Ramón Guzmán Ramos
Pesimismo revolucionario
Sábado 6 de Enero de 2018
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Los días de los buenos deseos pasaron demasiado pronto. Pronto nos hemos dado cuenta de que la realidad no cambia con un cambio de fechas. O en nuestro caso el cambio sólo puede ser para empeorar la situación. Es como si en México se hubiera abierto desde hace tiempo la caja de Pandora sin que se pueda ver aún el fondo para darle su lugar a la esperanza. El lector podrá pensar que se trata de una visión pesimista. Pensar que todo está mal y que nada va a mejorar es la base de todo pesimismo que se precie. El enfoque, sin embargo, es el resultado de la experiencia brutal y persistente que todos compartimos en este país de memoria de humo.
No hace falta hacer aquí una actualización del recuento de los daños para darle fundamento a las palabras. México se nos ha convertido en una fosa común inmensa, en un territorio de sombras donde las certezas, incluyendo la de la propia existencia, se pulverizan en el aire. Hubo un tiempo, por cierto, en que las cosas de la vida tenían una relativa certidumbre que nos permitía vivir sin grandes sobresaltos. Se podía trazar una línea del tiempo hacia el futuro y, si uno persistía en el camino y alimentaba cada día la voluntad, era posible convertir el proyecto de vida en una realidad concreta. Las estaciones del año llegaban y se iban cuando tenían que hacerlo y rara vez el clima se deslizaba y se mantenía en los extremos. El pago de las quincenas se cumplía sin retraso y hasta era posible hablar de nuevos logros en las firmas de los contratos colectivos. En este México de ahora los trabajadores resisten como pueden, algunos incluso cediendo sus derechos, a una embestida del Estado y de la clase patronal como no se veía desde antes de la Revolución.

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(Foto: TAVO)

No es que comparta la idea de que todo pasado fue mejor. Durante décadas vivimos bajo el régimen autoritario de un solo partido. “La dictadura perfecta”, como la llamó Mario Vargas Llosa en un coloquio de Televisa al que fue invitado por Octavio Paz en 1990, desde luego que cuando el escritor peruano no se había deslizado todavía hacia la derecha liberal. Era también una dictadura sangrienta, que como los antiguos aztecas ofrecía sacrificios humanos para evitar que alguna catástrofe acabara con el sistema vigente. No era, sin embargo, una violencia generalizada, de todos los días, por todas partes. El Estado cuidaba que las cosas no se desbordaran, pero a cambio de aquella relativa tranquilidad tenía suprimidas la democracia y la libertad. Hay que decir que en México ocurrió algo inusitado: de la dictadura de un solo partido hemos pasado a la simulación democrática de varios partidos. ¿Qué régimen es éste en que devino lo que alguna vez se conoció como “la transición democrática”?
En ese tiempo existían las convicciones, la conciencia de entregarse desde abajo a un fin superior. Era posible luchar contra un régimen que mantenía sofocado el espíritu del pueblo. Se hablaba de liberación. La revolución era el horizonte que muchos compartían y por el que estaban dispuestos a sacrificar su libertad y su vida. La dialéctica nos decía que no había por qué aceptar la realidad tal como era. La realidad que no cambia, que no se transforma para resolver sus propias contradicciones, caduca y se corrompe. El cambio debía ser hacia una nueva sociedad en la que no existieran más los ricos y los pobres, los oprimidos y los opresores, los que tenían todo el poder y lo que andaban por la vida sobreviviendo a la buena del destino, los que sometían a otros por la fuerza y los que eran sometidos. Ahora nadie habla de estas cosas, como si tales contradicciones ya no existieran. Había que cuestionar y negar la realidad para pensar en otra, en ese otro mundo que creíamos posible.
A pesar de que proliferaban las sectas y las capillas ideológicas, la praxis, concebida como la unión indisoluble, interactiva, entre teoría y práctica, era lo que guiaba la acción transformadora. En ese tiempo se hablaba sin tapujos de izquierda y derecha. No había manera de confundirse: se estaba con las clases oprimidas en su lucha por lograr una nueva sociedad o se estaba con quienes desde las distintas posiciones de poder hacían lo que fuera por impedirlo. La izquierda de entonces era anticapitalista y revolucionaria, o no era. El capitalismo devino en neoliberalismo, lo que provocó el desmantelamiento de los Estados nacionales y la privatización de los bienes públicos; y éste, a su vez, ha dado una voltereta hacia un nuevo tipo de nacionalismo de corte fascista con Donald Trump como su líder bárbaro. Hoy nadie cuestiona de raíz este sistema mundial basado en el despojo generalizado, en la guerra sin fin, en la cosificación del ser humano, en la depredación de la naturaleza, en la agonía misma del planeta.
Hay que decir que la izquierda estaba dividida en diversas corrientes, algunas antagónicas entre sí. Se dividían y se confrontaban ideológicamente –a veces también físicamente– por el tipo de socialismo que había en el mundo y el que debería existir, por la estrategia de lucha, por el camino más viable que había que recorrer para llegar al objetivo final, por demostrar como fuera quién era el poseedor de la verdad. Hay que reconocer que la ausencia de autocrítica fue una de las causas de su disgregación y posterior desaparición. Había maoístas, trotskistas, estalinistas, guevaristas, etcétera, pero la mayoría de estas corrientes no resistieron el impacto que causó el desplome del llamado socialismo real: la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS. El mundo volvió a quedar bajo el dominio absoluto de las grandes potencias capitalistas. Era como si al final el capitalismo hubiese vencido sobre el socialismo. Aunque no lo dijeran, aunque no lo reconocieran tácitamente, en el ánimo de todas estas corrientes se trataba de una derrota histórica que parecía absoluta. Lo que prevaleció fue la confusión, el desánimo, la decepción. Millones de seres humanos en todo el mundo habían dado la vida por construir el paraíso terrenal y los demás estaban dispuestos a sacrificar lo que fuera. De pronto la utopía desaparecía del horizonte no sólo como construcción real, sino como visión y razón de vida. Muchos de los sobrevivientes decidieron aprovechar su experiencia en la lucha para su beneficio personal.
Algunos historiadores burgueses, como Francis Kukuyama, hablaron incluso del “fin de la historia”. Desaparecían por decreto todos los conceptos y categorías filosóficas y políticas que habían sido sustento de la ideología de la liberación, como la lucha de clases, el materialismo dialéctico e histórico, capitalismo y socialismo, proletariado y burguesía, explotadores y explotados. Pero el cambio de términos no cambia la realidad. Todo eso que los capitalistas han querido desaparecer se encuentra presente, formando parte de esta realidad de injusticia, violencia extrema, impunidad, desigualdad, autoritarismo, deshumanización. Y es en esto que se sustenta mi pesimismo, precisamente. Es ésta la realidad que nos agobia, que nos asfixia, que nos aplasta, que nos aniquila, que nos quita toda esperanza. Como los personajes de José Revueltas, sobre todo en sus novelas Los días terrenales y Los errores, en este mundo no hay salvación posible. Pesimismo. Habría que reaprender a ver con ojos de trascendencia y reconocer la necesidad de construir una nueva utopía y un nuevo camino para llegar a ella. He aquí lo revolucionario del pesimismo.

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