Rafael Mendoza Castillo
La infancia en el neoliberalismo
Lunes 13 de Noviembre de 2017
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Recordemos el pensamiento crítico de Andrea Bárcena: “Pensar en la infancia como momento clave para transformar la sociedad en una más igualitaria y justa es lo que distingue a un partido político de izquierda de otros que no lo son. Un partido de izquierda tiene en su ideario sobre la niñez: un proyecto aterrizado en programas para proteger el desarrollo de todos los niños. Porque sólo así es posible cortar el círculo fatal de la pobreza y la desigualdad”. La partidocracia no contempla dicho programa.

Según el informe anual 2016 del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), de los 40 millones de niños, niñas y adolescentes en el país, uno de cada dos se encuentra en situación de pobreza.
Según el informe anual 2016 del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), de los 40 millones de niños, niñas y adolescentes en el país, uno de cada dos se encuentra en situación de pobreza.
(Foto: Cuartoscuro)

Según el informe anual 2016 del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), de los 40 millones de niños, niñas y adolescentes en el país, uno de cada dos se encuentra en situación de pobreza, mientras que nueve de cada diez indígenas nacen en la pobreza. Debido a este flagelo, México continúa con altas tasas de niños con desnutrición crónica, fuera del sistema educativo y sin acceso a salud o a la seguridad social. Así, seis de cada diez han vivido algún tipo de violencia en el hogar.

La infancia es una construcción social, por eso es importante que nuestra lectura se inicie desde el presente y desde la dimensión de lo histórico, dado que el concepto y los sentidos de infancia constituyen una categoría social que nació y fue creada en un momento de la historia.

Lo anterior significa que la infancia se pensó desde una formación social y desde los significantes o conductores culturales que cohesionaron esa franja social. Este hecho encierra dos posibilidades: por un lado, en el interés por proteger a los infantes existe la condición de sometimiento de su voluntad al orden establecido y se les contempla como un objeto. Por otro lado, está el sentido de percibir a los niños como actores o sujetos que pueden pensar con autonomía e incidir en la transformación y cuestionamiento del orden neoliberal, realmente existente.

No olvidemos que los procesos de transnacionalización del capital vienen acompañados de significantes culturales (éxito, poder, riqueza, competencia, lucro, ganancia, Buen Fin) para invadir la esfera de la infancia y conducirla hacia identificaciones en el campo del consumismo, o también para incorporarla como fuerza de trabajo o como mercancía sexual (pederastas civiles y religiosos). En el nombre de la infancia y el interés por protegerla se han cometido grandes violaciones a sus deseos y derechos humanos.

El problema está en que casi no escuchamos lo que la infancia quiere y desea desde su autonomía como grupo social, y en el nombre de su protección anulamos su demanda de libertad y de deseos. Me pregunto qué tendrá en común la infancia mexicana en una estructura social donde la desigualdad es brutal. Millones de niños y niñas no acceden al juego de la infancia y el sistema de dominación y de explotación los expulsa, los coloca en la pobreza, la violencia, les roba el sueño y la libertad para pensar por sí mismos.

Existe un significante (que prohíbe y permite) llamado futuro o un tiempo lejano, donde el capitalismo coloca a los niños. Ese recurso ideológico se convierte en algo lejano para el cumplimiento de la demanda que reclama la infancia en el presente. Ese futuro lejano esconde y reprime la inconformidad y las inquietudes que los niños y niñas manifiestan en este momento de su historia. Siempre escuchamos el verbo “esperar” como justificación para dejar de hacer lo que quieren las niñas y los niños como sujetos de hoy.

Por ello es necesario revisar los atributos que el sistema les asigna. De ahí que nombrar no es algo neutral, sino que implica una intencionalidad en favor o en contra de lo nombrado, de tal forma que el infante queda sometido o se inscribe en la liberación. En el primer caso se le percibe como objeto y en el segundo, como un sujeto erguido, esto es, con posibilidad de desafiar lo existente.

Como bien afirma John Berger: “La vista es el sentido que establece nuestro lugar en la sociedad. A través de ella los seres humanos comenzamos a construir nuestra visión del mundo y, al mismo tiempo, nos damos cuenta de que somos percibidos, observados y representados por otros. El acto de ver implica la conciencia de ser visto”. Por eso tiene razón Paulo Freire cuando dice que uno aprende de la mirada de un niño.

Podemos ir directamente a la comprensión de lo que es la infancia o la niñez dado que no es un fenómeno patente a los sentidos, ya que depende del lugar conceptual en el que uno se coloque para descifrar el habitus (esquemas de percepción, de apreciación y de acción) como mediación entre el mundo y los niños. Para un neoliberal la infancia es un objeto para el consumo e intentan homogeneizarla con las imágenes que produce el monopolio televisivo comercial, realmente existente. Desde este lugar se pretende vigilar y castigar a la infancia, la juventud y a todos.

La infancia no flota en el espacio social, sino que las estructuras, procesos y tendencias en donde el niño se desarrolla no son homogéneas, lineales, sino contradictorias y además desiguales e injustas. Aunque desde el punto de vista de la teoría social se mencionan características en común para la infancia, en la realidad concreta no todos los niños las reciben de la misma manera, pues para unos pocos, todo, y para otros, nada. Lo anterior es lo mismo que la distribución de la riqueza: no llega igual para todos porque unos pocos acumulan grandes capitales y otros, la mayoría, acumulan pobreza y sufrimiento.

La otra alternativa es colocarnos en una episteme o categoría social u horizonte de verdad que rescate lo humano como fundamento de la existencia y percibir a la infancia como sujeto, donde las formaciones internas, capacidades, aptitudes, habilidades, que no competencias neoliberales, sean orientadas al acto de pensar para que los niños empiecen por interrogar el mundo de la conformidad. Desterrar todo aquello que afecte la libertad y la voluntad para escoger otra existencia, otra infancia, más allá del capital.

Cada época produce una imagen, una visión, una concepción (figura de mundo) desde la cultura, desde las estructuras sociales, de lo que deben ser los niños y las niñas, los jóvenes o los ancianos, pero no de lo que ellos quieren o están siendo y, lo peor, nunca les preguntamos por lo que quieren porque los percibimos como pequeños, como menores de edad, los vestimos como adultos y el colmo, los llamamos vulnerables (el poder clasifica y domina) y así menos los escuchamos. Otro mundo es posible y necesario.

Sobre el autor
1974-1993 Profesor de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Ética en la Escuela Preparatoria “José Ma. Morelos y Pavón” , de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1977 Profesor de Filosofía de la Educación en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1990-1993 Asesor de la Maestría en Psicología de la Educación en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José María Morelos”. 1993-2000 Coordinador de la Maestría en Sociología en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José Ma. Morelos”. 1980 Asesor del Departamento de Evaluación de la Delegación general de la S.E.P., Morelia, Mich.
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