Jerjes Aguirre Avellaneda
Corrupción, discrecionalidad, gabinetes
Viernes 2 de Marzo de 2018
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Los grandes problemas del país no podrían explicarse a partir de causales biológicas de los mexicanos. Genéticamente los mexicanos no son portadores de la delincuencia, como tampoco son por naturaleza corruptos. En el surgimiento y desarrollo de estos problemas fundamentales del país, en particular la corrupción, operan un conjunto de causas sociales interrelacionadas que producen los mismos efectos. Entre estas causas “multívocas” se encuentra la estructura de organización de la República y el funcionamiento de los “Poderes de la Unión”, a partir de reglas escritas y no escritas.

Se insiste en el curso del actual proceso electoral que el problema mayor de México es la corrupción, por su extensión y profundidad, por sus implicaciones para el crecimiento y como mecanismo, según se afirma, por medio del cual “la riqueza se redistribuye”, creando las motivaciones suficientes para recurrir a ella, en la forma y modalidad que las circunstancias faciliten. La corrupción se retroalimenta y crece hasta convertirse en una forma de vivir y esta forma de vivir, por más que oficialmente se niegue, se llama cultura.

En el caso mexicano, el “cáncer” de la corrupción representa la manifestación evidente acerca de que la sociedad mexicana se encuentra en una profunda crisis, que se traduce en atribuir a todos con los que se interactúa
En el caso mexicano, el “cáncer” de la corrupción representa la manifestación evidente acerca de que la sociedad mexicana se encuentra en una profunda crisis, que se traduce en atribuir a todos con los que se interactúa
(Foto: Especial)


Está pendiente, y si existe no es suficientemente conocido, un diagnóstico integral de la corrupción en México, de cómo surge, de su dinámica, instituciones y ámbitos, de sus formas y modalidades. ¿Acaso la corrupción sólo se refiere a llevarse el dinero y toda clase de bienes, violentando la ley y la ética?, ¿es sólo el problema del agente de Tránsito y el infeliz policía mal pagado? Como problema, la corrupción incluye todos los aspectos de la sociedad y el gobierno, invadiendo las conductas de las personas y los grupos, a la vez que contamina su vida subjetiva, su espiritualidad, referida a los principios y valores con que se mueven los individuos y organizaciones, en sus respectivos contextos sociales.

Hay corrupción económica, social, política, administrativa, que es la más visible, pero también entre empresarios y legisladores, secretarios del despacho, altos funcionarios y empleados, en los sindicatos, y no se diga, entre gobernadores y presidentes municipales. Hay corrupción entre los artistas e intelectuales, en las organizaciones civiles, en todos aquellos espacios donde existe la posibilidad de violentar todo lo que sea necesario para beneficio propio.

En el caso mexicano, el “cáncer” de la corrupción representa la manifestación evidente acerca de que la sociedad mexicana se encuentra en una profunda crisis, que se traduce en atribuir a todos con los que se interactúa, la intención recurrente de robar, de manera destacada los políticos, al mismo tiempo que se hace de la vida cotidiana la oportunidad para la duda y la sospecha, respecto de las “intenciones ocultas” de todos los demás. Los resultados finales consisten en la dispensación de los mexicanos y el debilitamiento de la cohesión del país para enfrentar sus grandes desafíos.

Por eso el combate a la corrupción es equivalente a cambiar al país entero, comenzando por acciones aparentemente sencillas, pero con un enorme significado y trascendencia, con diversas implicaciones para el todo social y político. Un ejemplo de ello consiste en que el candidato de Morena, Andrés Manuel López Obrador, ha dado a conocer desde su precampaña los nombres de los ciudadanos con suficientes merecimientos para formar parte de su “gabinete”, de su equipo de gobierno.

Este ha sido un hecho poco destacado e insuficientemente ponderado en sus consecuencias para el sistema político nacional, toda vez que la costumbre consiste en que el presidente, una vez elegido, “un día antes de rendir protesta”, en ceremonia especial llena de expectativas y misterio y ante todos los medios de comunicación, al fin anuncia a quienes habían sido elegidos para formar parte del “gabinete”, las mujeres y los hombres de “confianza” que en las diferentes secretarías y organismos habrían de cumplir las más variadas funciones de gobierno.

Los criterios de selección de lo que a menudo pudo llamarse “los mejores hombres” estaban y están reducidos estrictamente a las capacidades de “lealtad”, entendida como incondicionalidad personal, así como su disciplina a toda prueba para cumplir las “órdenes del jefe”, cualquiera que sea su contenido y finalidad. Los atributos de los elegidos en conocimientos, destrezas, experiencia, honestidad y valores básicos para la convivencia, el prestigio, la participación y aportaciones a la sociedad y la patria, son elementos que no forman parte de los perfiles utilizados.

En su caso, el presidente de la República decide en el aislamiento “quién sí y quién no”. Podrá tratarse de locos, psicópatas, discapacitados mentales, ladrones e ignorantes, que a partir del momento en que son nombrados pueden disponer de un enorme poder para hacer realidad sus máximas ambiciones. La historia de la corrupción pública en México muestra cómo un Ejecutivo federal con estas atribuciones hizo posible que la Revolución, “haciendo justicia”, creara nuevos ricos “revolucionarios” y cómo, al amparo de contratos y uso de recursos públicos, fueron forjados sobresalientes empresarios mexicanos, supermillonarios en un país con la mayoría de su población en condición de pobreza. Todo ello asociado a la discrecionalidad y ausencia de transparencia del presidente en turno para tomar decisiones que han estimulado y extendido la práctica de la corrupción en México, en todos los niveles y en todos los ámbitos de la sociedad.

Por eso, en contraste, debe reconocerse con objetividad, la importancia de que López Obrador haya expuesto ante la sociedad a los ciudadanos que habrán de hacer realidad las políticas públicas y los programas de gobierno, con las exigencias de convicción, eficiencia, compromiso y lealtad al país al que deberán servir. Los ciudadanos que forman el futuro gabinete han sido expuestos al escrutinio público, abriendo la posibilidad para que sean señalados en sus virtudes y defectos, que recuerdan las antiguas prácticas que exhiben en la plaza pública a los “candidatos”, que eran los limpios, para que los miembros de la “polis”, pudieran examinarlos y comprobar sus méritos.

Se trata, sin duda, de un gran paso en la dirección que podría eliminar la discrecionalidad que alimenta la corrupción y la ineficiencia. El país dispone de capital humano suficiente, con el interés necesario para encontrar el sentido de sus vidas en el servicio a su país, con orgullo, dignidad y patriotismo. La función de gobernar deja de corresponder a un solo individuo para concretarse en un liderazgo de equipo. Nada de que “a la mera hora se echa la culpa a los colaboradores, cuando los grandes errores están consumados”. Los buenos o malos gobiernos se miden por el tamaño de los problemas a resolver y por las cualidades de las mujeres y los hombres que con liderazgo tienen la encomienda de resolverlos en la primera línea de lucha.

Sería de extraordinaria utilidad para el país, para su democracia y la recuperación de la confianza de los mexicanos mismos, que todos los candidatos a la Presidencia de la República dieran a conocer sus posibles “gabinetes” con el objeto de hacer de las campañas una política de equipos humanos que aspiran a que el voto ciudadano legitime las futuras decisiones de gobierno. Esto sería lo mínimo en la congruencia política entre lo que se propone y los posibles encargados de ejecutarlo.

Es conveniente para el país la erradicación de toda forma de “tapadismo” que tanto daño ha provocado. Ya pasó el tiempo y las circunstancias nacionales en que se necesitaba de un “Ejecutivo fuerte” que permeó todo el sistema político, incluyendo los estados y municipios, con gobernadores y presidentes municipales omnipotentes. Hoy son indispensables nuevas prácticas porque así lo exigen los nuevos ciudadanos. Ya no es posible convencerlos con verdades a medias.

Hoy en este presente mexicano es imperativa la transparencia en lugar de la discrecionalidad, bajo el escrutinio ciudadano que sustente un voto de confianza para un gobierno de confianza.

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