Sábado 10 de Marzo de 2018
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Se trata más bien de una alegoría. Una alegoría puede ser un relato de ficción en virtud del cual una cosa representa o significa otra diferente; o bien tratarse de una representación simbólica de ideas abstractas por medio de figuras. Para el caso que nos ocupa, se trata de una historia que, a manera de ejemplo, se usa para ilustrar la situación en que, de acuerdo con la teoría de Platón, se encuentra el ser humano respecto del conocimiento.
El texto se encuentra a principios del Libro VII de La República y se propone mostrar cómo podemos captar la existencia de dos mundos: el mundo sensible (que se conoce sólo a través de los sentidos) y el mundo inteligible (que sólo se puede alcanzar mediante el uso exclusivo de la razón). La percepción que tenemos de los objetos a través de los sentidos se reduce a la aprehensión de las apariencias. Sólo con la razón podemos percatarnos de la realidad. Pero no es suficiente que seamos conscientes de ello, es necesario que nos propongamos extender este conocimiento a los demás.
Platón habla en su alegoría de una caverna. Allí se encuentra un grupo de hombres que están presos desde su nacimiento. Las cadenas sujetan sus cuellos y sus piernas, de manera que sólo pueden mirar a la pared ubicada al fondo de su espacio cavernoso. Detrás del muro donde están encadenados hay otro muro con un pasillo. Por el pasillo circulan de manera permanente otras personas que cargan toda clase de objetos y animales. Más allá del pasillo hay una hoguera. La luz artificial de la lumbre proyecta las sombras de las personas que caminan por el pasillo hacia el fondo de la caverna.
Esas sombras son lo único que los hombres han visto a lo largo de su vida en cautiverio. Ellos creen que esas sombras son la verdad de las cosas. ¿Pero qué pasaría si uno de ellos lograra liberarse y salir al exterior? Tendría que moverse con cuidado, adaptarse gradualmente a la luz del sol, tener una primera impresión de ese mundo a través del reflejo de las cosas en el agua. Pero poco a poco fijaría su mirada en el mundo real. Quedaría asombrado de toda esa maravilla que se había perdido en la caverna. Entonces decide volver y anunciar la buena nueva a sus compañeros, pero éstos se ríen de él y lo amenazan con matarlo si se atreve a liberarlos. Ese es el mundo que ellos han conocido toda su vida y no creen que haya uno distinto en alguna otra parte.
El hombre vive atrapado en una zona oscura y cerrada de la realidad. Es lo que parece decirnos esta alegoría. Se conforma con la apariencia de los objetos, con lo que percibe su cuerpo a través de los sentidos. Pero la realidad es mucho más que las formas que nos muestran las cosas. Para llegar a la esencia hay que pasar de la percepción sensorial a la reflexión, dar un salto del mundo de las apariencias al mundo de la esencia de las cosas.
Cuando alguien se libera de las sombras, de la oscuridad, de la ignorancia, debe proponerse liberar a los demás de su propia caverna. Desde luego que corre el riesgo de que lo consideren loco, desadaptado, y hasta pudieran sacrificarlo, como a los mesías y a los líderes, a todos esos visionarios que han mostrado caminos nuevos hacia mundos distintos, como ocurrió, por ejemplo, con Sócrates, el maestro de Platón; pero es el costo que hay que estar dispuesto a pagar por la liberación de la conciencia.
La alegoría de la caverna sigue tan vigente como en la época de Platón (428-347 antes de Cristo). La única diferencia es que esta caverna que habitamos ahora es enorme, donde prácticamente estamos todos, encadenados a nuestros propios prejuicios, a nuestros instintos primitivos. Nos han creado la ilusión (como en el caso de las sombras) de que este mundo es la realidad y que no hay otro posible. De manera que debemos liberarnos de estas cadenas para salir de la burbuja y descubrir la verdadera realidad. Hay, como se habrá apreciado, un paso que le hizo falta a Platón. La realidad que se descubre al salir de la caverna es también una realidad de opresión. Entonces de lo que se trata es de pasar al tercer paso, que es la construcción de un mundo que sea realmente habitable para todos.
En el año 2000 salió publicada en portugués la novela de José Saramago (1922-2010) titulada La caverna. Un año después tuvo su edición en España con traducción al español de Pilar del Río, periodista española que en 1985, a los 35 años de edad, conoció a Saramago y se casó con él. Se trata de un relato que para algunos críticos resulta en una alegoría de la sociedad del mercado en la época posindustrial y muestra el proceso de deshumanización que los grandes consorcios provocan. El protagonista es Cipriano Algor, alfarero de 64 años, viudo desde hace tres, de oficio alfarero, que se enfrenta con su familia a un enorme centro comercial, conocido en la novela como El Centro, y al peligro inminente de la desaparición de una actividad ancestral, la alfarería, por la imposición de los nuevos productos que las tiendas departamentales de la gran empresa ofrecen.
El lector se da cuenta de que en un espacio profundo de El Centro se llevan a cabo trabajos artquitectónicos cuyo propósito no se aclara. Es como si estuviéramos ante dos historias paralelas que parecen no encontrar un punto de confluencia. En el transcurso nos damos cuenta del impacto que la economía de las grandes empresas causa en las economías locales, sobre todo en los oficios y actividades que por siglos se mantuvieron sin cambios sustanciales, como la alfarería. El enorme edificio comercial funciona como un poder oscuro y maléfico que destruye todo lo que se encuentra a su alrededor, empezando por las relaciones de cercanía y solidaridad que la gente ha creado para convivir en sus comunidades rurales y urbanas. Cipriano Algor sabe que esa gran mole comercial que antes le compraba sus productos para revenderlos y que ahora se los condiciona no sólo desprecia abiertamente ese tipo de trabajo en que el alfarero deja una parte suya en cada objeto que sus manos producen, sino que el objetivo final es la extinción de este trabajo manual.

Cuando alguien se libera de las sombras, de la oscuridad, de la ignorancia, debe proponerse liberar a los demás de su propia caverna.
Cuando alguien se libera de las sombras, de la oscuridad, de la ignorancia, debe proponerse liberar a los demás de su propia caverna.
(Foto: TAVO)

El Premio Nobel de Literatura (1998), autor, entre otras novelas, de El evangelio según Jesucristo (1991), Ensayo sobre la ceguera (1995) y Caín (2009), llegó a declarar que “La caverna ha sido escrita para que la gente salga de la caverna”. Se refería, por supuesto, a la otra caverna, la de Platón. La alegoría que el filósofo griego se propuso plantear sobre el conocimiento la retoma Saramago para mostrarnos que ese tipo de enajenación se mantiene hasta nuestros días y que sólo podemos salvarnos si somos capaces de salir de la caverna de nuestra conciencia, si aprendemos a cuestionar lo que vemos y a conquistar la luz.

Cuando alguien se libera de las sombras, de la oscuridad, de la ignorancia, debe proponerse liberar a los demás de su propia caverna. Desde luego que corre el riesgo de que lo consideren loco, desadaptado, y hasta pudieran sacrificarlo, como a los mesías y a los líderes, a todos esos visionarios que han mostrado caminos nuevos hacia mundos distintos, como ocurrió, por ejemplo, con Sócrates, el maestro de Platón; pero es el costo que hay que estar dispuesto a pagar por la liberación de la conciencia.
La alegoría de la caverna sigue tan vigente como en la época de Platón (428-347 antes de Cristo). La única diferencia es que esta caverna que habitamos ahora es enorme, donde prácticamente estamos todos, encadenados a nuestros propios prejuicios, a nuestros instintos primitivos. Nos han creado la ilusión (como en el caso de las sombras) de que este mundo es la realidad y que no hay otro posible. De manera que debemos liberarnos de estas cadenas para salir de la burbuja y descubrir la verdadera realidad. Hay, como se habrá apreciado, un paso que le hizo falta a Platón. La realidad que se descubre al salir de la caverna es también una realidad de opresión. Entonces de lo que se trata es de pasar al tercer paso, que es la construcción de un mundo que sea realmente habitable para todos.
En el año 2000 salió publicada en portugués la novela de José Saramago (1922-2010) titulada La caverna. Un año después tuvo su edición en España con traducción al español de Pilar del Río, periodista española que en 1985, a los 35 años de edad, conoció a Saramago y se casó con él. Se trata de un relato que para algunos críticos resulta en una alegoría de la sociedad del mercado en la época posindustrial y muestra el proceso de deshumanización que los grandes consorcios provocan. El protagonista es Cipriano Algor, alfarero de 64 años, viudo desde hace tres, de oficio alfarero, que se enfrenta con su familia a un enorme centro comercial, conocido en la novela como El Centro, y al peligro inminente de la desaparición de una actividad ancestral, la alfarería, por la imposición de los nuevos productos que las tiendas departamentales de la gran empresa ofrecen.
El lector se da cuenta de que en un espacio profundo de El Centro se llevan a cabo trabajos artquitectónicos cuyo propósito no se aclara. Es como si estuviéramos ante dos historias paralelas que parecen no encontrar un punto de confluencia. En el transcurso nos damos cuenta del impacto que la economía de las grandes empresas causa en las economías locales, sobre todo en los oficios y actividades que por siglos se mantuvieron sin cambios sustanciales, como la alfarería. El enorme edificio comercial funciona como un poder oscuro y maléfico que destruye todo lo que se encuentra a su alrededor, empezando por las relaciones de cercanía y solidaridad que la gente ha creado para convivir en sus comunidades rurales y urbanas. Cipriano Algor sabe que esa gran mole comercial que antes le compraba sus productos para revenderlos y que ahora se los condiciona no sólo desprecia abiertamente ese tipo de trabajo en que el alfarero deja una parte suya en cada objeto que sus manos producen, sino que el objetivo final es la extinción de este trabajo manual.
El Premio Nobel de Literatura (1998), autor, entre otras novelas, de El evangelio según Jesucristo (1991), Ensayo sobre la ceguera (1995) y Caín (2009), llegó a declarar que “La caverna ha sido escrita para que la gente salga de la caverna”. Se refería, por supuesto, a la otra caverna, la de Platón. La alegoría que el filósofo griego se propuso plantear sobre el conocimiento la retoma Saramago para mostrarnos que ese tipo de enajenación se mantiene hasta nuestros días y que sólo podemos salvarnos si somos capaces de salir de la caverna de nuestra conciencia, si aprendemos a cuestionar lo que vemos y a conquistar la luz.