Ramón Guzmán Ramos
AMLO y el camino que falta
Sábado 7 de Abril de 2018
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En las filas de la coalición Juntos Haremos Historia se mueve con demasiado optimismo la percepción de que Andrés Manuel López Obrador será el ganador indiscutible en los comicios del próximo 1º de julio. Si las elecciones fueran hoy ése sería con toda seguridad el resultado. Hablamos entonces de un tipo de entusiasmo anticipado que los seguidores de AMLO comparten entre ellos y con quienes estén dispuestos a ser sus receptores. Todo parece indicarles que las condiciones que en el presente favorecen con una considerables ventaja a su candidato no habrán de cambiar en estos meses que faltan. El propio López Obrador se mueve en el escenario electoral con abierta confianza en sí mismo y con la seguridad de quien tiene ya el futuro en sus manos.

No es para menos. AMLO ha sido capaz de construir en el camino y desde la base misma de la sociedad un amplio movimiento que ahora le sirve como el instrumento que antes no tenía para disputar en serio y con fuerza la Presidencia de la República. Morena se convirtió en un fenómeno político y social que en poco tiempo creció como la espuma y ha sido capaz de presentarse como una alternativa real al régimen de oprobio y corrupción que nos domina. La desbandada que se ha producido en otros partidos para encontrar un espacio en Morena es parte de este fenómeno peculiar, aunque es obvio que aquí existe un riesgo de penetración de elementos que no dejan de representar ese régimen contra el cual AMLO ha luchado desde hace décadas. El nivel de contaminación podría ser tan alto que pondría en riesgo la salud del propio organismo político y, por ende, del proyecto alternativo de nación que AMLO se propone hacer realidad desde el poder.

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(Foto: TAVO)



Para nadie es un secreto ni causa sorpresa el hecho de que AMLO ha logrado concentrar en su persona todo ese sentimiento de descontento e irritación que prevalece en prácticamente toda la población. México se nos ha convertido en un país de víctimas y de victimarios, sólo que las víctimas constituyen la inmensa mayoría de la sociedad. No sería exagerado afirmar que vivimos desde hace tiempo una verdadera crisis humanitaria. Decenas de miles de muertos y desaparecidos así lo confirman, lo mismo el horror y el sufrimiento que sobrecoge a los sobrevivientes, la angustia por una existencia que carece de perspectivas sólidas y la miseria que se acumula como una montaña que no tiene fin. El gobierno de Enrique Peña Nieto ha sido un desastre. No sería raro que se le recordara como el presidente del caos, el hombre en el poder que no fue capaz de detener la barbarie, que se dedicó exclusivamente a administrar los escombros. El agravio contra el pueblo ha sido enorme y constante. La candidatura de AMLO se ha convertido también en una esperanza para muchos, en la posibilidad de darle al país una nueva oportunidad. Ésta podría ser de hecho la circunstancia que más está pesando en el ánimo de los electores y en la ventaja hasta el momento insuperable que lleva López Obrador.

Ésta es una percepción que incluso empiezan a tener y a compartir los otros hombres del poder, los del poder económico, los grandes empresarios, los que han hecho del libre mercado una divinidad irrenunciable. La tendencia es tan fuerte que ven a López Obrador con ciertos resquemores sentándose en la silla presidencial. Por cierto que AMLO se ha encargado de darles tranquilidad. Que no se preocupen. Sus intereses no serán afectados de ninguna manera cuando él se ponga en el pecho la Banda Presidencial. José Antonio Meade no halla cómo remontar el tercer lugar y se mantiene en el fondo. Lo que ni él ni sus asesores han entendido es que para el pueblo de México su candidatura es la representación más ominosa de este régimen que tanto sufrimiento le ha causado al país. No hay estrategia electoral que pueda superar una circunstancia así. De manera que no tiene posibilidades. Sólo con un fraude monumental y descarado podrían hacer que las cosas fueran diferentes. Pero lo del tigre no fue ni una metáfora ni una estratagema de López Obrador. Quién sabe qué pasaría si el pueblo siente que una vez más violan y violentan su voluntad colectiva. Anaya, por su parte, se ha dejado llevar por un tipo de radicalismo que tampoco le funciona. Es como si estuviera siendo poseído por la sombra de López Obrador, pero la sombra de un pasado que AMLO se ha propuesto dejar atrás.

Parecería que en esta elección todas las estrellas se han alineado a favor de López Obrador. Pero lo peor que le puede pasar es subestimar la capacidad que ha desarrollado el régimen a través del tiempo para sobrevivir y sobreponerse a las contingencias y los peligros que le presenta la historia. Hemos visto cómo ha tratado de aplicar una estrategia de tipo policíaco en contra de Anaya para desplazarlo del segundo lugar y colocar a Meade en la disputa directa con López Obrador. Independientemente de si la causa jurídica contra Anaya es legítima o no, el caso es que el gobierno está dispuesto a utilizar las instituciones y los recursos del Estado para imponer los resultados que le convienen. Es verdad que en este proceso electoral la consumación de un fraude pondría en serio riesgo la estabilidad política y social del país. Pero son capaces de hacer lo que tengan que hacer con tal de no perder la fuente de sus riquezas y sus privilegios sin fin. De manera que no es tiempo de asumir una actitud triunfalista y bajar la guardia. Uno de los retos más grandes que tienen AMLO y sus seguidores será ponerle un dique infranqueable al fraude electoral.

El pueblo de México ha conocido y padecido directamente la soberbia y la prepotencia de sus gobernantes. Por cierto que ésta ha sido una situación que no ha variado sustancialmente con el arribo de la alternancia y el cambio de siglas y de colores en el gobierno. Nos da la impresión de que los morenistas se sienten ya en el desempeño de los cargos para los que han sido postulados. La actitud de arrogancia con respecto a la posibilidad casi segura de ocupar los espacios de poder puede hacer que pierdan piso desde ahora y sin mayores dificultades pasen ellos también a formar parte de la aristocracia política que nos ha gobernado. El otro riesgo es que los tránsfugas y los arribistas que han ocupado gran parte de los espacios internos y las candidaturas no puedan deshacerse de su pasado tramposo y conviertan la acción de gobierno en un nuevo camino para su beneficio personal. Entonces el cambio que el pueblo de México está reclamando volvería a quedarse en la superficie. De por sí AMLO estará muy limitado para atreverse a generar cambios a fondo en el sistema político y económico que tenemos. Es verdad que del combate efectivo a la corrupción podrían generarse condiciones para reorientar el rumbo del país. Pero también lo es que los otros grandes problemas que padece el país requieren de un tratamiento que vaya a las causas más profundas, como es el caso de la violencia extrema, la inseguridad, la desigualdad social y económica, la ausencia de Estado, la pobreza y la miseria, la ominosa concentración de la riqueza en unas cuantas manos.