de ninguna manera se puede considerar como un hecho aislado. Para muchos, forma parte de una estrategia específica que se propone exterminar el normalismo en México y sofocar como sea la resistencia que oponen los jóvenes que aspiran a ser maestros rurales.

Las Normales rurales tienen una raíz honda en la historia. Sus orígenes se remontan a la época de la Revolución y, más concretamente, a la etapa cardenista. Había que preparar maestros para que fueran a las zonas rurales y llevaran la educación a los hijos de campesinos, a las comunidades marginadas de nuestra realidad nacional. Esta es una necesidad que no se ha agotado. Millones de niños y jóvenes viven en condiciones de pobreza y aislamiento geográfico, en territorios lejanos y apartados de la modernidad, sin posibilidades de trasladarse a las ciudades para recibir educación y aspirar a un cambio sustancial de vida. Una de las perspectivas que mantienen los muchachos que provienen de estas regiones es la oportunidad de estudiar en una escuela Normal para convertirse en maestros, ayudar a sus familias a salir de la pobreza y regresar a sus comunidades, contribuir con sus conocimientos y liderazgo al mejoramiento de las condiciones en que viven sus coterráneos.

¿Por qué entonces este afán del gobierno de desaparecer al costo que sea las escuelas Normales? Hay otro elemento que hay que subrayar. El tipo de formación que reciben los muchachos en estos centros de estudios, y que luego llevan como maestros a las comunidades rurales donde enseñan, es totalmente diferente a la educación de corte competitivo y empresarial que el gobierno se ha propuesto imponer en el país. El enfoque crítico, nacionalista, democrático, científico, solidario, humanista que se contempló originalmente en el artículo 3º de la Constitución Mexicana está siendo desplazado por una orientación que privilegia la obediencia mecánica y el acatamiento sin cortapisas del orden establecido. Al Estado no le interesa ni le conviene que la educación forme espíritus críticos, seres pensantes que sean capaces de conocer su realidad y rechacen los sistemas que los someten y subyugan. En el fondo es una lucha por el tipo de educación que debe tener el país. Las escuelas Normales son un espacio que mantiene esta resistencia. Son, por cierto, comunidades mucho más amplias, que se extienden geográfica y socialmente más allá de los límites visibles. Son comunidades conformadas por las escuelas y sus alumnos, pero también por los egresados que trabajan en las comunidades rurales a que son destinados, así como los pueblos y lugares de donde son originarios los normalistas. Y se trata también de una comunidad de tipo intangible que se lleva en la memoria y en el corazón.

Es, por cierto, lo que escribe Virgilio Gonzaga (Tlapehuala, Guerrero., 1964) en su libro sobre Ayotzinapa: Tiempo funeral. Cuando se enteró de lo que había sucedido aquella negra noche de Iguala, el impacto fue de conmoción. Él estudió en la Normal Rural Raúl Isidro Burgos, generación 1980-1984. Señala que de inmediato volvió a su escuela de origen para hacerse presente, para expresar su solidaridad, para acompañar a los padres y compañeros de los normalistas ausentes, para iniciar con ellos ese largo viacrucis de búsqueda que parece no tener fin. Había que hacer también lo que él sabe hacer con las palabras: convertir la tragedia en lenguaje, en poesía, en narración, en pensamiento. ¿Cómo darle un tratamiento estético a la realidad que nos golpea, que emerge del fondo del Infierno y se nos impone, que nos ahoga como un mar fuera de sus límites? Fue lo que pensé el día que vino a Uruapan a hacer la presentación de su libro. Y fue lo que le expresé cuando tuve la oportunidad de participar desde el público en el evento. Cuando escuché la lectura de algunos de sus poemas, de sus textos incluidos en el libro, pensé que Virgilio Gonzaga había resuelto bien este dilema que, por cierto, llega a tener todo escritor comprometido: el de lograr una cierta armonía poética entre el fondo y la forma y evitar que el producto se vuelva panfletario.

Tiempo funeral es una obra que contiene textos de poesía, prosa poética y de reflexión. Por lo general, el poeta espera a que el impacto que le produce la realidad en el alma cuente con tiempo para apaciguarse y madurar. Los mejores momentos para escribir son los que se abren a la expresión meditada. Pero hay que decir que suele haber momentos en que la realidad inmediata se nos impone como un cataclismo. Se produce un torbellino de emociones y pensamientos. Se abren heridas y los abismos que se asoman pugnan por expresarse. Es cuando el escritor abandona todo lo que hace y no puede sino dejarse someter por esta exigencia. El periodismo, es cierto, es un género que cumple a cabalidad con esta demanda. Para eso está la noticia, el reportaje, la crónica, el análisis, es cierto. Se recoge la realidad y se le expresa de una manera directa, con un lenguaje directo. Es necesario nombrar las cosas como son para que no haya entradas a la tergiversación, usar el lenguaje como instrumento de indagación y construcción de la verdad. Pero el periodismo no llega al alma humana. No es su función, en todo caso. Para eso está la invención literaria, la exploración poética del alma. Y es también lo que necesitan los 43: dejar de ser un número abstracto (aunque sea tan concreto) y volver a ser las personas que siempre han sido.

Nos hace falta mirar sus rostros, conocer sus vidas, sus aspiraciones, sus problemas, sus ideales, su lucha por la vida y por un mundo mejor. Es lo que han hecho otros proyectos, como el de La travesía de las tortugas, por ejemplo, que ya hemos reseñado aquí en otra ocasión. La poesía construye otros rostros, nos devela otras realidades: los rostros y realidades del alma y del corazón. Me parece que fue lo que se propuso Virgilio Gonzaga. A veces la emoción lo desborda y rompe el lenguaje poético. Pero es parte de ese impulso central por hacernos sentir, aunque sea un poco, esa conmoción que lo golpeó cuando se enteró del ataque brutal contra los muchachos y la infame desaparición de 43 de ellos.

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