Ramón Guzmán Ramos
Minificciones
Como los peces en el agua
Sábado 2 de Diciembre de 2017
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Se lo dijo frente al lago para que lo acabara de entender de una buena vez. El agua es el universo frío, atravesado de luz, que habitan los peces en su existencia fugaz e incomprensible. Aunque salten a la superficie para atisbar lo que se encuentra de este lado de su mundo, pertenecen al agua como las lombrices a la tierra. Es en el agua donde respiran el aire líquido que les da la vida y el movimiento perpetuo. Es en el agua donde buscan su origen y encuentran los signos dispersos del destino. Si los sacan del agua, dejan de ser, más allá incluso de la muerte. Así ella con el lenguaje, le dijo, sin dejar de mirar el último destello del día reflejado en la orilla contraria del lago. Ella habitaba el universo oscuro y luminoso del lenguaje. Ella misma estaba hecha de palabras. No sólo las que él decía cuando estaba a su lado, cuando se proponía poseerla con sólo decir su nombre, sino las de ella misma, las que dejaba impresas en las hojas con la tinta sepia de su pluma fuente, las que le servían para sumergirse en sus lagos internos y buscar los otros signos de la tierra, las que la sacaban del barro en que yacía y la convertían en el soplo divino de la vida.

Donde habita la libertad



Es en el mundo de las letras donde habita la libertad. Es en ese territorio inmenso, lleno de posibilidades impensables, donde ella es y es por sí misma. Quien desee tocarla, respirarla, probarla, lograr que forme parte de su cuerpo y de su espíritu, puede, si se atreve, incursionar allí. Pero la libertad no es la fuente de dicha pura cuya idea fervorosa construyen todos en solitario. La libertad es sobre todas las cosas una revelación. Es un golpe de luz que sobrecoge la conciencia y le da a la mirada humana alcances insospechados. En el mundo de las letras, como en el universo primigenio, el espacio y el tiempo se crean a la par que los mundos destinados a aparecer. Cada mundo, sin embargo, es un territorio donde habitan lo mismo el fuego y el hielo, la oscuridad y el relámpago, la tierra y el vapor, la sangre y el río, la muerte como puente, como estación de retorno, y la muerte como condenación sin fin. La libertad es la atmósfera, el aire que se transparenta o se vuelve turbio, la potencia que se transforma en acto al momento de escribir, la visión que se apropia del alma de la noche, el vuelo del águila sobre el terreno de combate, el lugar del encuentro y las huellas que quedan para siempre sobre el mar.

Es el lago



Sé que es el lago, Fátima. Es lo primero que ves al levantarte todas las madrugadas a la misma hora y con el mismo sobresalto. Es el primero que te saluda con su respiración sosegada cuando abres la ventana de tu estudio y te lo bebes entero de un solo sorbo. Piensas en Virginia, lo sé. Lo que debió sentir cuando iba dejando que el agua cubriera su cuerpo, cuando supo que no habría retorno a la superficie, a la vida como hasta entonces la había conocido. Quisieras meterte en su piel, invadir su mundo y descubrir de qué manera se hacía y se deshacía a través de la palabra. No es que quisiera morir, lo sabes. Seguramente intentaba diluir su cuerpo en el agua para no volver a sentirlo más. Pero ni el río, ni el mar, ni el lago pueden ser la tumba de los sueños que se rebelan, de los huesos que cantan al caminar, de las manos que multiplican las plumas, de los ojos que resisten la caída del sol.

El lago despierta y hace que el viento vuelva a circular por el bosque con discreta elegancia, que circunde tu figura de humo y la limpie de los polvos que quedaron de tu sueño más reciente. Pensando en Virginia sonríes y caes en la cuenta de que su locura ha sido la locura de todos los que intentan desgarrar el mundo para que el mundo deje de ser lo que siempre ha sido. Ella creó su propia habitación, lo sabes, que es la habitación de los que se han atrevido a negar la vida para que la vida sea otra. Es en esa habitación y no en el fondo del río –o en el fondo del lago en tu caso– donde se encuentran los signos que has andado buscando por todos los territorios que se te vienen encima. Quisieras haberla conocido, lo sé, haber charlado con ella como dos amigas de toda la vida, como dos confidentes que evitan juzgarse, que se hablan y se escuchan con la paciencia inagotable de los robles, que escriben sobre las hojas verdes del dolor y se convierten ellas mismas en palabras. Las palabras que corren como ríos inagotables por los libros, como las aguas de los mares que conocen la furia y el sosiego, como las aguas verdes y azules de este lago que ahora ves, que ahora respiras, que conviertes con tus manos en palabras.

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(Foto: Especial)


Nietzscheana



Cuando el hombre mató a Dios se dio cuenta de que quedaba en la más terrible orfandad.

El hombre había creado a Dios para justificar su propia existencia en el mundo. Luego se convenció a sí mismo de que él era producto de esa creación. De manera que hizo de esta idea su visión del cosmos y su concepción de vida: la vida sólo tenía sentido si brotaba y se consumía en el fuego de Dios.

La idea se volvió poder y dogma, enseguida dogma con poder: un dogma erigido e impuesto en cada época de la historia sobre los huesos y la sangre de millones de infieles… y de devotos.

La muerte de este Dios dejó al hombre con un vacío enorme que el hombre cubre con su angustia. Pero ha de pasar de la angustia ciega, oscura, desasosegada, a la conciencia lúcida de esta angustia. Así, el darse cuenta de su orfandad repentina abrirá la perspectiva de otra dimensión de vida. No habrá a quien arrojarle la culpa de las cosas que suceden, el pecado y el sufrimiento que provoca. Cada hombre habrá de hacerse cargo de su actuación en la vida y las consecuencias que se derivan de ella. Habrá la necesidad de una ética terrenal, como habría dicho José Revueltas.

Pero he aquí que este Dios se niega a morir. Regresa desde su muerte negra cada vez que alguien en la tierra siente que el abismo se abre a sus pies y no hay de dónde agarrarse. Es cuando se vuelve a escuchar la voz de estruendo de ese creador alucinante de la teoría del eterno retorno que fue, que es Friedrich Nietzsche.

Distopía



La utopía es un espejismo, una figura de fuego cantando en medio del humo y de la arena, una profecía del pasado, estruendosa negación del presente.

La utopía es la fiebre del corazón, un tirón del tiempo hacia la cima y el abismo; el lugar que no existe sino en el sueño, en la promesa que arde.

La utopía está hecha de una luz que alumbra el futuro, pero no en el futuro.

La montaña que se atreve a desafiar al cielo y da un giro violento hacia abajo.

El horizonte que se rompe en algún lugar del camino y se abre a la garganta del abismo.

Nadie tiene en sus manos los hilos que controlan el movimiento y el despliegue del tiempo, nadie el poder de dominar las aguas de la tierra, los vientos impredecibles del corazón.

Sólo nos ha sido dado aprender a mirarnos como somos desde la pequeñez y la grandeza de la hormiga, desde la altura inalcanzable de la nube.

Estamos hechos de la sangre palpitante de los dioses y del espíritu irreverente y herético de los demonios. Somos nuestra propia negación en la historia. Pero también la esperanza que reclama sacrificio.