Ramón Guzmán Ramos
Schubert y la conciencia estética de la muerte
Sábado 14 de Abril de 2018
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Los primeros síntomas de la enfermedad que lo llevaría a la muerte aparecieron hacia el año 1823, cuando Franz Schubert contaba apenas con 26 años. “Me siento”, diría el músico vienés, “el ser más desdichado del mundo. Imagínate a un hombre cuya salud jamás volverá a ser como es debido, el cual, desesperado por ello, cada vez hace las cosas peor y peor en vez de mejor”.

Esta conciencia terrible de la muerte, el hecho de saber que llegaría a su fin demasiado joven, mucho antes de haber logrado realizar todo el potencial artístico que rebullía en su espíritu, fue, en efecto, un factor que determinaría el tono trágico de su obra: la dualidad de sentimientos, la alternancia entre la serenidad y los estallidos de dolor, entre la sublimidad y la caída súbita al abismo, entre las ansias de vivir y el resplandor fulminante de la fatalidad. Sabedor del poco tiempo que le quedaba, el músico creaba de una manera desaforada, pensando en que cada momento que pasaba se llevaba la vida vertiginosamente. En sólo diez días, por ejemplo, fue capaz de componer el extraordinario Cuarteto en Sol Mayor D. 887.

El músico creaba de una manera desaforada, pensando en que cada momento que pasaba se llevaba la vida vertiginosamente. En sólo diez días, por ejemplo, fue capaz de componer el extraordinario Cuarteto en Sol Mayor D. 887.
El músico creaba de una manera desaforada, pensando en que cada momento que pasaba se llevaba la vida vertiginosamente. En sólo diez días, por ejemplo, fue capaz de componer el extraordinario Cuarteto en Sol Mayor D. 887.
(Foto: Especial)



Esta obra posee un riquísimo contenido musical, lleno de audacias armónicas y de exquisiteces propias de su estilo. Su obra posterior sería comparada con la de Beethoven, Schumann y Brahms, aunque Schubert logró imprimirle a su obra un estilo, un sentimiento y una visión originales. Su obra, dirían algunos de sus contemporáneos, es un brote inagotable de ideas, de imágenes y de emociones atropelladas; es como una batalla ganada sobre la muerte, una última revancha de la vida, sin que el músico se reconociera como un hombre marcado por el destino, atrapado sin remedio en su propia tragedia personal. Su música es como una centella que desgarra apaciblemente las entrañas, en silencio, aunque el alarido se encuentre agazapado en las zonas subterráneas del alma.

Las ambigüedades tonales de su música, la mezcla de estados de ánimo, el color del discurso armónico, el contraste entre las delicadas transparencias y la angustia desoladora, el colapso de la estrella que le daba la luz para ver el mundo y la vida a través de la armonía sonora, la victoria parcial sobre cada segmento del tiempo que le quedaba, fueron elementos característicos de su obra.

Al escuchar su música, en efecto, uno siente que se desploma sobra un abismo que súbitamente se abre en nuestro interior. Es, de hecho, el canto mismo de la muerte, la emergencia de la muerte, la carreta o el vuelo de la muerte, la muerte viajera que arrebata, que se instala sin clemencia en los territorios oscuros de la vida; la voz desgarradora del viento, el soplo que nos oprime hasta la asfixia. Artistas de la talla del pianista Arthur Rubinstein, por ejemplo, o el escritor Thomas Mann, llegaron a sentir intensos deseos de morir o de arrojar al aire un alarido atroz al escuchar la música de Schubert. No se trata, desde luego, de música para suicidas, para despertar las tendencias suicidas de los humanos, sino de un arte musical que, por el contrario, intenta exorcizar estos demonios. Schubert fue un hombre que amó profundamente la vida, por eso la angustia de tener que dejarla a tan temprana edad.

Franz Schubert nació en Viena en 1797. Desde muy pequeño su padre y su hermano mayor le enseñaron a tocar el piano y el violín. En un par de meses superó a sus maestros, de manera que fue enviado al seminario de coros, donde conoció a Antonio Salieri, quien llegaría a decir de él: “Ha de haber tenido como maestro al mismo Dios”.

Schubert dejó el seminario en 1813 y estudió para ser maestro. A los 17 años había compuesto dos sinfonías y entre 200 y 300 canciones, incluyendo una obra maestra. Esto comenzó a crearle una buena fama de músico talentoso, de genio compositor. Un amigo suyo lo convenció de que dejara la enseñanza y se dedicara de lleno a lo suyo: su amada música, y Schubert le hizo caso.

El año de 1823 empezó bien. Schubert estaba entrando a un periodo de plena madurez musical. Pero fue en este mismo año, precisamente, que comenzó a sentir los primeros efectos severos de su enfermedad. “Mi paz se ha ido”, dijo, “y nunca volveré a encontrarla”. Y esta angustia la reflejaría también en su obra. Una expresión trágica de la vida a través de la música. La tragedia como sentimiento y como certeza de fatalidad, como supresión total de la libertad. La tragedia es la extinción súbita de las opciones de la vida, aunque a Schubert le quedaba una de las opciones más trascendentes que pueda ofrecer la existencia: el arte. En su música, él logró ser pleno –aunque desdichadamente– libre.

Finalmente murió el 19 de noviembre de 1828, a los 31 años de edad, a causa de los estragos terribles e irreversibles de la sífilis, una enfermedad, como el Sida ahora, incurable y rodeada de estigmas y anatemas en aquella época.