Gerardo A. Herrera Pérez
Derechos políticos de la diversidad sexual
Miércoles 22 de Noviembre de 2017
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Para Thomas Hobbes (1588-1679), filósofo que marca los inicios del pensamiento político moderno, en su máxima obra, Leviatán, considera que el fin del Estado no es ni más ni menos que proteger la vida y la seguridad de las personas. Pese a ello, hasta el día de hoy, en una gran cantidad de países la vida y la seguridad de las personas LGBTTTI corren riesgo debido a las agresiones de que son víctimas, así como debido a su falta de acceso a los derechos humanos por prejuicios: como no acceder a fuentes de trabajo o actividades productivas, a tratamiento médico específico u otros importantes bienes sociales; pero significativamente a la exclusión de sus derechos políticos, sexuales y reproductivos, todo lo cual se agrava con la falta de construcción de modelos sociales incluyentes que consideren las normas, el diseño de políticas públicas y estructuras operativas de los estados para impulsar trabajos de creación y desarrollo de conciencia social.

Thomas Hobbes filósofo inglés
Thomas Hobbes filósofo inglés
(Foto: Especial)

Por ello nos planteamos la pregunta de si los estados se encuentran comprometidos con las poblaciones LGBTTTI. Desafortunadamente, en muchos lugares del mundo, incluso en Europa y las Américas (Rusia, China, países musulmanes, los Estados Unidos ahora) la respuesta a este posicionamiento es negativa. Los estereotipos, estigmas y prejuicios contra la llamada comunidad de la diversidad sexual se expresan a menudo a través de los mecanismos de opresión, entre ellos las agresiones físicas contra las personas debido a su condición sexual, pero también la violencia en sus múltiples dimensiones y la discriminación.

En México desde hace ya cuatro décadas se ha venido desarrollando un nuevo movimiento social integrado prácticamente en los años 60 del siglo XX con liderazgos que permitieron incidir de manera frontal los embates del Estado.

En este siglo XXI ya vivimos tiempos posmodernos, donde el respeto a los derechos humanos, lo ético, lo estético y los valores permean la resolución de conflictos de manera equitativa; bueno, cuando menos eso dice el discurso político. La incidencia de ese nuevo movimiento social ha logrado impulsar cambios en las normas en el diseño de la política pública y en establecer estructuras operativas para la atención de este segmento de población abrazado por el acrónimo LGBTTTI.

En este sentido, algunos miembros de la diversidad sexual y liderazgos han logrado incidir en las estructuras de los institutos políticos de derecha e izquierda (aunque no sé si así llamarlos, hoy esto se confunde con cierta facilidad) y desde ahí posicionaron la importancia de contar en las estructuras de dichos institutos de espacios para la representación de la comunidad diversa sexual.

Ello es importante por diversas razones: hasta ahora es prácticamente inexistente el equilibrio entre el número de personas gay y sus representantes de elección popular, si bien han existido, continúa siendo un pendiente equilibrar el número de diputados o senadores representantes de la llamada diversidad sexual en ambas cámaras, así como en regidurías, sindicaturas e incluso en presidencias municipales. Recuerdo a Patria Jiménez, Enoé Uranga y desde luego a Arturo Camacho; seguramente muchos más habrá pero no quisieron o quieren salir del closet, mantienen un habitus que los hace esclavos del género, dice mi estimado doctor Xavier Lizárraga.

En este marco de expresar la igualdad ante la ley y ante las oportunidades para el pleno goce y disfrute de los derechos humanos, en ellos, los políticos, reflexiono sobre el pensamiento igualitario que tuvo sus orígenes Jean Jacques Rousseau (1712–1778), filósofo francés que dedicó su mente a la argumentación para impulsar una crítica a las desigualdades existentes en la sociedad del antiguo régimen.

Las costumbres y las instituciones, si es que no evitan actuar con prejuicios, entonces pueden ser en sí mismas una fuente de tratamientos desiguales entre los integrantes de la sociedad, de tratamientos privilegiados para algunos y desfavorables para otros. Ahora bien, el poder de las costumbres y las instituciones es que ellas pueden moldear el pensamiento de las personas para naturalizar las desigualdades, para hacerles creer que estas diferencias odiosas eran justificables, a veces inculcando en sus mentes explicaciones que justificaban el estado de opresión (invisibilidad, estigmas, discriminación, violencia, crímenes de odio) y marginalización en que algunos estaban postrados.

Espero y deseo que hoy en estos tiempos posmodernos no nos encontremos en una simulación que no abone a la construcción de espacios para el debate de las ideas y el posicionamiento de la representación del diez por cierto de la población con orientación sexual, y desde luego de aquellos cuerpos que tienen una identidad sexual o expresión de rol de género, ante el ejercicio pleno de sus derechos políticos.

Hoy los institutos políticos habrán de integrar en sus listas de contendientes a aspirantes de la diversidad social, incluidos, claro, de la diversidad sexual; tendrán que ir representantes de poblaciones y comunidades indígenas, representantes de las personas con discapacidad, representantes de los jóvenes, representantes de minorías religiosas e ideológicas, entre otras, para conformar el crisol social y de diversidad cultural que vive México y que represente los intereses de todos.

Entiendo que deben ir a las representaciones las mejores mujeres y los mejores hombres, personas con sentido común, con experiencia, con formación. Lo que creo que debe ser analizado es darles paso a personas que han generado división social y apologías de odio, o bien violentado los derechos humanos.

Concluyo expresando que en contraste con las diferenciaciones hegemónicas e ideológicas, la cultura del respeto a los derechos humanos promueve la aceptación horizontal e inclusiva de las diferencias. Es a dicha cultura que los invitamos.

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