Ramón Guzmán Ramos
Opinión
El amor en la boca del silencio
Sábado 13 de Febrero de 2016
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Había sido una mañana fría con esporádicos descensos de neblina. El profesor Mauricio se encontraba dando la última clase de la jornada. El Sol se hallaba en plena magnificencia de mediodía, aunque la baja temperatura se sentía en los espacios que estaban a la sombra. En el salón de clases, el calor humano que se producía con la presencia agitada de sus alumnos lo aliviaba de su padecimiento ancestral. Desde niño el frío había sido para él un castigo que no entendía. Tenía unas semanas de haber regresado a su escuela después de gozar de una beca comisión que solicitó para estudiar su maestría. Decía a quien quisiera escucharlo que vivíamos tiempos de mucha confusión, llenos de incertidumbre, extremadamente violentos, con cambios vertiginosos, sobre todo en la conciencia; de manera que había que prepararse constantemente para estar a la altura de los desafíos. Les había hecho a sus muchachos una encuesta para saber qué pensaban, cómo sentían las cosas que ocurrían en su entorno, en su país, y se dio cuenta con pesar que había miedo en sus corazones, una neblina densa en sus mentes, como si no vieran más allá de aquel tiempo que los ahogaba. ¿Cómo enfrentar desde el aula una situación así?, pensaba.
El prefecto abrió la puerta del salón sin tocar y le informó que tenía una llamada de larga distancia en la dirección de la escuela. Vaya, maestro, le dijo, yo le cuido a estos muchachos hasta que regrese. El profesor Mauricio se encaminó con paso apresurado, aprensivo, a las oficinas del director. ¿Una llamada al teléfono fijo de la escuela?, se preguntó. Como si no existieran esos canales que ofrece la tecnología para establecer comunicación directa con las personas. Su esposa y sus hijos tenían su número de celular, lo mismo parientes y amigos cercanos, así que no podían ser ellos, pensaba; menos si se trataba de una llamada de origen remoto. Al llegar, el director le cedió el espacio de su oficina para que desde ahí contestara y lo dejó a solas con su llamada.
¿No adivinas quién soy? , escuchó la voz del otro lado de la línea. Era voz de mujer, un sonido suave, casi de susurro, como si tuviera la intención de acariciar el oído que la recibía. No, no. No podía saber. Preguntó si se trataba de una broma o qué. Soy Rosalía , dijo la voz; tu Rosalía, Mauricio, tu novia de la secundaria y de la prepa . Entonces recordó. Fue como una avalancha de recuerdos que llegaron con fuerza a su memoria. La había descubierto en una de las bancas de la explanada de la escuela. Estaba sola, él supuso que acongojada por algo. Ni siquiera lo pensó. Se le acercó y se sentó frente a ella. Traía la torta en una mano y el refresco en la otra. Estuvo a punto de ofrecerle una mordida pero desistió. Ella lo recibió con una leve sonrisa de aceptación, agrado. Hablaron de los maestros y las materias que más les gustaban, los que no; de lo que solían hacer por las tardes y los fines de semana. Él iba al cine cuando podía y al cerro cuando se hallaba de ánimo, nomás para volver a subir hasta la cima y ver desde allí las cosas de debajo de otra manera; ella se ponía a leer y a ver la tele. Fueron novios hasta que ambos terminaron la prepa y a ella se la llevaron sus papás nunca supo él a dónde. Se amaron como sólo se puede amar cuando se tiene el corazón de adolescente: con temeridad e inconsciencia, compartiendo todo lo de cada uno y rechazando las convenciones hipócritas del mundo exterior. ¡Rosalía! , exclamó él. Sí, Mauricio, yo .
Sin pensarlo le dio su número de celular y a partir de entonces recibía llamadas de Rosalía todas las mañanas a la hora del recreo, según acordaron. ¿Cómo diste conmigo?, le preguntó él. No fue difícil, le explicó ella. Lo había buscado por Internet y allí encontró una noticia breve sobre su participación como orador en un acto cívico del municipio. Mencionaban su nombre y la escuela donde trabajaba. ¿Qué fue de ti todo este tiempo, Rosalía?, ¿por qué te fuiste tan repentinamente y nunca más volviste a comunicarte conmigo? . Ella le dijo que su padre se había llevado a toda la familia a Sacramento. Las deudas se le acumularon tanto que acabaron por formar una montaña enorme. El negocio que tenía quebró. Recibió amenazas de muerte de algunos de los acreedores y no le quedó otra salida que salir huyendo. A su familia le impuso un silencio total. Ninguno debía comunicarse con nadie en la ciudad que dejaban, seguramente para siempre. Algunos años después ella se casó con un hombre de origen guatemalteco que residía y trabajaba también allá.
Ella le preguntaba en cada llamada si la había querido tanto como le decía. Te quise tanto –le decía él– que los días y los años que siguieron a tu partida caían en un hueco del alma que no tenía fin . Pero te casaste –le reprochó ella . Tú también –le dijo él . Yo nunca quise a mi marido. Fue necesidad de estar con alguien, de aliviar un poco la soledad que me aplastaba. ¿Y tú? ¿Yo qué? ¿Quieres a tu mujer? Mauricio pensó en Minerva, su esposa desde hacía 20 años. Él también andaba en busca de un antídoto contra el maldeamores. Se conocieron en la Normal a donde él se fue a estudiar para ser maestro. Sí, se enamoraron. El amor, pensaba, es algo más que un incendio de los sentidos, mucho más que el desasosiego de la pasión. Digamos que, además de eso, es también la calma que reflejan las aguas del lago cuando reciben el baño tibio de los rayos de Luna; son las noches en que uno sabe que se puede derrumbar el mundo porque hay un cuerpo cálido y dispuesto al lado; es la certidumbre de que siempre hay alguien esperando nuestra llegada, con la mano extendida, los brazos de fuego, la piel abierta.
Después de cuatro semanas de hablarse a diario por teléfono ella le confesó que no podía más. Le dijo que había decidido buscarlo porque había sido él, Mauricio, quien la había salvado de la muerte. ¿Cómo pude yo haber hecho una cosa así?, le preguntó él, intrigado. Rosalía había chocado su auto de frente contra una camioneta que invadió su carril. Cuando la llevaron al hospital se les murió en la sala de operaciones. Durante unos ocho minutos dejó de respirar y todos sus órganos cesaron. Ella se iba ya para siempre a algún lugar donde, en medio de un mar de luz, la esperaban personas que ella conocía y que habían partido antes: sus abuelos maternos. Ella intuía lo que le estaba pasando. Fue cuando apareció él, Mauricio, y le tendió la mano para regresarla a su cuerpo y al mundo terrenal. Entonces volvió a la vida y aquella idea se apoderó de ella como una obsesión. Tenía que volver con Mauricio para hacer realidad aquel amor que había quedado trunco en el pasado. Había hecho todos los arreglos en su casa y en su trabajo. Iría a México en unos días. Tenían que encontrarse, le dijo a Mauricio. Ella iba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para volver a ser con él lo que tuvieran que ser. Y él aceptó.
El día del encuentro Mauricio dejó su auto en un estacionamiento cercano y se encaminó al restaurante donde se vería con ella en unos 33 minutos. Tenía que cruzar la plaza para llegar. Decidió sentarse en una banca para no tener que esperar solo en la mesa. Inevitablemente pensó en Minerva, su mujer. Aquel iba a ser un paso a algo desconocido que seguramente no tenía retorno. A esa hora Minerva estaría en su casa, preparando sus clases, revisando los trabajos de sus alumnos, elaborando los materiales didácticos que utilizaría con ellos al día siguiente. El amor es eso también, pensó Mauricio: el tiempo convertido en experiencias compartidas, la ilusión de ver a los hijos convertidos en lo que quieren ser, la idea de quedarse solos cuando los hijos abren sus propios caminos y hacen su vida en otros lugares, el amor por los hijos de otros a los que hay que formar también, la soledad y la quietud de las noches en que las estrellas dejan de cantar para que los mortales, los amantes de a pie, los que se conocen cada vez que uno entra al cuerpo del otro, se hagan el amor para que la esperanza no desaparezca del corazón y la faz de la tierra. Entonces, sin pensarlo más, se levantó de la banca y regresó por donde había llegado. Le diría a Minerva que ese día, sobre todo ese día, sentía que la amaba y la necesitaba con especial vehemencia, con la desesperación de los locos a los que nadie entiende y con el sosiego infinito de un sueño infantil.

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