Jerjes Aguirre Avellaneda
Política: la convicción contra la creencia
Viernes 16 de Febrero de 2018
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Los cambios en la sociedad mexicana en los últimos 25 años han sido impresionantes. En todos los componentes y aspectos de la vida, de lo pequeño a lo grande, de lo visible y lo invisible, la realidad es ahora distinta, como distintas son las palabras para designarla. La semántica, como ciencia de los significados, tiene pendiente la recopilación de todo lo nuevo que hay en el lenguaje cotidiano.

En la economía, el predominio de los negocios y la finalidad de la máxima ganancia por encima de cualquier otra consideración. Los valores éticos centrales son el individuo y el dinero. El éxito, “mi éxito”, toda grandeza, se mide en pesos y centavos. El arte se vuelve mercancía y en política, su desprestigio obedece a la falta de correspondencia entre lo que es y los modelos de comparación elaborados durante milenios.
En estas condiciones y en el marco electoral en curso conviene detenerse en el examen de algunos cambios registrados en la política con el objeto de acercarse a las transformaciones de los conceptos y saber “de qué política estamos hablando”, comenzando por saber lo que se está entendiendo por el concepto mismo de política.

Los partidos luchaban por el poder. En la democracia exponían abiertamente sus objetivos tratando de que los ciudadanos los hicieran suyos con planteamientos y soluciones donde el individuo nunca estaba por encima de la organización
Los partidos luchaban por el poder. En la democracia exponían abiertamente sus objetivos tratando de que los ciudadanos los hicieran suyos con planteamientos y soluciones donde el individuo nunca estaba por encima de la organización
(Foto: Especial)



Antes, en su obra Economía y sociedad, Max Weber anotaba que la política en su práctica y en su teoría, inclusive como ciencia, son las acciones relacionadas con el poder, y que el “poder significa la probabilidad de imponer la propia voluntad dentro de una relación social, aun contra toda resistencia y cualquiera que fuera el fundamento de esa probabilidad”.

Sin embargo, el poder en las sociedades divididas se llama Estado, que representa el poder político genuino, en tanto posee la capacidad para “imponer” a toda la sociedad sus propios fines, utilizando si es necesario la “fuerza legítima”, toda vez que cuanto hace está permitido en los fundamentos jurídicos con que funciona y que se llama “Estado de Derecho”.

Consecuentemente, la política eran los conocimientos y prácticas relacionadas con el poder del Estado, incluyendo cómo se consigue, cómo funciona y cómo y para qué se usa. Había lógica en cada momento: para conseguir el poder había que organizarse y los partidos políticos fueron su forma dominante, cuya finalidad era convertirse en gobierno para cumplir con los objetivos que los justificaban y que todos podían conocer sin ninguna restricción.

Los partidos luchaban por el poder. En la democracia exponían abiertamente sus objetivos tratando de que los ciudadanos los hicieran suyos con planteamientos y soluciones donde el individuo nunca estaba por encima de la organización. Era inconcebible la política sin organización. Hoy, por el contrario, uno de los cambios fundamentales de la política consiste en la absolutización del individuo, utilizando la frase de moda: “Lo importante es el candidato”, “se vota por el candidato, no por el partido que lo postula”, para que después, en el caso de ganar, se tenga un gobernante solitario, vacío de compromisos permanentes y que derrocha los recursos públicos buscando legitimidad.

En el presente, la política como actividad relacionada con el poder abandonó la lucha para ganar las voluntades ciudadanas a través de la confrontación de ideas, el debate y la argumentación de los propósitos que corresponden a las fuerzas participantes. En su lugar, lo que es propio de la “política moderna” y de la democracia es la negociación, el acuerdo y el consenso para ganar votos, asumiendo formatos de frentes a alianzas sin principios, teoría y programa, como si estuvieran comprometidos con la simulación y el engaño.

La nueva política tiene como fundamento las creencias, que son afirmaciones sobre la verdad y la mentira al margen de toda demostración y evidencia. En las creencias se afirma o se niega algo a partir de factores subjetivos sin conexión con la realidad. Las creencias sustituyen la realidad de los hechos y la objetividad de los acontecimientos.

La oposición entre verdad y mentira, entre justicia e injusticia, entre pobreza y opulencia o en la desigualdad de oportunidades ante la vida, carecen de significado frente a lo que cada individuo y grupo crean que es o que no es, reduciendo todo cuanto existe y acontece a la estricta subjetividad individual y colectiva. Frente a las creencias todo ha perdido su significado original, todo es frágil, todo es movedizo, todo es de acuerdo con lo que se cree.

De este modo la política se ha convertido en hacer cuanto sea necesario para ganar las creencias como forma superior del engaño y autoengaño, estimulando todo aquello en lo que se quiere creer, en la demagogia y la manipulación. Con las creencias se legitima todo, se establecen los acuerdos, se alcanzan los consensos, se consigue la unidad en lugar de la dispersión, se alcanza una sola disciplina de la obediencia y una sola concepción de la vida. ¿Qué más puede pedirse?

El sistema político sustentado en las creencias ha provocado grandes daños a la sociedad mexicana, llegando a negar su auténtica historia y desconfiar de sus grandes fortalezas. En el pasado hubo momentos en los que se hizo creer que la conquista de México trajo la “civilización”, que los mexicanos no sabrían gobernarse después de la Independencia, que la Revolución era igual a desorden y que el neoliberalismo traería la felicidad material y espiritual de los mexicanos.

Ahora sigue vigente la creencia de que con los Estados Unidos, todo, y sin los Estados Unidos, nada, haciendo depender la prosperidad de México de la prosperidad de los Estados Unidos, como Rey Sol que ilumina y permite la vida en la Tierra. Inclusive aún no terminan de desaparecer las creencias acerca de que las raíces nacionales indígenas son inferiores, que el mestizaje es despreciable, toda vez que lo importante son las raíces españolas, francesas, inglesas y hasta gringas.

Sin embargo, lo que México necesita no es el autoengaño de las creencias, puras y simples, que se pregonan insistentemente en el ambiente político. Más que eso, lo que es imprescindible consiste en la transformación profunda del país con el pleno conocimiento de las causas y las consecuencias, que es igual a la conciencia que explica el porqué y el para qué de los grandes cambios. Los mexicanos necesitan dejar de creer en que solamente con los programas asistenciales habrá de eliminarse la pobreza, que los campesinos de subsistencia podrán convertirse en agroexportadores, que los obreros dispondrán de un salario real suficiente para cubrir las necesidades de su familia y que la clase media tendrá la certeza de nunca caer, si no por el contrario, la certeza del ascenso continuo, por la riqueza acumulada y el reconocimiento social por sus “mayores virtudes”.

No es aconsejable creer que nada importante pasará, distinto de la política corriente. Son muchos los síntomas, los indicadores del avance de la crisis, económica, social y política. No basta con creer que todo puede seguir igual y que la democracia ha sido de extraordinaria utilidad para el desarrollo, el bienestar, las oportunidades y la soberanía del país. Los frentes y las alianzas son un dañino contrasentido. En la naturaleza no pueden mezclarse el agua y el aceite, a menos que en lugar de aceite sea también agua, en la creencia de que es aceite. En política si se juntan la derecha con la izquierda significa que la izquierda ha renunciado a sus convicciones y se ha vuelto de derecha.

En última instancia, la única creencia con validez para el presente y para el futuro se refiere a la inevitabilidad de los cambios, que pueden comenzar el 1º de julio venidero, como triunfo de la conciencia sobre las creencias, de la convicción sobre el autoengaño.

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