Martes 31 de Octubre de 2017
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Desde hace tiempo pienso en el tiempo, en la edad y el tiempo; pienso en los años que pasan en nuestras vidas, en cómo se van acumulando desde la niñez, la juventud, la edad madura; en cómo nos vamos transformando físicamente, en cómo se va transformando nuestro pensamiento y la memoria almacena rostros, imágenes, sucesos, sufrimientos, placeres, conocimientos, que nos hacen entender la vida y explicarnos nuestra existencia. El tiempo marca el camino, vivimos en el tiempo y con el tiempo, es nuestro tiempo y cada día que pasa nos aleja y nos acerca a nuestro propio final, como fue el de nuestros bisabuelos, nuestros abuelos, nuestros padres que vivieron su tiempo a su manera, fue otro tiempo diferente al nuestro que compartimos hoy con los muchachos enajenados con los celulares y la tecnología de las comunicaciones en tiempo real, así le dicen como si el tiempo mismo no fuera la propia realidad.

 tiempo nos lleva de la mano, nos hace más lentos, nos encorva, nos arruga, pero a la vez, nos enriquece, nos llena de experiencias
tiempo nos lleva de la mano, nos hace más lentos, nos encorva, nos arruga, pero a la vez, nos enriquece, nos llena de experiencias
(Foto: TAVO)

En la antigüedad se buscó con ahínco la “fuente de la eterna juventud”, los hombres poderosos de ese tiempo buscaban prolongar sus vidas con el vigor y la lozanía de la juventud. Hoy se sigue buscando bajo otro concepto: la alimentación, el ejercicio, el pensamiento equilibrado prolongan la vida con calidad pero no detienen el tiempo y la edad se acumula en el pelo que encanece, en las arrugas de la piel, en el vigor muscular, el brío y entusiasmo que aminoran.

Los versos de Rubén Darío resuenan entre las palabras que nos acompañan siempre: “Juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver, cuando quiero llorar no lloro y a veces lloro sin querer”.
Ha pasado mi cumpleaños; gracias a todos los que me hicieron llegar sus buenos deseos y sus palabras de buenos amigos que mucho aprecio; por eso pienso en la edad y el tiempo, en el camino recorrido, en las satisfacciones y orgullos, en el amor que me acompaña, en los momentos luminosos de mi vida que llevo guardados en mi mente. Cito a José Saramago: “¿Que cuántos años tengo? No necesito marcarlos con un número pues mis anhelos alcanzados, mis triunfos obtenidos, las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones truncadas… ¡valen mucho más que eso! ¡Qué importa si cumplo 50, 60 o más! Pues lo que importa: ¡es la edad que siento! Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos. Para seguir sin temor por el sendero, pues llevo conmigo la experiencia adquirida y la fuerza de mis anhelos. ¿Que cuántos años tengo? ¡Eso!... ¿a quién le importa? ¡Tengo los años necesarios para perder ya el miedo y hacer lo que quiero y siento! Qué importa cuántos años tengo. O cuantos espero, si con los años que tengo, ¡aprendí a querer lo necesario y a tomar sólo lo bueno!”

El tiempo no se va ni se termina, simplemente pasa, sus formas son los atardeceres, los amaneceres, las aguas y las secas, la noche y el día, las primaveras que visten el campo de colores como ahora el otoño que los llena de mirasoles, la música se mide por el tiempo, los silencios son tiempo sin sonido; hay tiempos para todo, hay tiempos para el amor que uno espera; cuando llega la vida cambia, se transforma, se hace más ligera, el tiempo pasa y no importan sus estragos, no importa nada más que cuidar el sentimiento, beso a beso cada día y cada noche hasta que nosotros dejemos de medir el tiempo.

Cada quien tiene su tiempo y circunstancia, la circunstancia es un momento particularmente señalado en el tiempo, los tiempos de crisis política, moral, espiritual, han marcado las sociedades humanas y la evolución de sus organizaciones hasta llegar a lo que actualmente existe llamado Estado, con la independencia implícita en su existencia por la que luchan todos, hoy prostituida por la democracia que dicen, nos representa a todos. Cuando el Estado se convulsiona por el parto democrático de nuevos representantes se dice que son tiempos electorales en los que se acomodan los ganadores para decidir por todos durante un periodo de tiempo cómo se gasta el dinero del pueblo, cómo se aplica la ley, cómo se mueve la burocracia. Igual que todos somos pueblo, gobierno, territorio y soberanía; somos a la vez la Federación, estados y municipios, si lo vemos desde la perspectiva de los municipios el territorio es municipal, cada municipio cuida su parcela, su territorio, sobre ellos se monta una organización virtual llamada Estado, sobre todos los estados otra organización virtual llamada Federación, en este caso el estado es Michoacán, mas todos los demás y la Federación es México, de tal manera que esa figura de ficción preside la Federación de estados y ejerce el federalismo, es que no hoy nos tiene de rodillas a todos, esperando que se reparta el pastel presupuestal de los ingresos federales participables por el federalismo, recauda los impuestos especiales, el Impuesto Sobre la Renta, al Valor Agregado, y malbarata el petróleo a precios del mercado, de ahí un 20 por ciento para los estados y de lo que le dan a cada estado, un 20 por ciento, como el caso de Michoacán, se reparte entre los municipios. La tajada de león se va para la Federación y no le alcanza con tantos gastos en sueldos de su burocracia, al igual que el estado, de ahí el endeudamiento desmesurado que, así como lo vemos, será por un larguísimo tiempo, diremos mejor por los siglos de los siglos si es que el Estado federal llamado México dura por los siglos de los siglos; su terminación no la vamos a ver nosotros, tal vez ni los nietos de nuestros nietos, pues aunque el Estado cambiara de forma las deudas se seguirán pagando.

El tiempo nos lleva de la mano, nos hace más lentos, nos encorva, nos arruga, pero a la vez, nos enriquece, nos llena de experiencias, nos hace ver un mundo diferente hasta que llegue el día del emocionante ocaso en que la luz se apaga y nuestro tiempo termina, es cuando llega la catrina.

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