Francisco Lemus
Visor
El peso de las opiniones
Jueves 22 de Marzo de 2018
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La idea de opinión pública como la conocemos hoy es muy reciente, nació de la mano del Estado moderno. Desde entonces ha ido evolucionando, tendiendo a darle espacio a cada vez más personas, aunque el público valore de distintas formas el peso de tales opiniones, si las considera o simplemente las desecha.

Entre los griegos existió una idea de los temas públicos, aquellos que se debatían en el ágora, aunque sólo los hombres libres podían participar de ello; después, durante el feudalismo, la distancia entre lo público y lo privado se desdibujó en tanto que todo el gobierno giraba en torno a un hogar, del cual el resto de los hogares eran un apéndice.

Mario Vargas Llosa ha dado varias veces muestras de ser un conservador, un partidario de la derecha latinoamericana más rabiosa
Mario Vargas Llosa ha dado varias veces muestras de ser un conservador, un partidario de la derecha latinoamericana más rabiosa
(Foto: Cuartoscuro)


Los monarcas no tenían por qué rendir cuentas a nadie, eran los enviados del mismísimo Dios, así que sólo éste podía juzgar sus decisiones.

La burguesía, además de separar lo público (generalmente concerniente al Estado) y lo privado (concerniente a los hogares y, sobre todo, a sus empresas), empezó a cuestionar las decisiones de los gobernantes, con ello pugnando por una participación, por contar con rendición de cuentas y poder censurar las acciones o decisiones del gobernante.

Así la opinión pública empezó a extenderse, primero de los espacios que nacían con la mercantilización de la vida diaria: cafés y cervecerías, entre hombres con cierto nivel socioeconómico y cultural, para luego irse extendiendo al resto de la sociedad, cosa que se ha logrado hasta cierto punto en la época contemporánea.

A pesar de los ideales de la democracia más radical, el peso de las opiniones no es el mismo. Se ha dado una división del trabajo, entre quienes son profesionistas de la política y quienes sólo observan; también esto ha sucedido con los opinadores, algunos se han vuelto profesionales de ello, aunque sus opiniones sean tan pobres como las de cualquier miembro del vulgo.

En una revista de chismes y vanidades, que es a la sazón la más vendida de México, se puede encontrar a un cantante de los 50, Enrique Guzmán, asegurando que hay mujeres que primero provocan a los hombres y luego quieren demandarlos. Su opinión demuestra el sentir de muchas personas, ignorante y nada valiosa, pero es una celebridad y por eso se le privilegia.

No muy distinta es la situación de un escritor, connotado y talentoso, de eso no hay duda, pero que a la hora de hablar de política solamente da cuenta de sus filias y fobias muy personales.
Mario Vargas Llosa ha dado varias veces muestras de ser un conservador, un partidario de la derecha latinoamericana más rabiosa; con todo el valor de su literatura, su opinión no es muy distante de la vertida por Guzmán, al haber dicho que a los periodistas mexicanos los matan por no saber lidiar con la libertad de expresión.

Su Premio Nobel demuestra la calidad de la escritura de Vargas Llosa, sus opiniones sobre política mexicana –al menos las más recientes– demuestran su escasa calidad democrática. Y en ese sentido su opinión es tan valiosa como la de cualquier otro conservador, sus argumentos igual de sólidos y sus intenciones igual de contradictorias.

Sobre el autor
Francisco Javier Lemus Yáñez Es doctorante en Ciencias de la Sostenibilidad por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), maestro en Estudios Políticos y Sociales por esta misma universidad, y Licenciado en Economía por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH). En 2010 inició sus labores como reportero de economía en Cambio de Michoacán, desde 2011 colabora con el segmento Visor en el cual trata temas de economía, política y sociedad. Es profesor de asignatura en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
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