Ramón Guzmán Ramos
El “tiradero”
Sábado 18 de Noviembre de 2017
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Estaba por terminar la clase. De un momento a otro tocarían el timbre para indicar el cambio de hora. El maestro atendía en su mesa a los últimos alumnos que estaban en la fila. Les revisaba el trabajo que habían hecho en la sesión del día y lo registraba en la lista de asistencia. La atmósfera se había relajado y los alumnos platicaban e intercambiaban impresiones a discreción, algunos se mantenían callados, sin entrar en contacto con los demás. El muchacho que llegó al final le preguntó de la manera más natural de qué año era. Al profesor le extrañó un poco la pregunta. Estuvo a punto de expresarle su molestia por lo que creyó se trataba de una alusión burlona a su edad. Pero no había en la expresión del púber ninguna señal que le autorizara suponer algo así. Pensó en esa disminución gradual de sus habilidades físicas que estaba experimentando en los últimos meses, en aquella pereza que le invadía el espíritu por las tardes como nube oscura que aparecía sin explicación en el cielo claro y lo mantenía durante horas tendido sobre la cama, viendo hasta el aburrimiento películas y series en la televisión, o simplemente arropado en la siesta que a veces se prolongaba tanto que se unía a los eslabones que encadenan el sueño por la noche. 60 años, le dijo. El muchacho hizo una rápida operación mental y dedujo el año de su nacimiento. Mi papá tiene 50, le comentó. ¿Y tu mamá?, quiso saber el maestro, siguiendo el hilo de aquella charla que le parecía inofensiva, que le serviría incluso para obtener alguna información extra sobre la familia de su discente. Ella es más joven, contestó el muchacho, sin especificar.

No era necesario que el maestro le preguntara qué significaba aquello. Todos sabían que el “tiradero” era una barranca ubicada a orillas del pueblo
No era necesario que el maestro le preguntara qué significaba aquello. Todos sabían que el “tiradero” era una barranca ubicada a orillas del pueblo
(Foto: Archivo)



El maestro le regresó su libreta después de revisar con atención el ejercicio didáctico que les había puesto y aprovechó para preguntarle su nombre, a fin de localizarlo en la lista y ponerle su palomita. Yo soy el único que les quedo a mis papás, musitó el muchacho; a mi hermano el mayor lo encontraron en el “tiradero”. No era necesario que el maestro le preguntara qué significaba aquello. Todos sabían que el “tiradero” era una barranca ubicada a orillas del pueblo, en el rincón de ningún lado y con salida a ninguna parte. La gente de por allí cerca la usaba para tirar basura, arrojar animales muertos y objetos de las casas que se habían vuelto inservibles. Desde que llegó la tentación al pueblo y muchos, sobre todo jóvenes recién salidos de la adolescencia, decidieron probar fortuna con el fuego, aquella barranca servía como tiradero de cuerpos humanos, muertos, perforados por balas invisibles, enteros o en pedazos, con la garganta rebanada de oreja a oreja, abiertos, con heridas y quemaduras como marcas extras de la muerte. Desde entonces nadie se atrevía a pasar por allí, a menos que se les hubiera desaparecido algún ser querido y se aventuraran hasta el lugar para ver si encontraban en la ladera o en el fondo sus restos mortales, en aquella pila del horror que no se acababa nunca. ¿Cuánto hace de eso?, quiso saber el maestro y de inmediato se arrepintió. Hace como cinco años, le respondió el muchacho. ¿Te acuerdas de él, de tu hermano?, le preguntó el maestro, haciendo a un lado los temores. Acababa de entrar a la primaria, dijo el muchacho; tenía como siete años; pero sí, sí me acuerdo; mi hermano tenía como 20.

Y me acuerdo del otro, dijo el discente, de mi otro hermano, más chico que el mayor, como de 18 años. A él lo mataron en su casa, a balazos. Fueron a donde vivía una tarde de tormenta en la que nadie en el pueblo andaba por las calles, entraron por la fuerza y lo encontraron viendo la televisión con su esposa y su hijo pequeño, que es mi sobrino. Eso pasó unos días después de que enterraron al que hallaron en el “tiradero”. Yo fui el único que les quedó a mis papás, es lo que me dicen y lo que pienso. El maestro observó a su alumno tratando de que no pareciera una exploración impertinente. Había en sus ojos, en su semblante, la expresión clara que tiene el agua cuando se mueve con confianza en el riachuelo. Tuvo deseos de levantarse de su silla y darle un abrazo solidario. Se dio cuenta, sin embargo, de que el muchacho no le había contado aquello para pedirle compasión. De seguro que tampoco lo había planeado así. Simplemente encontró el momento y a la persona adecuada, que era él, para abrir la puerta que desde aquellos días mantenía cerrado el cuarto más oscuro de su corazón.