Sábado 23 de Diciembre de 2017
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Mis recuerdos de la infancia están relacionados con esa fiebre del alma que provoca el miedo a las criaturas vengativas de la noche, aunque también a la protección que encontraba debajo de las cobijas y el amparo de un libro abierto. Solía distraerme con facilidad en el salón de clases pero sabía exactamente a dónde me trasladaba mi imaginación encendida. Por las tardes, a solas en mi casa, usaba la mesa que servía de comedor para sentarme a escribir sin cuidado y con arrebato lo que le causaba ahogo a mi espíritu. Fue la primera función que de manera natural tuvieron para mí las letras. Dedicaba uno de mis cuadernos escolares a esta tarea benigna. Era como mi caja de los secretos, como el amigo íntimo al que le mostraba los interiores más profundos de todas estas cuevas que aún me habitan. Las palabras ahora, sin embargo, eran como trozos de una casa deshabitada a merced del vendaval.

Uno de los primeros cuentos que escribí fue el de Yolanda y sus visitas vespertinas a mi casa. Cursábamos el sexto grado de primaria en diferentes escuelas.
Uno de los primeros cuentos que escribí fue el de Yolanda y sus visitas vespertinas a mi casa. Cursábamos el sexto grado de primaria en diferentes escuelas.
(Foto: Especial)


Uno de los primeros cuentos que escribí fue el de Yolanda y sus visitas vespertinas a mi casa. Cursábamos el sexto grado de primaria en diferentes escuelas. Era la hora en que el sol desciende detrás de los cerros y deja que las sombras salgan de sus refugios. La recuerdo con sus pantalones de mezclilla o deportivos, su cuerpo delgado como una rama movida por el viento, sus trenzas como chicotes que azotaban mi espalda cuando yo dejaba que me inmovilizara bocabajo, su respiración agitada y su boca entreabierta, sus piernas flexibles y sus brazos alargados. Era la hora en que yo me sentaba a la mesa a repasar las clases que había tenido en la mañana, a revisar mis libros de texto para saber lo que veríamos al día siguiente y a hacer la tarea. Ella llegaba con el crepúsculo, tocaba la puerta de la entrada principal con tres toques suaves, que yo reconocía; esperaba con ansiedad a que yo acudiera para abrir y dejar que pasara. Traía algún libro o una libreta para simular que acudía conmigo a estudiar. No decíamos nada. Ella se dirigía a mi cuarto mientras yo me encargaba de asegurar la puerta a mis espaldas. La encontraba tendida en la cama de mi cuarto, con una sonrisa desafiante y perversa, con los brazos extendidos hacia mí en señal de reto. Yo me despojaba de mis zapatos y me deslizaba suavemente sobre su cuerpo de lagartija. Era cuando ella inmovilizaba mis piernas con las suyas y me tomaba del cuello para invertir la posición. Quedaba montada sobre mi abdomen. Agarraba mis manos y las presionaba sobre el colchón para que yo no pudiera hacer ningún movimiento. Forcejeábamos algunos momentos, los cuerpos frotándose como dos maderos hechos para el fuego. Yo simulaba que estaba dominado por su cuerpo de cera, su cuerpo volátil como la sustancia de la nube y fijo a mi cuerpo como una piedra en el fondo del estanque. Era cuando sentía su cadera moviéndose rítmicamente sobre mi bajo vientre. Volvíamos a abrazarnos con una agitación creciente y rodábamos en círculo por la cama antes de volver a quedar en la misma posición. Simulábamos un round de lucha libre a ras de lona. No recuerdo en este momento cómo empezó aquella confrontación cuerpo a cuerpo, cuyo propósito no era llegar al final con un vencedor y un vencido. En algún momento la energía de ambos llegaba al punto máximo de tensión y estallaba en una burbuja enorme de silencio. Nos quedábamos tendidos sobre la cama, los cuerpos extasiados, desplomados sobre nosotros mismos, la respiración en sosiego, con la placidez del alma reflejada en los rostros, tomados de la mano, disfrutando sin hablar lo que nos dejaba en los sentidos y en las profundidades futuras de la memoria el frotamiento dichoso de los cuerpos.

No sé por qué me llega en estos momentos el recuerdo de Yolanda. Quizá porque es el recuerdo más feliz de mi infancia y uno siempre vuelve a las épocas en que la vida podía ser una buena promesa. No sé con precisión cuánto duró ese tiempo en que las horas de la tarde lograban el milagro de encender las cosas que se hallan a escondidas. Sería hasta muchos años después, cuando regresé a Zacapu y recorrí la calle para localizar la casa y fustigar la memoria, que me di cuenta de la magnitud de la experiencia. Era una dicha desconocida lo que sentíamos y compartíamos cuando hacíamos del frotamiento de nuestros cuerpos el propósito mismo de la existencia. No lo sabíamos entonces pero inventábamos así una forma de darle vida y vigor al fuego para que el fuego pudiera volver a vencer la oscuridad una y otra vez. De pronto y sin explicación alguna Yolanda dejó de visitarme y fue entonces que se convirtió en ansiedad, en la sombra de un cuerpo que poco a poco se fue deslizando de mi memoria hasta que quedó cubierto por la hojarasca.
Simplemente se hizo humo y se desvaneció de mi mundo y de mis sueños. A veces, por la tarde, me la encontraba en la calle cuando salíamos a jugar los juegos inocentes de los niños. Ella se instalaba en su espacio como un monumento sagrado, inviolable, o pasaba ignorando con abierta presunción a todos los que la veíamos flotar con su cuerpo de inquieto cervatillo sobre el piso.

Hace días comenzó a subir como burbuja de lago desde el fondo más oscuro de mi memoria. Simplemente ascendió como deben hacerlo las nubes que han recorrido en forma de niebla la superficie de la tierra y deciden que es tiempo de volver a su lugar de origen. Una vez en la superficie se mostró con toda su claridad ante mis ojos, encendió un fuego amable en la memoria y me dejó entrar nuevamente en su interior. Fue allí que todo volvió a ser como había sido. La nostalgia de ahora, sin embargo, no es como aquella sensación de incomprensible ansiedad y confusión. Es como la sombra de una fragancia exquisita, perturbadora, que me trae un viento distante y desconocido. No logro distinguir las facciones de su rostro casi infantil. Sólo queda la sensación. Es como si recordara el aroma, el color intenso, el cuerpo suave de una rosa que un día en el pasado remoto disfruté y se quedó para siempre sobre una piedra a la orilla del río.