Ramón Guzmán Ramos
El oficio de escribir y la emergencia de la realidad
Sábado 7 de Mayo de 2016
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Para los dioses era suficiente con nombrar las cosas para que éstas aparecieran y se hicieran realidad. Así fue como se originó el mundo y todo lo que ha ocupado un lugar en él. Estamos ante un mito de la creación que ha perdurado hasta nuestros días. Hay quienes lo creen de una manera literal y lo han convertido en fundamento de su fe, y quienes, por otro lado, ven en el relato otro tipo de enseñanzas. Lo que nos interesa destacar aquí es esa parte de la historia que nos muestra el poder especial que desde su origen más remoto ha tenido la palabra. En su esencia se mueve una facultad divina de permanencia eterna, basta con nombrar la realidad para que ésta adquiera vida y se muestre ante nosotros, nos deslumbre, nos asombre, nos acongoje, nos asfixie, nos libere. La realidad, entonces, no es tal como existe de por sí, sino que se convierte en lenguaje y es así como se mueve en el mundo de la existencia humana.

Tenemos al menos dos formas de nombrar la realidad, de hacer que se transforme en lenguaje y podamos en esta dimensión tocarla y develarla. Está esa manera directa en que nos referimos a los hechos apegándonos a ellos lo más estrictamente posible. Es, por cierto, la función que asume el periodismo. Dar cuenta de los sucesos que ocurren en el mundo, indagar sobre sus causas, registrar o anunciar sus probables consecuencias, recoger testimonios, hacer análisis para comprenderla y repensarla, mostrar distintas versiones del modo como se le ve y se le asume, son las funciones primordiales que le dan razón de ser al periodismo. El periodismo que se hace de una ética firme en su diario actuar se propone que lo que registra y muestra al público se apegue a los hechos y no tenga sesgos que convengan de una manera artificiosa a nadie. Esta objetividad relativa que caracteriza al periodismo no le permite indagar en una dimensión de la realidad que tiene que ver con el alma humana. Aquí el lenguaje, como instrumento de investigación, se detiene en la parte material de los sucesos. Cualquier cosa que haga no ha de ser para apartarse de la realidad de la que da cuenta a través de los distintos géneros de que dispone.

La literatura, en cambio, no sólo puede nombrar la realidad y convertirla en lenguaje, sino que tiene facultad para recrearla, reconstruirla, inventarla. Ésta es de hecho su función esencial. Los mundos que el escritor inventa adquieren existencia en una dimensión que tiene sus raíces y nexos profundos con la realidad concreta, palpable, la que habitamos cotidianamente y en la que pocas veces nos sumergimos para tratar de ver sus entrañas. Aún las historias más fantásticas tienen vasos comunicantes con el mundo que pisamos, sobre todo con nuestros deseos y nuestros miedos inconscientes, nuestras frustraciones, nuestros impulsos más oscuros, nuestras visiones luminosas, nuestra aspiración por habitar realidades distintas. En el caso de la literatura, el lenguaje se convierte en un instrumento de invención. Se crean realidades que antes no existían y que pasan a ocupar un lugar especial en el mundo. Pienso en Comala, por ejemplo, o en Macondo, o en La Mancha, que no son espacios geográficos que se puedan encontrar sobre la Tierra, aunque hayan tenido su inspiración en algunos de ellos, sino que han sido creados para existir en este otro mundo concomitante que es el de la imaginación. Son mundos y personajes que toman su lugar en nuestras emociones, en nuestros pensamientos; que llegan a formar parte de nuestra voluntad, del modo como actuamos y convivimos en el tiempo que nos ha tocado vivir. De modo que, contrariamente a lo que algunos estudiosos y escritores llegan a afirmar, la literatura tiene sus efectos sobre el mundo, lo transforma al transformar nuestra visión de él y nuestra interacción con él. Ni qué decir que pasan a ser elementos poderosos y activos de nuestra cultura.

El periodista no tiene mayor problema para escoger los asuntos sobre los que debe escribir y dar cuenta al público. Los hechos están allí, ocurriendo con pujanza, o han sucedido ya, o a punto de aparecer. Desde luego que el periodista debe contar con un olfato especial para saber cuáles son de interés general, también los que pudieran tener indicios del sentido en que se mueve la realidad. El escritor, por su parte, puede sentarse con todo el tiempo y la disponibilidad del mundo a pensar en el asunto que se convertirá en una narración, aunque, como se sabe, por lo general es el tema el que escoge al escritor y lo presiona para que éste lo tome y lo convierta en el asunto principal de su drama. Hubo un tiempo en que los cambios de la historia, no sólo los grandes acontecimientos que definen cambio de época, sino los saltos de un estado a otro que se dan en la cotidianidad, tardaban un tiempo considerable en ocurrir, décadas y hasta siglos completos. El escritor tenía tiempo para sentarse a pensar en las cosas sobre las que debía escribir. Pero hemos entrado a una época de cambios rápidos que transforman la vida y nos dejan una sensación de vértigo. No son cambios que vayan dirigidos a mejorar la condición humana, a volvernos más humanos, a crear condiciones de vida digna, donde las grandes aspiraciones de la humanidad pudieran por fin realizarse. Lo que ocurre es que estamos padeciendo la realidad que se nos ha echado encima. Son cambios que han tocado lo más valioso de nuestras culturas y han generado una inversión total de los valores. Todo lo que le daba valor a la vida, a las relaciones humanas, a la naturaleza, a la historia, desaparece para dejarle el lugar a la barbarie.

Es una realidad que nos golpea permanentemente, que nos afecta de diferentes maneras, que nos destruye y hace que nos destruyamos entre nosotros. ¿Cuál es el papel del periodismo en una circunstancia como ésta? Además de registrar lo más fiel que se pueda la realidad en evolución, evitar que el olvide nos gane la partida. Cada acontecimiento tendría que ir relacionado con los que ocurren cada día para que el público les encuentre su lugar y su significado en el proceso. ¿Y el papel del escritor? Nadie le negaría su derecho a escribir sobre lo que quiera, incluyendo los temas que no tengan una relación directa con su contexto actual. Entendemos que el escritor, aun cuando escoge temas de otro tiempo, de otras culturas, escribe desde su momento, desde el tiempo y la situación que está viviendo. De manera que su obra, inevitablemente, será influenciada por el modo como la realidad del momento impacta en su modo de ver el mundo. ¿Podría el escritor expresar de una manera estética la realidad de su tiempo, las cosas de que está hecha la realidad que conforma su contexto actual, sobre todo cuando se trata de una realidad que emerge al mundo para ahogarnos?

Estamos, en todo caso, ante una necesidad insoslayable. En una circunstancia así el periodismo y la literatura encuentran un punto de confluencia. El escritor, que a veces es también periodista, decide abordar la realidad que se impone con su violencia extrema para darle una expresión literaria. Pondríamos el ejemplo más reciente y de mayor influencia a nivel mundial de la Premio Nobel de Literatura 2015, Svetlana Alexievich, escritora y periodista de origen bielorruso, de 67 años de edad, quien decidió abrirse a la realidad que padecen todos en el mundo actual, de manera concreta a partir de ciertos acontecimientos y procesos que marcan la historia y calan hondo en la conciencia y sentimientos de las personas. Ella ha registrado el impacto que el proceso de transición en la URSS produjo en la gente, así como las consecuencias de acontecimientos atroces como la guerra de Afganistán y el desastre nuclear de Chernóbil. Ella parte de acontecimientos concretos de la realidad y usa una combinación de los lenguajes periodístico y literario para registrar los hechos y darles trascendencia, para explorar su impacto en el alma humana y en el corazón de la sociedad. ¿Estamos ante una tendencia nueva de la literatura?, ¿los hechos que no necesitan ser inventados pero que requieren de un lenguaje especial que vaya más allá de su emergencia en la historia?, ¿el lenguaje literario como instrumento de exploración del alma humana a partir de hechos comprobables? He aquí la cuestión.

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