Jerjes Aguirre Avellaneda
Las ideas y los intelectuales en la política
Viernes 24 de Noviembre de 2017
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En la división social del trabajo, los intelectuales ocupan un lugar destacado por las funciones que cumplen. Algunos los definen como los trabajadores no manuales, otros los entienden como los trabajadores ocupados en la producción y aplicación de conocimientos y valores, otros más los identifican con los escritores, artistas, investigadores, científicos, o los que han adquirido conocimiento y autoridad por lo que saben y las ideas que profesan, hasta quienes los identifican con la “inteligentsia”, como categoría de personas cuya actividad depende de sus niveles superiores de instrucción.

En el fondo está el manejo de las ideas para explicar la sociedad en sus distintas manifestaciones y en particular el poder y la política. Finalmente, a los intelectuales se les identifica por su inconformidad y crítica a los sistemas políticos establecidos y a sus propuestas fundamentales de cambio. Exigen que la razón y la cultura se conviertan en política, acusando a los políticos de no entender las razones de la cultura. Existen, en contrapartida, los intelectuales que defienden y justifican el orden establecido, claramente distintos a lo que pudo llamarse “intelectuales revolucionarios”.

«En política corresponden a la Antigüedad las ideas de la democracia directa, la de la plaza pública, del poder del pueblo, de la oratoria y claridad de pensamiento para hacerse entender en una comunicación directa».
«En política corresponden a la Antigüedad las ideas de la democracia directa, la de la plaza pública, del poder del pueblo, de la oratoria y claridad de pensamiento para hacerse entender en una comunicación directa».
(Foto: Especial)



Sin embargo, son los tiempos y las realidades históricas las que influyen, forman y permiten la actividad de los intelectuales. En política corresponden a la Antigüedad las ideas de la democracia directa, la de la plaza pública, del poder del pueblo, de la oratoria y claridad de pensamiento para hacerse entender en una comunicación directa, del pensador político frente a su público, exhibiéndose en su persona y en sus cualidades, “en vivo”, como se diría hoy, sin medios para comunicarse y sin publicistas “creadores de imagen”. Fue la grandeza antigua de Grecia y de Roma, por donde quiera que se les mire.

Otra fue la realidad de la Edad Media, por el dominio de la religión y de la escolástica, cuando el único requisito “intelectual” era creer en Dios y en su omnipotencia. Se podía pensar en función de Dios sin posibilidad de cuestionamiento alguno a toda la creación, la sociedad y el hombre. Cualquier duda o idea nueva se pagaba con la hoguera. Los artistas debían crear obras para mostrar la belleza de todo lo divino, escondiendo su nombre para evitar la acusación de egolatría. ¿Qué podría argumentarse en contra de la fe? Más que la razón era la creencia religiosa, por absurda que fuera. Transcurrieron mil años de oscuridad medieval.

Llegó después lo moderno, la confianza y el impulso a la ciencia, la tecnología, el progreso, la razón, la inteligencia humana. Había que descubrir las leyes del comportamiento de la naturaleza, la sociedad y el pensamiento, las regularidades causales de todo cuanto existe para beneficio del hombre. La democracia volvió a ser entendida como poder del pueblo para servir al mismo pueblo. Fue inventada la división de poderes y la elección de representantes para que gobernaran en nombre del pueblo. Parecía que el proceso para construir al fin la felicidad humana había comenzado.

Sin embargo, pronto surgió un mundo que no era el de la igualdad y mucho menos el de la fraternidad con libertad. Era el mundo de la “explotación del hombre por el hombre”, según lo definieron distintos pensadores. Apareció el mundo de los pocos ricos y el de las mayorías empobrecidas. No obstante, la pobreza dejó de estar asociada con el pecado original para entenderse como resultado de la organización social del trabajo y la distribución de la riqueza producida. Las ideas socialistas y comunistas aparecieron como una forma de pensamiento propio de los trabajadores del campo y la cuidad, interesados en la reorganización total de la sociedad. La época de las revoluciones proletarias había comenzado.

El siglo XX, apenas el siglo pasado, fue el tiempo en el que los trabajadores “tomaron el cielo por asalto”, según el lenguaje marxista, construyendo un “campo socialista”, distinto y contrapuesto al “campo capitalista”, con una rivalidad que en distintos momentos colocó al mundo al borde de la guerra y la destrucción civilizatoria completa. Aquellas circunstancias permitían distinguir al intelectual en su papel de ideólogo de un bando o el otro. Parecía que la solución del conflicto llegaría por la violencia atómica, que sin embargo pudo evitarse, para surgir de manera inesperada, imprevista, el triunfo del capitalismo sobre el socialismo, del mercado sobre los objetivos de una sociedad igualada, por lo que cada quien pudiera aportar al bienestar colectivo. Todo ello sin un disparo de fusil y la explosión de una bomba. La era de la sociedad de mercado global había dado inicio.

Ahora las ideas y los intelectuales viven condiciones completamente nuevas y diferentes. La política misma es otra, distinta a la que se practicaba hace 50 años. Ya no se trata de la política, en su teoría y en su práctica, de los asuntos del poder de la sociedad, del Estado, que respondía a las cuestiones esenciales relativas a que es el poder, cómo se consigue, cómo funciona y para qué sirve. La ignorancia de los políticos es generalizada puesto que la realidad social exige del político que sea un buen administrador público pero no un buen político en su significado profundo.

Como buenos administradores, los políticos en las distintas funciones públicas persiguen el perfeccionamiento de todo cuanto existe en la sociedad sin necesidad alguna de transformación. Para ellos la apariencia está por encima de los hechos y la imagen sustituye sus auténticas cualidades. El poder y el poderoso se legitiman por la creencia en lugar de la comprensión y el razonamiento. Los cambios son utilizados para disfrazar el mantenimiento de lo mismo y la lucha es justificada por el acuerdo y el consenso sobre temas particulares que carecen de implicaciones para la estructura y el funcionamiento de la sociedad y sus fundamentos. La política conoce de mucho y los políticos no son los mejores.

Como la política no maneja ideas, los intelectuales no son necesarios. Su función y su influencia están en decadencia, corresponden a lo que está en descenso y sus practicantes reciben los peores calificativos. Inclusive las mismas ciencias sociales, las humanidades, han perdido importancia en la conciencia de la política. Predominan las disciplinas que tienen incidencia en la productividad, la innovación y las ventas. El mercado no necesita la historia, la sociología o la filosofía. Mucho menos la ética. Importa el aprendizaje de las probabilidades estadísticas aplicadas a las encuestas, las políticas y las mercantiles, como únicos mecanismos con los que se pueden construir escenarios futuros, anticipando quién puede ganar o perder elecciones o descubrir preferencias de los consumidores.

Sin embargo, la sociedad del mercado global está agotada y dando muestras de su incapacidad para responder a las expectativas y exigencias de la gente en todas partes. El mundo está remodelándose y revelándose contra los absurdos económicos y políticos. Desigualdad, pobreza, hambre y muerte carecen de sustento racional en los días que transcurren. Corrupción, violencia, cinismo y demagogia en todas partes, minorías opulentas y poderosas, locos gobernando como si los países fueran grandes negocios. Francamente, por lo que el siglo XXI permite ver, “el mundo está de cabeza”.

Salir del gran hoyo de la crisis supone de grandes ideas y del rescate del papel que corresponde a los intelectuales. En cada lugar son tiempos de grandes soluciones, de organizar y estimular las energías de la inteligencia, para hacer que muchos, todos desde el momento en que piensen, puedan llamarse intelectuales.

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