Xuchitl Vázquez Pallares
Hemos de aprender…
Jueves 5 de Octubre de 2017
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Escribo este artículo a los quince días exactos del terremoto. El miedo y la angustia se perciben aún en los rostros de miles de personas. A donde uno vaya, sea oficinas, tiendas, mercados, se escuchan las narraciones de dónde estaban, cómo estaban, lo que le pasó a su casa, a su oficina, al vecino, al amigo, el fatídico martes 19 de septiembre.

Muchos seguimos sin poder dormir bien, el mareo, o sensación de que el piso se mueve, es una constante. La alarma sísmica se quedó en el cerebro como alarma de que en cualquier momento podemos ya no estar aquí.

Hemos de aprender a recordar el vivir sin miedo.
Hemos de aprender a recordar el vivir sin miedo.
(Foto: Cuartoscuro)

Miles de mexicanos, principalmente en las zonas afectadas, están viviendo el fenómeno llamado “tremofobia”, que significa miedo a los movimientos telúricos. El terremoto dejó afectación emocional y mental de grandes dimensiones. En la mente de millones quedó eso: no se puede prevenir ni controlar el que un enorme terremoto suceda. Ese es el miedo. Esa es la sensación que permanece y que no permite volver a la cotidianidad anterior.

El temblor se ha vivido de diversas maneras, dependiendo del lugar en que se encontraba uno en ese momento y/o del lugar donde se vive. Si se tiene la suerte de vivir en Las Lomas, Santa Fe o Polanco, donde todo está como si nada, se restablecieron todos los servicios el mismo día del terremoto. Y en caso de haber tenido una afectación se tiene el recurso económico para realizar los arreglos necesarios, para ir al médico a hacerse un chequeo, para ir al spa, hacer yoga o tomar el avión e irse unos días de vacaciones mientras el tráfico y las calles dejan de ser un caos.

Dentro de la enorme Ciudad de México hay muchos Méxicos.

Quince días después aún hay miles, millones de personas, sobre todo en el sur de la ciudad, sin agua, donde los piperos arriesgan su vida por llevar agua a quien la necesita, donde no existen condiciones sanitarias necesarias para evitar enfermedades. Se han desatado bandas que a punta de pistola les roban la pipa. La gente está llegando a sus límites ante la falta del vital líquido. Se está ya previendo que haya brotes de epidemias y por no causar alarma mucho está siendo silenciado.

Oficialmente se están dando cifras de los daños, pero son datos de los edificios y construcciones visibles. Muchísimas casas sufrieron daños, desde una grieta hasta caída de bardas, tinacos, tuberías y vidrios rotos.
Familias de clase media o baja que por haber otros gastos habían dejado a un lado el mantenimiento de sus casas, hoy sin recursos para arreglar sus hogares, se sienten no sólo desamparados, sino con miedo a perder todo.

Lo emocional y mental, ambos fundamentales para un apropiado desarrollo y buen vivir, no están siendo tratados de manera adecuada. Se da prioridad a reconstruir los muros, a apuntalar lo semi derruido, a arreglar las carreteras, mientras el alma humana se desgaja a pedazos. La incomunicación con nosotros mismos y los otros nos ha llevado a un desmembramiento de nuestro ser.

Será una tarea difícil lograr sentirnos seguros, no sentir que el corazón se vuelca al escuchar un ruido fuerte, la vibración de un camión al pasar, el grito de una persona, el escuchar que las aves no cantan. Entrar a un lugar y buscar inmediatamente una vía segura de escape por si algo pasara. El miedo es una constante.

Así, en esas condiciones, estamos muchos, pero peor están los que viven en los pueblos aledaños a Xochimilco, ahí más arriba, donde no llegan televisoras porque los caminos ya no existen, porque no hay ni dónde comprar una botellita de agua, porque las tienditas se cayeron. Donde se abrió literalmente la tierra y las aguas se vaciaban hasta desaparecer. Ahí no llevaron a las brigadas japonesas, ni españolas ni israelíes.

Un amigo que vive en San Gregorio nos comentó que el delegado de Xochimilco decidió que la búsqueda de víctimas cesara y que entraran las máquinas a sacar los escombros. Durante el operativo se terminó de caer una losa que dio muerte a un sobreviviente, el grito de angustia fue la alarma, desafortunadamente ya era demasiado tarde. A otro, al meter una sierra para cortar varillas sin saber estaba ahí abajo enterrado aún con vida, le cortaron una pierna.

El delegado, orgulloso, supervisaba las obras de limpieza. El pueblo lo empezó a apedrear. Salió huyendo. Esto no ha sido mencionado en los medios, sólo en las redes circuló un video en que se veía cómo el delegado corría y se subía con sorprendente agilidad a un camión para poder huir del enojo de quienes lo perseguían, pero no se explicaba el contexto de lo sucedido.

El terremoto sacudió la tierra, sacudió conciencias, sacudió cosas insospechadas en quienes lo sufrieron. Por un lado salieron a flote el heroísmo, la bondad, la nobleza, la valentía de miles, de millones. Pero desafortunadamente también brotaron el egoísmo, la rapiña, la mezquindad, la inconsciencia.

En los medios se muestran los actos de heroísmo, el valor de muchos, la solidaridad de millones por el otro. No se muestra el lado oscuro: la pobreza, la miseria traducida en actos de vandalismo, la desesperación, el miedo traducido en enojo con el otro sin razón alguna.

Todo esto se está dando en la ciudad más grande del planeta, y con todo esto y a pesar de todo esto hemos de lograr salir adelante.

Quizá los que no viven en zonas afectadas, especialmente en la Ciudad de México, se cuestionan para qué seguir escribiendo y hablando sobre lo que ocurrió. Considero que ambas cosas son importantes ya que es necesario aprender las lecciones dejadas por el terremoto, tanto para los que vivimos aquí como para los que afortunadamente casi nada sintieron.

Hemos de aprender a no construir donde no se debe, a no desecar los lagos y los ríos y construir ahí, pues la naturaleza no entiende de cambios en sus rutas.

Hemos de aprender que las ciudades deben ser planificadas adecuadamente, dejando de construir hacinamientos donde no hay ni habrá lo necesario para una vida digna y segura.

Se debe aprender a exigir a los gobernantes a no conceder permisos de construcción donde no se debe, donde se pone en riesgo la vida de quienes inocentemente compraran ahí sin saber están comprando su tumba o la pérdida de todo su patrimonio tras años de esfuerzo.

Tenemos que exigir planes de desarrollo donde se dé prioridad a la seguridad, que haya áreas verdes donde, además de brindar belleza, aire puro y esparcimiento, sea punto seguro en caso de algún desastre.

Ningún árbol mató a nadie, más bien han dado cobijo a los que se quedaron sin casa, resguardando a quien lo necesite del intenso sol o la lluvia. Los espacios verdes deberían existir en todas partes y con grandes dimensiones. En todos los puntos, sin importar sean zonas de lujo o pobres barriadas.

Hemos de aprender a construir adecuadamente, con materiales y diseños adecuados para donde estamos.

Aprendimos (recordamos) que quienes tienen el poder sólo piensan en el poder.

Hemos de aprender que podemos tomar la historia entre nuestras manos.

Hemos de aprender a ayudar hasta llegar a los alientos atrapados antes de que se extingan.

Nos quedó claro que las piedras son muchas, pero las manos son más.

Se nos dejó ver, se nos recordó con los hechos que somos todos iguales, que estamos hechos a imagen y semejanza del otro.

Hemos de aprender a recordar el vivir sin miedo.

Hemos de aprender que tenemos miles de amigos, que sin saber nuestro nombre y nosotros el de ellos, haremos todo por ayudarnos. Estábamos distraídos, no veíamos, no recordábamos muchas cosas.
Hemos de aprender y hacer muchas cosas.

vazquezpallares@gmail.com

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