Ramón Guzmán Ramos
La naturaleza del poder
Sábado 21 de Octubre de 2017
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¿Y por qué habríamos de creer que en este tiempo de elecciones las cosas en México estarían en una perspectiva de cambio? ¿Acaso los que se han arrojado desde ya a la arena política no son los mismos que han tenido la oportunidad de gobernarnos y son los responsables del caos y el infierno en que ha quedado atrapado el país? Alguna vez formaron parte de lo que se llegó a conocer como sistema de alternancia y de pluralismo político, pero hoy no hay modo de distinguirlos y su paso por el poder no marca tampoco diferencia alguna entre ellos, salvo quizá en el estilo muy personal que tiene cada uno en el arte de enriquecerse con los recursos públicos y mantener sometida a la población.

El sistema político que domina en México ha entrado a tal grado de obsolescencia que sorprende cómo es que no se ha derrumbado por sí mismo. No deja de ser insólito que una y otra vez nos cuenten el mismo cuento y nosotros lo aceptemos sin considerar para nada el pasado más reciente. La verdad es que se han vuelto unos expertos en desplegar toda clase de artificios para hacer que abramos las puertas de la miseria –no sólo económica– a la ilusión. “Lo de ayer pertenece al pasado”, parecen decirnos, y “el pasado es cosa muerta”. Nosotros ayudamos con nuestra memoria de corto plazo, con esa capacidad cada vez más disminuida que nos dejan para asombrarnos e indignarnos por las atrocidades de cada día.
Hay un influjo perverso en los abismos del poder. Me refiero al poder de arriba, el que termina reduciendo a su mínima expresión el espacio donde se instala la silla de mando. ¿Cómo nos explicamos que sea la corrupción la naturaleza misma de este poder? ¿Se trata de un hueco profundo en la naturaleza humana, de una necesidad atávica, primitiva, que hace dar al ocupante una voltereta en el proceso de evolución? Otra característica del poder es la irracionalidad absoluta. El ocupante acumula todo el poder disponible y quiere más. Si las condiciones se le vuelven favorables y le permiten intentar la osadía, es capaz de traspasar todos los límites y aspirar a una acumulación total.

El problema, como sabemos, es que se apropia de recursos y territorios que no le pertenecen. Todo ese poder del que se hace le pertenece originalmente al pueblo. El ocupante sostiene y acrecienta su poder con base en el despojo de los que nos encontramos abajo y le hemos entregado –en teoría– nuestra representación. Los ocupantes tendrían que gobernar en representación de toda la sociedad, pero lo hacen para su propio interés y para el interés de otros grupos y clases sociales con los que comparten otros poderes. La desvinculación que se produce entre los ocupantes y la sociedad deslegitima el poder. De manera que en condiciones así lo que tenemos sobre nosotros es un poder ilegítimo. Aunque sigan usando los procesos electorales y las urnas para justificar su permanencia como clase política y su nueva ascensión al poder.

Hay que decir que la izquierda electoral no ha tenido aún la oportunidad de ocupar el poder en este punto de la cima. El PRD ha ganado gubernaturas, posiciones en congresos locales y en el Congreso de la Unión, así como ayuntamientos en distintas partes del país. Su estilo de gobernar, sin embargo, no se ha distinguido sustancialmente de la derecha conservadora y reaccionaria, con la que ahora, como vemos, ha adquirido relaciones de maridaje no muy puras que digamos; ni tampoco de quienes retornaron al poder después de varias décadas de “dictadura perfecta”. De la mano con al PAN no sacarían al país de la crisis sistémica en que se encuentra. Hay que recordar los dos sexenios panistas –el de Fox y el de Calderón– y la crisis humanitaria y de sobrevivencia en que nos metieron.

Otro asunto es el de Morena. Se trata de una organización nueva que su dirigente y virtual candidato a la Presidencia de la República, Andrés Manuel López Obrador, ha construido desde abajo, a ras de suelo, para convertirla en una alternativa a la clase política tradicional que ha pervertido el ejercicio del poder. Con todo y que estamos ante el tercer intento de López Obrador por convertirse en presidente de México, no se trata ni de un proyecto ni de una ambición personal. No tenemos por qué no creerle cuando sostiene que su compromiso es con el cambio por la vía pacífica, por la vía de las urnas. Ha hecho desde ya algunos anuncios sobre los que habría que mantener la atención, como la promesa de someter a consulta nacional la permanencia de las reformas estructurales, recuperar los bienes de la nación y combatir en serio la corrupción.

El sistema político que domina en México ha entrado a tal grado de obsolescencia que sorprende cómo es que no se ha derrumbado por sí mismo.
El sistema político que domina en México ha entrado a tal grado de obsolescencia que sorprende cómo es que no se ha derrumbado por sí mismo.
(Foto: Cuartoscuro)

El hecho de que se mantenga en la punta de las preferencias electorales, aun cuando no ha dejado de ser un blanco de la furia de la clase política, nos hace pensar que su presencia y la presencia de Morena han generado importantes expectativas en amplios sectores de la población, incluso entre miembros de la clase política que decidieron saltar a tiempo antes de que sus respectivos barcos acaben de hundirse. Hay que señalar, sin embargo, algunas debilidades de esta fuerza política emergente.

Morena decidió abrir sus puertas de par en par a todo aquel que decidiera desertar de sus organizaciones de origen y solicitara su ingreso. Resulta difícil establecer con precisión cuántos de estos “arrepentidos” son en realidad tránsfugas que han visto en Morena la oportunidad de mantenerse vivos políticamente. Estarían trasladando sus vicios de formación a la nueva organización política.

¿Se han preguntado los propios morenistas hasta dónde podría llegar una contaminación de esta naturaleza y cuáles serían sus efectos a la hora de ocupar posiciones de responsabilidad pública?
Es obvio que el PRD dejó de ser un partido de izquierda, incluso de la izquierda más moderada que se pueda alguien imaginar. Simplemente se ha olvidado de su origen, de sus principios originales y de los objetivos que se propuso al nacer. Ahora es un partido acendradamente pragmático que es capaz de diluirse entre los vapores que expulsa al respirar la derecha conservadora. ¿Podríamos decir que esta identidad perdida la ha recuperado Morena? ¿Morena es de izquierda? ¿De qué tipo en todo caso? Digamos que se encuentra a la izquierda de un tipo de liberalismo que de pronto ha emergido en nuestro país con la pretensión declarada de lograr darle al capitalismo salvaje un rostro humano. Morena está por hacer una distribución más equitativa de la riqueza allí donde sea posible y se lo permitan, pero no se plantea acabar con las causas de origen que hacen posible tanta miseria, tanta violencia y tanta injusticia en este país y en el mundo.

Muchos dirán que cualquier mejora en este infierno es deseable. Y es de aceptarse, si no queremos caer en radicalismos que nos convierten en prisioneros de nuestros propios conceptos. Pero habría que tenerlo claro de cualquier manera. Morena se propone promover cambios para mejorar hasta donde sea posible la situación de los mexicanos, lo que no deja de ser un avance. Pero no hay compromiso de promover una transformación a fondo, que toque la estructura misma del sistema político y el sistema económico que nos dominan. Quizá sea por esto que Morena no tiene derecho a asumir una postura hegemonizante. Hay otras corrientes, como la que encabeza Marichuy y su candidatura indígena independiente, que sí se proponen un cambio de esta naturaleza, aunque estén conscientes de que eso implica un proceso largo y accidentado.

Es una pena que entre Morena y el CNI-EZLN no se hayan encontrado, quizá ni se intentó, puntos de coincidencia para marchar juntos este tramo del camino.

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