Sábado 25 de Noviembre de 2017
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Alguna vez escuché en una conferencia que la mujer sufre una doble opresión: en primer lugar, la que comparte con el hombre al ser víctima de un sistema social organizado con un criterio piramidal. La inmensa mayoría de la gente conforma la base sobre la que se sostiene una clase infinitamente minoritaria. Esta clase mantiene en su poder todos los controles sobre la vida de la sociedad. De manera que las decisiones que toma desde arriba y les impone a los de abajo tienen el objetivo de asegurar su posición como clase dominante en el vértice superior. A veces los controles le fallan y no duda en echar mano de las fuerzas represivas que tiene a su disposición. Los grandes problemas que padece la sociedad están relacionados de una u otra manera con esta relación de desproporcionada desigualdad. Tanto el hombre como la mujer sufren este tipo de opresión, aunque, como se sabe, la mujer resiente más que el hombre por su condición de mujer.

Una vez que el feminicida ha vuelto a demostrar su dominio sobre ella, su poder inapelable, puede, si quiere, deshacerse de su objeto, suprimirlo, aniquilarlo, borrarlo de la historia.
Una vez que el feminicida ha vuelto a demostrar su dominio sobre ella, su poder inapelable, puede, si quiere, deshacerse de su objeto, suprimirlo, aniquilarlo, borrarlo de la historia.
(Foto: Cuartoscuro)


El hecho de ser mujer la ha convertido en una víctima histórica. No sólo comparte con el hombre las contradicciones y los horrores del sistema político y económico del que forma parte, sino que el hombre la ha relegado a un segundo término en todos los ámbitos de la vida social. La mujer ha sido la servidora del hombre. En esta relación de género se reproduce, por cierto, la relación de dominio y deshumanización que las clases en el poder ejercen sobre la sociedad. A la mujer se le ha prohibido de diferentes maneras que intente colocarse en una posición de igualdad con el hombre. Hasta no hace mucho sus actividades estaban relegadas al hogar y a ciertos ámbitos que eran vistos como propios para mujeres. A las mujeres que han tenido la osadía de traspasar estos límites y que se empeñan en buscar su realización como mujeres y como seres humanos se les ha condenado, a veces con castigos extremos.

Los derechos que ha ganado la mujer a lo largo de la historia no han sido gratis. Ha tenido que organizarse y luchar para reclamarle al sistema lo que históricamente le pertenece. Ha hecho grandes conquistas que en su momento se antojaban impensables. Me parece que una de las más importantes es la reapropiación de su cuerpo. Este camino arduo y sinuoso ha pasado por independizarse del hombre, romper la relación de dominio que éste ha tenido sobre ella. Es aquí donde podríamos encontrar una de las causas de esta reacción virulenta, visceral, a veces bárbara y violenta, que asume el hombre contra la mujer. Le resulta difícil aceptar que la mujer se haya liberado de las ataduras que la mantenían sometida, esclavizada, sujeta a su voluntad. Hay que decir que un porcentaje considerable de varones no ha tenido mayor problema en reconocer que la mujer tiene su propia identidad como tal y el derecho inalienable a ser.

Es probable que este desprendimiento haya provocado en el hombre ciertas patologías relacionadas con su propia dependencia con respecto a la mujer. La mujer ha dejado de ser un objeto que el hombre podía poseer a voluntad y se ha convertido en un ser autónomo, con voluntad propia, que toma sus propias decisiones en un espacio de libertad que ella misma construye. Me parece que el feminicida podría caer en esta categoría. No puede soportar que la mujer reclame, se defienda, se prepare, se haga de espacios que deberían ser exclusivamente de los hombres, que ande sola por la calle, que vaya a los bares y se emborrache, que goce y se desinhiba cuando quiera, que no le obedezca, que no le sirva más como criada o como objeto sexual, que se vista tan provocativamente, que lo rechace tan directamente, que lo ofenda con su comportamiento libertino. Entonces decide recuperar el derecho que tenía antes de la rebelión sobre el cuerpo y el alma de la mujer. Volver a ser su dueño y hacer de su cuerpo lo que se le antoje, por la buena o por la fuerza. Y una vez que el feminicida ha vuelto a demostrar su dominio sobre ella, su poder inapelable, puede, si quiere, deshacerse de su objeto, suprimirlo, aniquilarlo, borrarlo de la historia.

No siempre los cambios que son sustanciales van precedidos por procesos de formación de las conciencias. De ahí que la ruptura con la condición anterior se haga de una manera dramática, a veces trágica. No todos los elementos aceptan el paso de una situación a otra. Las reacciones de quienes desean conservar como sea el viejo esquema pueden ser extremas, impredecibles. El feminicida en este caso puede ser el marido o el ex marido que de pronto estalla en una explosión de violencia mortal, o el cazador furtivo que merodea a su víctima potencial hasta que la emboscada le funciona, o el novio celoso que creía amar realmente a su chica y termina volviéndose su enemigo mortal por un ataque súbito de celos, o el policía que se aprovecha del poder que tiene para disponer de los cuerpos ajenos, o el asaltante que ve a la mujer como botín.

La violencia y el asesinato contra mujeres se nos están convirtiendo en uno de los problemas más graves y urgentes del país. Es un problema que rebasa al Estado mexicano. Los aparatos de prevención y de justicia no funcionan. La impunidad se ha vuelto estructural y alienta a los feminicidas. Sigue habiendo una mentalidad de varón abandonado y agraviado por la rebelión de las mujeres en los hombres que ocupan las distintas posiciones de mando en el Estado. Simplemente miran el problema con desdén y con molestia. Hay otros asuntos más urgentes y más importantes para ellos. Siempre. Las declaraciones de alerta de género se han quedado en el papel, en el discurso, en las conferencias de prensa. Entretanto, un porcentaje alarmante de mujeres sigue siendo víctima de la violencia de género, incluyendo el feminicidio.

Haría falta impulsar procesos intensos de educación sobre la situación de género. Hay que educar a los hombres desde niños, desde los hogares, en las escuelas, a través de todos los medios de que se disponga en la sociedad. Pero haría falta también que las organizaciones de la sociedad civil que luchan por la equidad y la justicia de género se unan y ejerzan una presión permanente sobre el Estado para que las acciones requeridas se lleven a cabo. Se requieren acciones permanentes de prevención y persecución del delito, de atención adecuada a las mujeres violentadas, de protección y procuración de nuevas oportunidades de vida para las víctimas. Ninguna sociedad merece existir como tal si permite que un porcentaje de hombres crea que puede seguir disponiendo del cuerpo y de la vida de cualquier mujer.