Hugo Rangel Vargas
El país de la frivolidad
Viernes 29 de Diciembre de 2017
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Mientras transcurre el fin de 2017, es en el extranjero y es la prensa del país vecino del norte la que vuelve a colocar frente al “presidente desnudo”, Enrique Peña Nieto; el espejo por el que, como Quetzalcóatl, contemplara su fealdad justo en el momento en el que su derrumbe está terminando de concretarse.

Los últimos intentos por cubrir su pronunciada joroba han llevado al régimen del mexiquense a inventar una maniobra retórica llamada “seguridad interior” a fin de que, so pretexto de pretender combatir la crisis de violencia por la que atraviesa el país, la autoridad pueda tener a la mano las herramientas para sofocar a las voces opositoras.

Enrique Peña Nieto, presidente de México
Enrique Peña Nieto, presidente de México
(Foto: Cuartoscuro)

Y es que para Peña y el restaurado PRI ha resultado más atractivo quemar incienso a las formas antes que a los fondos. El revelador reportaje del periódico norteamericano The New York Times que da cuenta de la enorme cantidad de recursos que ha despilfarrado el actual inquilino de Los Pinos en publicidad gubernamental, muestra el maquillaje que quiere hacerse el gobierno para ocultar, entre otras cosas, la monstruosa impunidad de los abundantes crímenes contra periodistas.

El daño que infringe el actual régimen con la censura mediática, impulsada ya no de forma coercitiva sino a través de los mecanismos de cooptación que hacen nula la sobrevivencia de los medios de comunicación afuera del presupuesto público, no sólo se lo hace al ejercicio del periodismo libre, sino también a la democracia misma.

De por sí ya sometido a la distorsión que provoca la desigualdad en el reparto de la riqueza, el régimen democrático mexicano ahora tiene que enfrentar la inducción de una asimetría en el acceso a la información por parte de un gobierno que interfiere en la libre circulación de noticias y opinión. Estamos pues ante un nuevo atentado en contra de la incipiente democracia mexicana, el cual se está operando desde una chequera muy inflada por la que circulan a discreción millones de pesos del erario público.

Los 500 millones de dólares que erogó el gobierno de Peña el año pasado no equivalen únicamente, tal como lo señala el reportaje del rotativo mencionado, al programa de becas más importante de la administración, sino también al tamaño del miedo y del pavor a la crítica con la que se ha conducido un presidente que en el extranjero se regodea con ínfulas de demócrata.

El país de Peña es el de la pleitesía a la frivolidad. Ese que quiere echar bajo la alfombra el desastre de una crisis humanitaria que tiene en la zozobra a millones y en la abundancia a pocos, el que pinta de blanco sus actos de corrupción aunque éste sea el blanco de una mortaja hedionda, el que prefirió parar la búsqueda de los 43 normalistas de Guerrero para no seguir descubriendo cadáveres en cada fosa clandestina destapada, el que tras la pompa y el palacio administra su caída con malabares en los que intervienen bufones de todos los colores.

El régimen se embriaga, sin embargo, en la imagen estilizada que le muestra su aparato de comunicación, cada día más sofisticado y ostentoso. Detrás de ese espejo está una horrenda quimera con una lengua bífida que reclama a su servidumbre múltiples adornos, capaz de cometer crímenes, al tiempo que exige alabanzas para acallar los gritos de sus víctimas, que limpia de su piel la sangre de sus sacrificados y demanda humo de ofrendas para ocultar este impresentable acto.

Sí, este es el país de la frivolidad, en él camina por la alfombra roja el leviatán que le gobierna, y quien se atreve a desafiarlo para mostrarlo como es, es lanzado al exilio.

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