Jerjes Aguirre Avellaneda
¿Todo para el mercado o todo para el Estado?
Viernes 27 de Octubre de 2017
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A pesar de su importancia, el debate en torno al tema del mercado y el Estado, o más específicamente de la sociedad de mercados y los ámbitos de competencia del Estado, ha sido abandonado, suponiendo el triunfo histórico absoluto de la economía de mercado y de la sociedad de mercado, y por tanto, la inutilidad de toda corrección en la teoría y en la práctica.

No obstante, la contradicción persiste y, por su parte, los neoliberales continúan oponiéndose resueltamente a toda intervención del Estado en los procesos económicos y sociales; en tanto que los socialistas, por llamarles de algún modo, niegan y acusan de todos los males de la sociedad a la dinámica y los dogmas del mercado. En el fondo es la vieja oposición entre la concepción que hace del individuo el centro de la sociedad, frente a la argumentación que niega toda posibilidad creativa del individuo, al margen de lo colectivo, de lo social. En otras palabras, el yo absoluto, frente al nosotros absoluto.

Pareciera que el Estado y el mercado se necesitan y complementan y que los sistemas sociales podrían funcionar con resultados menos desiguales y de mayor equilibrio, con funciones y competencias reconocidas para lo uno y lo otro
Pareciera que el Estado y el mercado se necesitan y complementan y que los sistemas sociales podrían funcionar con resultados menos desiguales y de mayor equilibrio, con funciones y competencias reconocidas para lo uno y lo otro
(Foto: TAVO)



El tema es fundamental en la explicación de los problemas del presente, al nivel global y hacia el interior de cada país, junto al diseño de las soluciones, como aspectos fundamentales de una realidad observable en todas partes, todos los días. Los prejuicios dominan expresándose en que sólo hay mercado o sólo hay Estado, según los casos y circunstancias, sin posibilidades de complementarse y coexistir. Lo cierto es, en los hechos, que el mercado no ha podido acabar con el Estado, como tampoco al Estado le ha sido posible acabar con el mercado.

Pareciera que el Estado y el mercado se necesitan y complementan y que los sistemas sociales podrían funcionar con resultados menos desiguales y de mayor equilibrio, con funciones y competencias reconocidas para lo uno y lo otro, pero compartiendo los grandes objetivos del desarrollo.

En el caso de México, en una etapa determinada de su historia, muestra la viabilidad en la integración y funcionamiento de una economía mixta, con la coexistencia de los llamados en su momento, sector estatal, privado y social de la economía. En la primera y parte de la segunda mitad del siglo pasado México logró integrar un sistema mixto de su economía sin el cual no hubieran sido posibles los avances y modernización del país en términos de infraestructura, producción y elevación relevante de la calidad de vida de la población mexicana.

Carreteras, vías férreas, puertos marítimos, minerías, petróleo, electricidad, industria, bancos, instituciones de seguridad social y de apoyo al bienestar de la población fueron posibles por el carácter mixto de la economía mexicana, y en especial por la participación del Estado en la economía, del “Capitalismo de Estado Mexicano”, como llegó a llamársele, junto a las empresas privadas en constante crecimiento, y las empresas sociales representadas por sus diversas formas jurídicas, desde los ejidos y comunidades hasta las sociedades cooperativas de producción y servicios.

Este sistema económico permitió crecimientos espectaculares que hicieron acuñar el término del “Milagro Mexicano”. Sin duda en poco más de 50 años México había logrado su integración territorial, económica, social, cultural y política, con fronteras definidas y seguras y una población orgullosa de vivir en un país independiente y soberano, con optimismo y sin miedo por su futuro. La movilidad social intensa fue provocada por la educación y el trabajo en un proceso creador de lo que pudo llamarse “cultura del esfuerzo”. El respeto y la paz podían respirarse.

Vino después la reducción del Estado a un “Estado mínimo”, encargado de crear las condiciones para los negocios privados y la práctica de la caridad pública, dejando que la competencia para conquistar a los consumidores actuara como impulso permanente para la prosperidad social. Finalmente, el triunfo del individuo sobre lo colectivo fue absoluto y la contradicción provocó resultados que son causa a la vez de la desigualdad y la pobreza, del desempleo, la inseguridad y la violencia en sus formas más crueles, al surgimiento y fortaleza del poder invisible de la delincuencia organizada, el debilitamiento institucional, los miedos constantes y la pérdida de la confianza en el orden social establecido. La locura se apodera del país y del mundo.

A las instituciones internacionales no les importa el sufrimiento de los pueblos y son incapaces de eliminar las calamidades del hambre, la intolerancia y la guerra. Cada quien piensa en lo suyo, en sus intereses, en sus negocios, en sus comercios, en su dinero. En todas las escalas, el individuo empresario tiene como regla pensar y atenerse a su máximo interés y ganancia, exactamente como ocurre cuando decide invertir considerando no el número de empleos que podrían crearse, sino todo lo contrario, el mínimo de puestos para reducir costos de producción y ampliar su margen de utilidad. Entre más puedan automatizar, mucho mejor; entre más robots puedan incorporar a sus procesos productivos, mucho mejor para la rentabilidad de la empresa, aun cuando absurdamente deje a muchos sin empleo y amplíen el número de consumidores que, sin salario, carecen de toda posibilidad para comprar lo que el mismo empresario produce.

Son las aberraciones del que produce zapatos deseando que muchos anden descalzos para disponer de mercado de venta, o del farmacéutico privado dependiendo de numerosos enfermos consumidores de medicina, de los harapientos necesitados de ropa o los que viven a la intemperie que son potenciales compradores o arrendadores de viviendas, o mínimo de materiales. Al nivel de país el empresario decide en función de su interés individual y no del interés general. Considerar lo contrario deja de corresponder con los hechos objetivos.

En cuanto al Estado, se han señalado con razón, sus tendencias a la burocratización de sus instancias y empresas, la ausencia de controles efectivos de los procesos internos que impidan la corrupción, y especialmente la cancelación de las iniciativas y la creatividad individual, toda vez que respecto de las decisiones de los “jefes” es inútil promover innovaciones que permitan elevar la productividad del trabajo, las condiciones en que se realiza y la satisfacción entre los propios “empleados” y trabajadores. Se ha dicho que el “Estado devora a los individuos”, del mismo modo como “el mercado devora a la sociedad”.

Por todo ello conviene, es útil, que ante la diversidad de los problemas actuales y en las coyunturas electorales que se viven, pudiera analizarse y debatirse las formas de relación entre lo privado y lo social, entre el mercado con sus reglas específicas y el Estado también con sus reglas específicas. En distintos momentos de crisis el Estado ha rescatado al mercado y el mercado, sin duda, ha contribuido al desarrollo del conjunto de la sociedad.

La solución parece consistir, en consecuencia, en alcanzar una ”coexistencia pacífica” libre de prejuicios entre el Estado y el mercado, entre lo individual y lo colectivo, sin otorgar carácter absoluto a ninguna de las partes. Iniciativa individual con sentido para el todo, con un todo que, con esta condición, reconoce el potencial de cada una de sus partes.

Habrá que insistir: ni el absurdo de todo para el mercado ni el absurdo de todo para el Estado. La máxima felicidad propia no está reñida con la felicidad general.

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