Ramón Guzmán Ramos
Los brazos de Sísifo
Sábado 23 de Abril de 2016
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Me permito reproducir aquí un fragmento de la novela Los brazos de Sísifo, que será presentada por Larissa Guzmán Guerrero este domingo 24 de abril, a las 19:30 horas, en la Sala de Piano de la Casa de la Cultura de Uruapan, editada por la Secretaría de Cultura de Michoacán:

Entonces vi en el otro, el que debía ser yo, la misma expresión de regocijo discreto y vergonzante con que despedía yo a los que se iban. Sentí que lo odiaba y que debía decirle muchas cosas que traía guardadas desde hacía años, pero no pude porque pensé que no tenía caso, o simplemente porque pesaba más el espíritu de sometimiento y de obediencia ciega que nos habían inculcado. Era yo del otro lado de la ventanilla, mirándome sin posibilidad de apelación. Yo, del lado interior de la oficina, que me extendía también una carta de recomendación que a mi edad de muy poco me iba a servir. ¿Quién despide a quién?, pensé. Pero no me importaba. La imagen que me golpeó al salir a la calle fue la de mi esposa al recibir la noticia.

¿Y qué vas a hacer ahora?, me preguntó, con esa expresión en su rostro que yo me había imaginado. De desolación total. ¿Qué vamos a hacer?, exclamaba, con una voz que se iba apagando poco a poco en la medida que daba unos pasos atolondrados en dirección del sofá.

Voy a buscar otro trabajo, dije. Me dieron una carta de recomendación. Con lo que recibí de liquidación aguantamos unos meses.
¿Y quién te va a dar trabajo? ¿A tu edad?

Pero si tengo cuarenta y cinco años. No estoy tan viejo.

Para conseguir un nuevo empleo, sí estás viejo.

Amalia. Mi mujer. Ella era cinco años menor que yo. Tenía cuarenta cuando me quedé sin empleo, a la deriva, o mejor dicho a la intemperie, expuesto sin guarida a las inclemencias del tiempo, un tiempo que no era mío, que no podía ser mío porque en realidad nunca lo fue. Era una mujer que traía la juventud a cuestas, arrastrando sus años como si fueran las huellas de alguien que ha vivido un siglo, dejándolos sobre los pasos como tirones de piel y de nostalgia. Siempre me pregunté si era por mí que se le había marcado el rostro con aquella mueca de insatisfacción, de molestia por la vida, de irritación por lo que trataba de ver adelante sin lograrlo, por tener que beber la oscuridad como si fuese el agua salada de un sediento moribundo.

Decidí que no me dejaría ganar por la angustia al menos durante unos días. Me dedicaría a hacer lo que antes no podía por la rutina esclavizante de los horarios. Fui al cine a ver una película gringa de horror. Siempre he creído que el horror más grande está en el interior del ser humano, el que brota de este abismo oscuro y profundo que traemos con nosotros desde antes de nacer y al que pocas veces echamos una mirada directa. Me dediqué a caminar por las tardes por las calles y las plazas públicas del centro, por los portales y los mercados repletos de olores y de gritos, mirando a la gente de soslayo, mirándome con desdén a través de sus ojos furtivos. Hacía mucho tiempo que no me sentaba en una banca del jardín a contemplar la fuente con el agua estancada, el tropel febril de las multitudes que se mueven sin conciencia de sí sobre el asfalto caliente de la ciudad, a leer con calma y con sobresalto el periódico del día, las noticias cada vez más frecuentes sobre la muerte oscura y sin sentido, la muerte violenta que grita su silencio en medio de la nada.

A mi mujer le decía que andaba recorriendo las calles de la ciudad en busca de trabajo. Y me lo decía a mí mismo también. En busca de una oferta de empleo anunciada a la entrada del negocio o de la empresa. Pero no encontré nada en esos días en que estuve reconociéndome como hacía media vida no pasaba. Me reconocía en mi soledad, una soledad invisible que me rodeaba como esfera cerrada, que me recorría por dentro con lentitud de hormiga. Como esta sombra, pensaba, que me perseguía a todas partes sin que yo me percatara. Amalia era parte de esa sombra, o una sombra completa en mi vida. Perdimos al único hijo que tuvimos, al nacer. O mejor dicho, al morir en el nacimiento. Y ella se fue con él, con esa parte suya, de su cuerpo y de su alma, que no alcanzó a palpitar con el mismo dolor que ella sintió al parir. Dar a luz. Dar vida. Una paradoja que Amalia no llegaría a perdonar jamás. Luego, se encerró en un silencio transparente, se apartó de mí con el sigilo del viento que pasa sin que lo noten entre las ramas del árbol. Y me quedé solo, compartiendo con Amalia el vacío de la casa, la oquedad de las horas nocturnas.

No quiso embarazarse otra vez por el miedo, que se le convirtió en pavor, de volver a perder el fruto de sus entrañas durante el nacimiento, o a tener que perderlo de cualquier manera algún día, si por desgracia le tocaba sobrevivirlo como madre. Creo que empezó a despreciarme porque yo no mostré el mismo interés, la misma obsesión que ella por esa cosa de la maternidad que de cualquier manera los hombres no entendemos. El duelo por el hijo perdido lo compartimos algunos meses, pero yo llegué a aceptar que era una realidad ineluctable y que no nos quedaba sino superarlo y seguir adelante. Me parece que ella no me lo perdonó y acabó por sentir desprecio hacia mí. Lo sentía a la hora en que intentábamos abrazarnos para dar inicio a los ritos del amor, cuando me arrojaba por los bordes fríos, indiferentes, de su piel; cuando tenía que volver a mí con una extraña sensación de rechazo.

¿Qué es la muerte para ti?, me preguntaba, en el momento en que me quedaba separado y distante de ella.

Lo que se interpone entre nosotros, le decía yo, y daba vuelta sobre la cama para darle en correspondencia mi espalda.

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