Gilberto Vivanco González
Vivilladas
La vocación magisterial
Viernes 23 de Marzo de 2018
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Cuando escuchamos hablar de los maestros egresados de la Normal de Tiripetío o la de Arteaga, una buena parte de la sociedad se imagina a docentes que sólo se la viven en marchas, en bloqueos y en otras acciones activistas, pero hoy tenemos un ejemplo diferente, diferente a esa imagen que nos han vendido o que por situaciones especiales ellos han forjado.
Vivilladas estaba en un lugar de reunión social cuando de pronto alguien gritó: “¡Maestro!, usted fue mi director en Tiri cuando estuve en la Normal y hasta le puedo dar su nombre completo”. Agradecí la distinción, en tanto me presentaba a otros tres jóvenes, egresados de la Normal Primaria de Arteaga, mismos que me comentaron el gozo eterno de ser docentes.

Uno de ellos, que me pidió no escribir su nombre, porque como él muchos más existen, comentó que nada le satisface más en este mundo que ir enseñando a leer y, sobre todo, que los niños poco a poco vayan aprendiendo; me comentó que en cada palabra, en cada enunciado, se le hace un nudo en la garganta, al extremo de no poder hablar. Me dice que no se aproxima a ellos porque hoy la naturaleza del hombre o de la mujer es no demostrar tanto cariño, porque puede ser tratado de acosador. Aunque todos de buena tinta comprendemos que, con buen fin, los maestros podemos amar a los niños y además que, en muchas ocasiones, sabemos más de la penas, de los sufrimientos, de las alegrías o de los alimentos de los traviesos pequeños.

Mi charla no terminó ahí, porque ese joven que tenía una imagen más de tipo judicial que de profesor, siguió hablando de su vida magisterial, como queriendo escuchar mi aprobación, reclamo u orientación. Siguió diciendo que antes de salir a recreo, unos cinco minutos antes, empieza hablar de valores, del cariño que deben tener para sus amigos, para sus compañeros, sus mentores y, dese luego, para sus padres. Los mete a una dinámica donde gritan que quieren a los seres que los rodena, que respetan a sus abuelos, a su padres, a sus difuntos, y a todos quienes son parte de la sociedad; les recuerda que deben amar a sus compañeros, manda a que todos se abracen, se quieran, se respeten y digan que son una familia; posterior a ello van y lo abrazan a él. Después todos van a recreo, se vive, se siente la armonía del grupo, los que tienen una torta invitan la mitad a los que no tienen, hasta incluso les alcanza un pedacito para darle a su maestro. Un maestro robusto, que puede tener la imagen de un gorila pero tiene un corazón tan bondadoso como el oso eterno de peluche.

La verdad, poco puedo decir ante el ejemplo de vida vocacional, poco puedo abogar en teoría para sustentar el actuar de dicho maestro, al menos que haga referencia a Paulo Freire, quien expresó que la docencia, el ser maestro, es un acto de amor.
La verdad, poco puedo decir ante el ejemplo de vida vocacional, poco puedo abogar en teoría para sustentar el actuar de dicho maestro, al menos que haga referencia a Paulo Freire, quien expresó que la docencia, el ser maestro, es un acto de amor.
(Foto: TAVO)


La verdad, poco puedo decir ante el ejemplo de vida vocacional, poco puedo abogar en teoría para sustentar el actuar de dicho maestro, al menos que haga referencia a Paulo Freire, quien expresó que la docencia, el ser maestro, es un acto de amor.

Dicho menor va a las marchas, grita, justifica su postura; dicho mentor ha faltado a clases, no llega a trabajar por defender sus derechos porque trabaja y no le han pagado, porque ya nadie le presta para desplazarse, porque sus padres ya no pueden mantenerlo; pero él ha luchado por conseguir recursos para sobrevivir, para ir a enseñar a los niños que lo abrazan, que le gritan, que le juegan, que balbucean unas pocas letras. A esos niños que en cada mirada le dicen “maestro, te quiero, mil gracias por lo que eres y mil gracias por todo lo que nos regalas”; aunque quizá no sepan esos pequeños que el verdadero premio, la verdadera satisfacción de un profesor, es que los padres de familia lo respeten, que lo estimen y que sus alumnos, carentes de recursos, le compartan un pedazo de torta que no representa sólo un alimento para el cuerpo, sino un mendrugo que representa un gran alimento para el alma, el alma de un maestro que parece un sicario pero que en sus adentros es el reflejo de todo un niño.

De un profesor que le impusieron su carrera porque no había dinero para estudiar para ser doctor como era su sueño, pero que hoy ni por el tesoro más preciado dejará de ser maestro, porque está tan feliz, como feliz debe estar la sociedad de contar con muchos profesores, con muchas profesoras, que aman su carrera, que aman y orientan a sus hijos. Bendito el momento en que me reconoció un ex alumno, bendito que también Vivilladas es un maestro.

Sobre el autor
Nació en Zinapécuaro Michoacán (1961) Profesor de Educación primaria (E.N.V.F.); Licenciado en Ciencias Naturales (E.N.S.M.); Maestría en Investigación Educativa y Docencia Superior (IMCED). Excatedrático y exdirector de la Normal Rural de Tiripetío; Ex director y excatedrático de la Escuela Normal Urbana Federal, catedrático del IMCED. Diplomado en Administración de Escuelas Superiores (IPN)
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