Viernes 23 de Febrero de 2018
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Es fundamental que cada quien pueda profesar el culto o religión de su elección y que tengamos también libertad de convicciones éticas, acorde con nuestra moral, origen, educación, formación, pero debiéramos tener, junto a esas sagradas libertades, la obligación moral del culto a la ley, culto profesado por contados en este país.

La falta de cultura de legalidad, en mayor o menor grado, en distintos sectores y niveles poblacionales de nuestro país, es nuestro gran problema. Mucho se ha dicho y escrito sobre los grandes problemas de México, lo sé, así como de su orden por percepción y nivel de afectación real al desarrollo pleno de la nación. Hay quienes señalan que la inseguridad (delincuencia común, narcotráfico, etcétera) es el mayor mal que aqueja a nuestra sociedad; otras voces dicen que si es ésta un problema, pero que el problema mayor es la falta de empleos y desarrollo económico; por otro lado, también encontramos a quienes gritan que el más grande y peor enemigo de México es la corrupción, a ellos, otros se suman al coro, pero agregan que es la corrupción e impunidad conjugadas. Como podemos apreciar y ya sabemos, cada percepción es un mundo, por lo que cada visión es respetable y subjetivamente acertada, pero insisto: algunos de esos problemas, o al menos el nivel de presencia y afectación de los mismos, se origina en la ausencia de culto a la ley. He aquí, señoras y señores, la causa, lo demás es efecto.

Ahora bien, debo reconocer que un servidor en diversos medios periodísticos, algunos años atrás (diciembre 2015) dije: “El principal problema de nuestro país no es la delincuencia común, ni la corrupción, ni el crimen organizado, ni un muy largo etcétera de problemas graves que podemos enunciar, porque estos son sólo consecuencia del problema real de México, su cáncer, la baja calidad de su educación pública, en el nivel básico principalmente, de los últimos 25 años como mínimo”. Abundaba: (esa) “ínfima calidad (…) potencializa los síntomas y malestares de nuestra sociedad, y se señala potencializar, porque es preciso aclarar que la mayoría de nuestros problemas existen en toda sociedad por avanzada y progresista que esta sea, simplemente en niveles tolerables y que no ponen en peligro el desarrollo social, cultural y económico de una nación, toda vez que es imposible acabar con la delincuencia común, con la pobreza, con las adicciones (...) y con la corrupción; en general, la aspiración debe ser reducir estos tumores a su mínima expresión”.

Sostengo en esencia lo dicho, pero debo reconocer que catalogué como causa primigenia única la baja calidad del sistema público educativo en su nivel básico del país, cuando lo correcto es que señalemos que existe una causa primigenia conjunta que genera corresponsabilidad primaria entre los formadores iniciales públicos y los formadores privados, que no están en ninguna escuela, sino en el seno del hogar. Asumamos todos nuestra responsabilidad.

En fin, el día que el mexicano promedio deje de tener deliberaciones mentales sobre la idoneidad o justo de las leyes con las que se va topando, que lo llevan a decidir qué leyes cumple y cuáles no, según su humor personal y social del momento, sin duda tendremos un país menos desigual y con una brecha aceptable entre los distintos niveles socioeconómicos que lo integran.

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