Jerjes Aguirre Avellaneda
Meade y los nuevos tiempos del PRI
Viernes 2 de Febrero de 2018
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La candidatura de José Antonio Meade a la Presidencia de la República consuma los cambios ocurridos en el país, particularmente las transformaciones registradas en el Partido Revolucionario Institucional, cuyo nombre sustituyó simbólicamente a lo que se llamó Partido de la Revolución Mexicana, asociado por la historia con el presidente Lázaro Cárdenas, del mismo modo que el PRI estuvo vinculado en sus orígenes con el entonces presidente Miguel Alemán.

En efecto, Meade es el símbolo de los nuevos tiempos priistas, como tiempos distintos y contrapuestos a los objetivos del cambio revolucionario, que se propusieron los fundadores de ese partido, llamado en su nacimiento como Partido Nacional Revolucionario. Hoy el PRI es la antítesis de su propia historia, esa historia que en el olvido, la nueva generación de dirigentes priistas, encuentra su mayor argumento para justificar su “nuevo priismo”.

Los partidos políticos, y en especial el PRI, se quedaron vacíos de contenido social y político, de bases ciudadanas seguras, hasta convertirse en entelequias que pretenden representar a todos cuando en la realidad no representan a nadie.
Los partidos políticos, y en especial el PRI, se quedaron vacíos de contenido social y político, de bases ciudadanas seguras, hasta convertirse en entelequias que pretenden representar a todos cuando en la realidad no representan a nadie.
(Foto: TAVO)


Un aspecto que tendría que destacarse en la historia del PRI se refiere a que en lugar de fortalecer su liderazgo colectivo, ampliar su capacidad de convocatoria y ganar confianza ante su militancia y la sociedad, fue acumulando descrédito por su constante alejamiento de los grandes grupos sociales, de lo que pudo llamarse pueblo, a la vez que daba la espalda a los intereses de la nación y se quedaba vacío de las ideas que inspiraron en su momento la realización de un proyecto de tipo histórico.

La debilidad política del PRI tuvo carácter acumulativo en la segunda mitad del siglo XX, cuando careció de capacidad para mantener firmeza en sus principios e ideales, como condición que pudo evitar las grandes desviaciones, que culminaron con la pérdida de la Presidencia de la República, aceptando como realidad inobjetable, como elemento de la nueva historia, tener que compartir con sus viejos y nuevos enemigos los instrumentos de poder en las distintas escalas de la República. El PRI fue abandonado por los ciudadanos en el año 2000, continuando su proceso de deterioro hasta un presente en el que aparece sin propuestas coherentes para motivar la participación ciudadana y orientar los grandes e inevitables cambios en todos los aspectos de la sociedad mexicana.

Por otra parte, se insiste en que los partidos políticos tienden a experimentar una metamorfosis al pasar de partidos con un profundo arraigo ciudadano a partidos selectivos de su militancia, hasta llegar a los “partidos de élites” que, como “camarillas”, los convierten en organizaciones burocráticas que tienen como única finalidad la competencia electoral utilizando el financiamiento público. En el caso de PRI, se alejó de la estructura social y política, equivalente a la pérdida de los vínculos permanentes con los campesinos, los obreros, los maestros, los trabajadores al servicio del gobierno, los jóvenes, las mujeres y el sector cada vez más numeroso de viejos, que son experiencia acumulada a lo largo de su vida.

Los partidos políticos, y en especial el PRI, se quedaron vacíos de contenido social y político, de bases ciudadanas seguras, hasta convertirse en entelequias que pretenden representar a todos cuando en la realidad no representan a nadie. Por eso, las ideas de los partidos están referidas exclusivamente a la rentabilidad electoral, a cómo ganar votos, a los acuerdos y las alianzas que suman votos a toda costa sin importar en absoluto a qué intereses sirven. Como organizaciones políticas, los partidos han perdido todo significado, puesto que ahora lo que cuenta, son los candidatos, “vengan de donde vengan y piensen lo que piensen”.

Este sería el contexto que ayudaría a explicar o entender al menos la decisión del PRI para seleccionar un candidato a la Presidencia al margen de su condición de militante, sino que se trata de un ciudadano externo, con méritos académicos y administrativos pero no políticos. Existe la práctica recurrente que desdeña la convicción, el esfuerzo partidista, las aportaciones y la lealtad de los militantes, como cualidades fundamentales que conceden la más amplia autoridad a los militantes en sus aspiraciones de representación partidista en los procesos electorales.

Por el contrario, el candidato externo hace inevitables los apoyos también externos de instancias de más allá del PRI, que son equivalentes a una imposición, claramente entendida en este caso como una imposición presidencial, de acuerdo con las viejas prácticas y métodos utilizados por el “primer priista” que se creían desaparecidas. Todo militante tendría que contestar, en congruencia, lo siguiente: ¿de qué y para qué sirven los militantes?, ¿pueden los partidos políticos sobrevivir sin militantes?

En cuanto a los méritos académicos y administrativos, sin duda alguna son importantes, si bien habría que distinguir entre conocer la realidad desde las aulas y el escritorio con el hecho de vivirla con la gente, en sus necesidades, angustias, sufrimientos y anhelos. Es imposible conocer al pueblo de México confundiéndolo con los esquemas tecnocráticos que tantos daños han provocado. No basta haber sido funcionario o que con menosprecio de la ideología sólo se propongan “recetas técnicas” para curar las enfermedades de México. El candidato del PRI es el símbolo de sus nuevos tiempos, que son los tiempos de su crisis y decadencia.
La candidatura de Meade, así como los acontecimientos en los demás partidos políticos, sus alianzas y las características de sus candidatos, sugieren que el proceso electoral en curso tiene componentes que podrían impedir la elevación de la calidad de la democracia mexicana, traducida en el encuentro de las soluciones a los grandes problemas nacionales.

El tamaño y la profundidad de la crisis mexicana confiere singular importancia a las elecciones de julio venidero. No es exagerado, como tampoco anacrónico, señalar que el futuro de la nación estará en juego el próximo 1º de julio. La garantía para el futuro democrático e independencia del país depende de la participación ciudadana y no de su exclusión real, según se observa en los días que transcurren.

Del mismo modo que el futuro de los partidos depende de sus militantes, el futuro de México depende de los ciudadanos. Por ello, como deber para con la sociedad, habrá que sepultar lo viejo del autoritarismo, la simulación democrática, el “acarreo” y la demagogia, junto con los nuevos vicios, que disfrazan la democracia con los llamados a la eficiencia y al saber, que evite la ignorancia como origen de lo que hoy lastima a los mexicanos, sin que jamás se mencione a los beneficiarios principales del desorden y la crisis.

Hoy son tiempos para que todos asuman compromisos, los partidos y los candidatos, señalando en principio las responsabilidades que corresponden a los ladrones, pero también a los que deciden las políticas gubernamentales, que representan las causas profundas de todos los desastres.

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