Ramón Guzmán Ramos
Elecciones y militarización
Sábado 9 de Diciembre de 2017
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En las elecciones federales de 2006 la diferencia de votos entre Felipe Calderón Hinojosa y Andrés Manuel López Obrador fue de 0.62 por ciento en favor del primero. Era la primera vez que AMLO contendía por la presidencia de la República. Las irregularidades que se registraron durante el proceso fueron de tal magnitud que la mayoría de los mexicanos consideró que Calderón se había impuesto a través de un enorme y escandaloso fraude electoral. López Obrador llamó a la resistencia pacífica y bloqueó con sus seguidores el Paseo de la Reforma en la Ciudad de México durante 48 días. Después diría que se había decidido por esa acción para evitar un desbordamiento masivo y violento de la irritación popular. El hecho era que prevalecía un ánimo de frustración y coraje entre grandes sectores de la sociedad mexicana.

Durante la toma de posesión de Felipe Calderón como presidente de México se produjeron disturbios y enfrentamientos físicos y verbales entre legisladores perredistas (cuando el PRD era otra cosa) y panistas. Calderón tuvo que ingresar al recinto del Congreso de la Unión por la parte trasera ya que los perredistas habían bloqueado los accesos normales. Los priistas decidieron presentarse para cubrir el quórum y que Calderón quedara avalado por el Legislativo. Era un síntoma de la atmósfera inflamable que prevalecía en el país. La percepción que se tenía en la mayoría de la sociedad era que México estaba sufriendo el ascenso de un presidente espurio.

Fue cuando Calderón decidió sacar al Ejército de sus cuarteles y arrojarlo con todo a las calles. Justificó esta medida de excepción argumentando que se trataba de hacerle la guerra al narcotráfico y acabar así con la violencia extrema que estaba padeciendo el país. Lo que hizo, como sabemos todos, fue meternos en una dinámica de terror que aún no acaba. La violencia escaló como nunca antes. Decenas de miles de muertos y desaparecidos, así como desplazados de su lugar de origen, se acumulaban –todavía– en las estadísticas del horror y la locura. Las corporaciones policiacas, a las que toca hacerse cargo de garantizar la seguridad de los mexicanos, fueron rebasadas y desplazadas en sus funciones por los soldados y los marinos. El país quedó atrapado en una situación de guerra interna, una especie de guerra civil no declarada que no sólo se hace contra la delincuencia organizada, sino que se extiende a los sectores de la sociedad que se atreven a desafiar al Estado. Fue a partir de tal fenómeno que se produjo este desplazamiento no reconocido hacia la militarización de la vida nacional. México fue ocupado militarmente por sus propias Fuerzas Armadas.

Todo apunta a que la disputa final será entre el candidato de EPN y el de Morena.
Todo apunta a que la disputa final será entre el candidato de EPN y el de Morena.
(Foto: Especial)



El verdadero propósito de Calderón fue más bien de índole política. Lo que hizo fue aplicar la estrategia del miedo. Con el Ejército ocupando las calles, las carreteras, los caminos de los pueblos, se producía un efecto de disuasión efectivo y generalizado en los sectores de la sociedad propensos a la rebelión. Era posible sofocar de inmediato y violentamente cualquier brote que atentara contra la estabilidad del Ejecutivo. De una democracia incipiente, que apenas asomaba sus primeros rasgos, con grandes limitaciones y obstáculos, pero democracia al fin, Calderón empujaba al país a un estado donde se generaba una maquiavélica combinación de autoritarismo civil con despliegue militar. Desde entonces en México la democracia se apagó como un fuego fatuo. La clase política que nos gobierna, que se reparte a discreción las posiciones de poder, mantiene secuestrada en sus círculos reducidos la otra democracia que estaba a punto de crecer y llevarnos por un camino distinto: la democracia electoral. De ahí que este sistema sui géneris no tenga problemas en permitir los espacios de ocupación del poder civil con los espacios de ocupación militar. La de Calderón fue una estrategia de tipo contrainsurgente. Sin justificación en la realidad, desde luego, ya que las protestas concretas que encabezó AMLO nunca se salieron de los límites constitucionales. Al final Calderón se mantuvo en el poder los seis años que le tocaban pero dejó al país en uno de los círculos del infierno más pavorosos.

El hecho de que Enrique Peña Nieto no haya modificado ni un ápice esta estrategia militar nos revela que se trata de una política transexenal. Entre los partidos que conforman la clase política que nos gobierna no hay en realidad diferencias sustanciales. Cada gobierno es la continuidad del que le antecede sin importar las siglas ni las filiaciones políticas. De lo que se trata es de defender como sea al sistema que tenemos encima y que responde a su vez a intereses más poderosos. Que el Estado se adelgace hasta desplomarse por inanición y deje que sean los grandes dueños del dinero los que decidan el rumbo del país. Si el Estado civil se debilita, ahí están las Fuerzas Armadas para darle el sustento que necesita. No importa si carece de la legitimidad que sólo el pueblo en su conjunto puede otorgar. Hay que recordar que EPN llegó a la Presidencia en medio de profundos cuestionamientos sobre la legalidad de su elección. Necesitaba mantener al Ejército en las calles para apoyarse en él como lo hiciera su antecesor. Y también para imponer las reformas estructurales que, como hemos comprobado ya, han sido medidas para despojar a la nación de sus bienes naturales y eliminar los derechos históricos de los trabajadores y la sociedad.

Una década y un año tiene ya la presencia de los militares y los marinos en las calles. El balance sigue siendo de horror y de locura. Los muertos y las desapariciones no hacen sino incrementarse. El miedo ha escalado a niveles de terror. La herida que se le hacho al país y que abarca prácticamente todo el territorio nacional no deja de sangrar. México se ha convertido en un inmenso camposanto sin cruces. En este ámbito la estrategia militar ha sido un rotundo fracaso, pero Peña Nieto no sólo decidió mantener al Ejército fuera de sus cuarteles, sino que ha presionado al Congreso para que apruebe de una vez por todas la criminal Ley de Seguridad Interior, la cual espera su consumación en el Senado. El propósito, como con Calderón, sigue siendo político. A Calderón le sirvió para evitar una insurrección generalizada del pueblo en su contra. A Peña Nieto esta ley le servirá no sólo para otorgar las garantías que los soldados y los marinos le han pedido, sino como una fuerza represora contundente. La sociedad ha dejado de creer en los partidos y, por extensión, en la clase política. El candidato de EPN, José Antonio Meade, habrá de necesitar de un enorme operativo especial para posicionarlo y llevarlo a la Presidencia. Algo así sólo puede hacerse mediante un fraude gigantesco. El llamado Frente Ciudadano por México se consume en sus propias contradicciones. Si logra sobrevivir a la definición de su candidato, lo más probable es que en los hechos siga atrapado en sus insalvables diferencias internas. Todo apunta a que la disputa final será entre el candidato de EPN y el de Morena. AMLO se mantiene en la delantera. Concentra en su persona una gran parte del descontento que la sociedad viene acumulando contra el régimen desde hace décadas. Por eso la necesidad urgente para el gobierno de darle legalidad a la militarización del país.