Xuchitl Vázquez Pallares
Más allá de la muerte…
Jueves 2 de Noviembre de 2017
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El ser humano siempre se ha cuestionado qué hay más allá de la muerte. En casi todas las culturas nos encontramos con este cuestionamiento y diversas respuestas.

Las celebraciones dedicadas a los que nos han antecedido comienzan en prácticamente todas las culturas desde el 31 de octubre. En el caso de los países del norte de Europa se inicia con el Samhain, que es la víspera de Todos los Santos, celebración que pasó a denominarse All-hallows Eve, hoy conocida como Halloween. Celebración esencialmente celta, la cual durante el siglo XVII llegó a América con los migrantes irlandeses.

La catrina era símbolo de lucha, mofándose de la clase alta española y mexicana que no aceptaba su raíz indígena.
La catrina era símbolo de lucha, mofándose de la clase alta española y mexicana que no aceptaba su raíz indígena.
(Foto: Héctor Sánchez)

El Día de los Todos los Difuntos o Día de Todas las Almas se conmemora el 2 de noviembre. Las tres celebraciones juntas, Eve of All Saints (Víspera de Todos los Santos), Day of All Saints, (Día de Todos los Santos) y Day of All Souls, (Día de Todas las Almas), se denominan en la tradición irlandesa Hallowmas.

Por su parte, los romanos celebraban el fin del otoño con una gran fiesta dedicada a la diosa Pomona, señora de las cosechas. El invierno llegaba y el agradecimiento por las buenas cosechas se celebraban uniéndose por las fechas, con la fiesta denominada Feralia, dedicada al descanso y la paz de los muertos, haciendo sacrificios y elevando diversas plegarias a sus dioses.
En nuestro país se celebra o recuerda a los que ya murieron desde la época prehispánica.

El Día de Muertos se conmemoraba el noveno mes del calendario solar mexica, a inicios de agosto, y se celebraba durante un mes completo. Las festividades eran presididas por la diosa Mictecacíhuatl, esposa de Mictlantecuhtli, señor de la tierra de los muertos. El día 1º de noviembre se celebra a los niños difuntos, y el día 2 a las personas mayores.

Durante la época prehispánica se concebía a la muerte como una transición del alma humana a otra dimensión.

El alma no muere, sólo parte y regresa una vez al año, cuando las puertas se abren durante los días 1º y 2 de noviembre.

Los mexicas creían que la vida ultraterrena del difunto podía tener cuatro destinos:

Tlalocan (paraíso de Tláloc), dios de la lluvia. A este sitio se dirigían aquellos que morían en circunstancias relacionadas con el agua: los ahogados, los que morían por efecto de un rayo, los que morían por enfermedades como la gota o la hidropesía, la sarna o las bubas, así como también los niños. El Tlalocan era un lugar de reposo y de abundancia.

Omeyocan (paraíso del sol), presidido por Huitzolopochtli, el dios de la guerra. A este lugar llegaban sólo los muertos en combate, los cautivos que se sacrificaban y las mujeres que morían en el parto. El Omeyocan era un lugar de gozo permanente en el que se festejaba al sol y se le acompañaba con música, cantos y bailes. Los muertos que iban al Omeyocan, después de cuatro años volvían al mundo convertidos en aves de hermosas plumas multicolores.

Mictlán, destinado a quienes morían de muerte natural. Este lugar era habitado por Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, señor y señora de la muerte. Era un sitio muy oscuro, sin ventanas, del que ya no era posible salir.

Chichihuacuauhco, lugar a donde iban los niños muertos antes de su consagración al agua, donde se encontraba un árbol de cuyas ramas goteaba leche para que se alimentaran. Los niños que llegaban aquí volverían a la tierra cuando se destruyese la raza que la habitaba. De esta forma de la muerte renacería la vida.

El camino para llegar al Mictlán era muy tortuoso y difícil, pues para llegar a él las almas debían transitar por distintos lugares durante cuatro años. Luego de este tiempo las almas llegaban al Chicunamictlán, lugar donde descansaban o desaparecían las almas de los muertos. Para recorrer este camino, el difunto era enterrado con un perro Xoloitzcuintle, el cual le ayudaría a cruzar un río y llegar ante Mictlantecuhtli, a quien debía entregar, como ofrenda, atados de teas y cañas de perfume, algodón (ixcátl), hilos colorados y mantas. Quienes iban al Mictlán recibían, como ofrenda, cuatro flechas y cuatro teas atadas con hilo de algodón.

Los entierros prehispánicos eran acompañados de ofrendas que contenían dos tipos de objetos: los que en vida habían sido utilizados por el que murió y los que podría necesitar en su tránsito al inframundo.

Tras la invasión española en el siglo XVI se impusieron sus celebraciones tradicionales para conmemorar a los difuntos, donde se recordaba a los muertos en el Día de Todos los Santos. Persiguiendo y torturando a los pobladores originarios de estas tierras que deseaban continuar respetando las fechas dedicadas a recordar y agradecer a sus muertos en los días establecidos por sus creencias.

Finalmente se llevó a cabo un sincretismo que mezcló las tradiciones europeas y prehispánicas, haciendo coincidir las festividades católicas del Día de todos los Santos y Todas las Almas con el festival similar mesoamericano, creando el actual Día de Muertos.

Hacia 1859 se consolidó la costumbre de adornar las tumbas con flores y velas, visitar los panteones los días 1 y 2 de noviembre. La clase alta por las mañanas y los pobres por la tarde. La gente de dinero aprovechaba estos días para poder estrenar sus ropas negras que preparaban desde antes para poder lucirlas en los panteones.

En 1910, durante el Porfiriato, José Guadalupe Posada, creó a manera de sarcasmo y crítica social a “La Catrina”, representando satíricamente a una mujer no indígena o españolizada siempre muy emperifollada, la cual rechazaba su origen indígena. La cual finalmente habría de morir, al igual que la dictadura porfirista. Así pues, la catrina era símbolo de lucha, mofándose de la clase alta española y mexicana que no aceptaba su raíz indígena.

La primera representación que se tiene de la catrina, cuyo nombre original fue La Calavera Garbancera, la cual plasmó Posada en un grabado de metal para criticar a los garbanceros, que eran aquellas personas de origen indígena pero que pretendían y/o anhelaban parecer europeos. También llamados malinchistas, que reniegan de su cultura, tradiciones y raíces. La calavera sólo tenía un enorme sombrero con pluma de avestruz, burlándose de quienes buscaban ostentar el estilo de vida europeo aunque fueran de clase baja.

Guadalupe Posada concebía a la muerte como lo más democrático de esta vida pues todos acabamos en los huesos. De esta certeza suya es que nacieron sus emblemáticos y satíricos grabados.

En 1947 Diego Rivera viste al grabado de Posada con el atuendo que hoy todos conocemos, convirtiéndola así en “La Catrina”. Todos piensan que lo más simbólico es el enorme sombrero con pluma de avestruz, sin embargo lo más significativo es su estola, que en realidad no es otra cosa que el mismísimo Quetzalcóatl, la cual trae a cuestas y le engalana.
Termino con un escrito indígena:

Yo me pregunto;
les pregunto a las estrellas,
al sol, al viento y a nuestra madre tierra.
¿Qué es lo que nos hace tener vida?
¿Qué es lo que nos hace caminar?
¿Qué es lo que nos da fuerza y energía?
Nadie me responde, camino en la soledad, la gente me mira, me percibe, me reconoce, me observa.
Instantes después, mi propio corazón me responde:
Tú sabes a qué has venido a la tierra, respóndete a ti mismo.
¡Tú tienes la respuesta!
El alma es más allá que un cuerpo.

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