Jerjes Aguirre Avellaneda
¡Para el debate por Michoacán!
La clase empresarial michoacana
Viernes 22 de Abril de 2016
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La existencia de una clase empresarial es absolutamente indispensable en una economía de mercado. En todas partes y con las modalidades que imponen los niveles de desarrollo y la cultura de cada lugar. En este sentido, la clase empresarial es un producto histórico, como en el pasado pudieron haberlo sido los terratenientes o los dueños de esclavos.

Específicamente tiene que hablarse de clase social, en tanto grupo o sector de la sociedad que es poseedor de capital, y por tanto, de la capacidad de invertir para crecer y crear empleos, que es igual a la capacidad para generar más riqueza mediante el trabajo, aceptando la afirmación acerca de que lo único que produce riqueza, es el trabajo del hombre. Pero además de compartir intereses, la clase empresarial comparte ideas sobre la realidad, sobre el poder y su uso, sobre las relaciones sociales, el arte, los principios y valores éticos.

Por otra parte, como producto histórico, la clase empresarial tiene su nacimiento, su etapa de formación y su etapa de madurez. A cada etapa de su existencia corresponden determinadas características impuestas por la vida de cada tiempo y lugar, que incluyen elementos comunes que se comparten al lado de otros que la distinguen, haciéndola original y única. Los empresarios asiáticos, europeos o americanos estructuralmente son iguales, pero regionalmente son distintos. Lo mismo podría decirse en las condiciones mexicanas de los empresarios de Monterrey, Toluca o Morelia.

En el caso mexicano y michoacano, la clase empresarial es relativamente joven, todavía en la primera mitad del siglo XX el esfuerzo principal tuvo que hacerse en relación con la transferencia de recursos acumulados por el latifundio, hacia otros sectores de la economía, particularmente a la industria, en un proceso que supuso enfrentamientos, violencia y recomposición total de la sociedad mexicana. Para la segunda mitad de la centuria pasada, las condiciones ya eran distintas y otras y nuevas oportunidades fueron abriéndose para el país.

El proceso de transformación no fue sencillo. Supuso la corrección de viejos rezagos institucionales, de infraestructura, educativos, políticos y de mentalidades, ante el afán de hacer de México “un país moderno”. El proceso implicó una participación decisiva del Estado en todos los asuntos de la actividad nacional, inclusive para la creación de una “clase empresarial mexicana”, como objetivo abierto y deliberado del gobierno, expresado en la consigna de “crear empresarios”.

En Michoacán el proceso ha sido más tardado aun cuando mantuvo vínculos fundamentales con el gobierno. Primero porque la resistencia de las fuerzas económicas y políticas que se oponían a los grandes cambios prolongaron su oposición, y porque en las condiciones de una entidad federativa, la generación de medidas para establecer amplios estímulos para una sociedad de competencia estaba fuera de sus posibilidades.

¿Cuál es el origen de los empresarios michoacanos?, es una pregunta obligada en la compresión del presente de la clase empresarial de Michoacán. En la respuesta habría que ubicar a algunos latifundistas expropiados y obligados a emigrar hacia actividades económicas distintas. Otros se modernizaron y pudieron formar parte del sector empresarial dedicado a los agronegocios. En los centros urbanos, los comerciantes prósperos entraron a la industria y los negocios financieros, en tanto que políticos y profesionistas vinculados con el gobierno aprovecharon sus relaciones, información e influencias para convertirse en “los nuevos ricos a quienes les hizo justicia la Revolución”, según se decía. En el campo, la creación de ejidos y sus formas de relación con el gobierno también permitieron el surgimiento de ejidatarios acaudalados, que con intermediarios y agiotistas también pudieron sumarse a la formación de la nueva clase social.

Elemento común a los empresarios michoacanos son sus vinculaciones con el gobierno, tanto federal como estatal y municipal, en términos de beneficios fiscales, permisos y licencias, contratos como proveedores de bienes y servicios y para la construcción de obra pública. En la segunda mitad del siglo pasado hasta el presente, prácticamente ninguna nueva fortuna privada ha estado al margen de los beneficios gubernamentales, con excepción de los casos de asociación con intereses extranjeros.

En estas condiciones, la clase empresarial tenía como propósitos políticos la presión al gobierno para recibir los máximos beneficios. Los grupos de interés y de presión no buscaban hacerse del gobierno, sino ejercer presión para que sus decisiones fueran lo más ventajosas posibles. En todo este proceso resulta evidente el papel que ha desempeñado la corrupción como “correa de transmisión” o “aceite lubricante” para el funcionamiento de toda la “maquinaria social”.

Después ha sido diferente. La corrupción en su evolución ha llegado a ser perjudicial para los empresarios que ahora luchan contra ella, tanto porque merma sus ganancias como porque su permanencia implica la disminución de los recursos gubernamentales de los que ellos podrían resultar beneficiados, en tanto los funcionarios y políticos se los llevan para construir sus propias fuentes de lucro. La alianza tácita entre gobernantes y empresarios tiende a debilitarse aceleradamente, y en su lugar aumenta la participación de las mujeres y los hombres de los negocios en la actividad política y gubernamental. La era del político rico ha comenzado.

Sin embargo, en México y Michoacán la clase empresarial todavía no es un hecho completamente acabado, mucho menos en un contexto de globalización e impresionante desarrollo científico y tecnológico. La ampliación y renovación empresarial supone un vigoroso movimiento de emprendedores alentado por todos, tanto por el sector oficial como privado. Evidentemente los “clanes” y vínculos consanguíneos no son suficientes para garantizar la continuidad del modelo de mercado. Hacen falta los emprendedores.

Pero lo que es innegable es que los empresarios, los “inversionistas”, la “gente de los negocios”, se ha convertido en la fuerza fundamental de la sociedad, es el poder real por encima del interés público, que es indispensable conocer en sus características e implicaciones, en su conjunto y en sus componentes individuales, comprendiendo más atinadamente al mundo, al país y a Michoacán.

Sobre todos estos temas es imprescindible estudiar, investigar, como tarea pendiente en la que se debe insistir.

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