Ignacio Hurtado Gómez
Aula Nobilis
Inseguridad, Palermo y cultura de la legalidad
Jueves 21 de Abril de 2016
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Una leyenda entre los escombros
Una leyenda entre los escombros
(Foto: Disse)

Dos recuerdos. Hace años conocí un video que describe de manera interesante el proceso de reconstrucción o renacimiento de la ciudad italiana de Palermo, que se había visto azotada por la Cosa Nostra o la mafia siciliana.
En ese documental de poco más de quince minutitos se explica cómo a partir de la reconstrucción del tejido social y de una mayor cultura de la legalidad se logró revertir el clima de inseguridad que se respiraba en aquel entonces.
El video inicia con imágenes difíciles como ejecuciones, cuerpos desmembrados, miradas incrédulas, personas desconcertadas y miedo. Posteriormente, el narrador comenta que durante décadas la capital siciliana fue sinónimo de violencia y corrupción, pero que en ese momento era el símbolo del renacimiento gracias a un proceso que involucró a líderes políticos y civiles, miembros de la Iglesia, los medios de comunicación y las autoridades judiciales.
Se refiere como una historia de éxito donde la sociedad civil jugó un papel importante para revertir su realidad y mejorar su calidad de vida.
Explica que durante años los grupos del crimen organizado aprovecharon la corrupción y el miedo para fortalecerse. Estaba involucrado en muchos negocios y todo se conseguía pagando sobornos. Incluso la organización avanzó de tal forma que prácticamente infiltró todas las organizaciones políticas, incluso en otros ámbitos como la Iglesia, los medios y empresarios.
Todo esto, señalan, causaba entre la ciudadanía desconfianza y desilusión ante el Estado de Derecho y en las instituciones en general.
Pero en la década de los 80 inició un nuevo movimiento entre líderes civiles, de la Iglesia, jóvenes abogados y jóvenes políticos clamando por una nueva cultura: la cultura de la legalidad.
Se comenzó a pedir que la sociedad evidenciara a los políticos y personas corruptas, donde los medios jugaron un papel fundamental. Esta presión logró que los políticos decidieran actuar y permitir que las instituciones cumplieran su función contra la organización. Obviamente la reacción fue brutal.
Sin embargo, la sociedad reaccionó de manera distinta a lo que se esperaba y con mayor fuerza apoyó con marchas y cadenas humanas a los líderes del movimiento que impulsaban una nueva cultura de la legalidad.
En la lucha cayeron personas que buscaban una nueva sociedad sin corrupción, pero ello generaba mayor indignación en una lucha por la seguridad, pero también por la libertad y la democracia, lo que generó que todos los centros de calidad moral se unieran al movimiento.
La Iglesia, en voz del cardenal de Palermo, resonaba con fuerza cada domingo en contra de la situación, seguida del Papa Juan Pablo II, que personalmente acudió a Palermo en apoyo de la comunidad.
Con la presión a todo, los legisladores se vieron obligados a aprobar leyes especiales para combatir la situación.
Los medios locales comenzaron una incesante campaña de apoyo a la cultura de la legalidad.
Finalmente, tras varias elecciones, el nuevo modelo de cultura de la legalidad logró llegar a gobernar a Sicilia, lo que permitió impulsar cientos de programas para fortalecer la cultura de la legalidad.
Destacó el programa que mandaba el mensaje de que todos los espacios públicos estaban en manos de los ciudadanos y no de los malosos, por lo que cada escuela adoptó un monumento. También se narra cómo se recuperaron áreas abandonadas y se reconstruyeron.
Un periódico local ofreció una página completa de manera gratuita para que los niños pudieran mandar artículos y cartas sobre las problemáticas de su comunidad, las cuales eran incluso contestadas por el propio alcalde. Con ello se fomentó el debate cívico, pero además permitió una comunicación directa entre la sociedad y sus autoridades locales de manera abierta y transparente sin intermediarios, ni favores. El periódico aumentó sus ventas y los jóvenes y niños leyeron más.
En el centro de la ciudad estaba un símbolo de corrupción que era el Teatro Masimo, que durante 23 años estuvo en obras de remodelación que permitieron el robo de fondos públicos. Pero después de un año de verdaderas obras de remodelación se abrió nuevamente y se entregó al pueblo de Palermo. También se abrió el centro multifuncional Zisa, en una zona con altos índices de criminalidad con el fin de atraer a las familias.
Este extraordinario periodo fue lo que se conoció en Europa e Italia como el renacimiento de Palermo, donde, como lo dice el narrador: “Todos desempeñaron un papel fundamental los políticos, la Policía, los servidores públicos, la Iglesia, los ciudadanos comunes y los medios, éstos últimos fueron aún más importantes porque dirigieron la atención a todos los demás”.
Obviamente hubo resultados increíbles, bajó el crimen y la economía se reactivó, aumentaron los turistas. Se demostró que la lucha por la legalidad no sólo mueve las conciencias, sino también las emociones de millones de ciudadanos, pues de la lucha se hicieron historias, libros y canciones.
Se reconoce que aún hay mucho por recorrer y que no todo ha sido erradicado, pero la historia demuestra que no es una utopía, sino la muestra de que hay esperanza. Fin del documental.
Por último, también recuerdo que hace algunos ayeres, en los días más adversos, en un evento con jóvenes michoacanos en la Casa Natal de Morelos, el entonces secretario de Gobernación hizo precisamente referencia a la experiencia siciliana o de Palermo, lo que me hizo pensar que, no obstante tratarse de una mera referencia aislada, había rumbo. Al tiempo.
Una pequeña dosis de historia nicolaita: “En 1845 se reanudaron las gestiones encaminadas a secularizar la benemérita casa, pero no fue sino hasta 1847, el 17 de enero, es decir, 37 años después de su clausura, cuando el Colegio de Don Vasco volvió a abrir sus puertas a la juventud nacional. Esta vez bajo otra forma: con orientaciones pedagógicas de amplio espíritu social y humano y con nuevos recursos pecuniarios destinados a su sostenimiento. Los patronos del plantel no serían ya los miembros del Cabildo, sino del Estado; en sus aulas no iban a continuar formándose puramente sacerdotes y abogados, sino también médicos –escasísimos en aquellos días– corredores y farmacéuticos, ni su ideario seguiría plegado por más tiempo a los estrechos límites fijados por la Iglesia, sino que abarcaría el amplio análisis, sereno y juicioso, de los fenómenos de la naturaleza. Así se sintió, por primera vez en el país, en un plantel de enseñanza preparatoria y profesional, respirar con amplitud el aire puro de la investigación científica. En efecto, desde 1790, debido al desprendimiento y gratitud de honorable dama michoacana, se venían impartiendo cátedras de jurisprudencia en San Nicolás, las cuales se formalizaron a partir de 1847. Por otra parte, la Escuela Médica de Michoacán, inaugurada en 1830 por el doctor don Juan Manuel González Ureña, se incorporó a nuestro plantel al lograrse su reapertura. La restauración del Colegio de San Nicolás fue obra de esfuerzo y del cariño que le profesó siempre el distinguido republico Melchor Ocampo, a la sazón gobernador de Michoacán, pues por mediación de la Junta Directora de Estudios ejecutó el pacto celebrado en 1845 durante la administración del señor José de Ugarte, por virtud del cual el Cabildo cedió al Estado sus derechos de patronato sobre el plantel”.

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