Jerjes Aguirre Avellaneda
¿Alguien recuerda a los jornaleros agrícolas?
Viernes 20 de Abril de 2018
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Los jornaleros agrícolas representan una realidad asociada a los modelos de desarrollo del país y, por lo tanto, con causas y efectos de carácter estructural. Constituyen el rostro laboral y humano en los procesos generadores de desigualdad y miseria, que comparativamente nada habría que “envidiarles” a los miserables de Somalia en África. Sin embargo, pocos, muy pocos, incluyendo a políticos, académicos o líderes religiosos, se acuerdan de ellos. Representan un resultado vergonzante de la “justicia social” a la mexicana en pleno siglo XXI.

Según datos de la Encuesta Intercensal de 2015, había en ese año tres millones 600 mil jornaleros agrícolas, como cifra que provoca importantes dudas sobre su realidad, en tanto no es creíble que en más de 50 años a partir de 1960 solamente se haya registrado un crecimiento de 600 mil jornaleros, equivalentes a mil 200 jornaleros por año. No obstante, se trataría en todo caso de una cifra referencial, que dimensiona el tamaño de ese tipo de trabajadores, de los cuales dependen aproximadamente otros diez millones de familiares.

En la situación michoacana, diversos investigadores señalan que la población jornalera alcanza fácilmente la cifra de 420 mil personas distribuidas en 53 municipios dedicados a los cultivos comerciales, principalmente de exportación, utilizando áreas con disponibilidad de agua para riego y apoyos de distinto tipo. Se ha dicho que Michoacán ocupa el primer lugar nacional por el valor de su producción agrícola, pero lo que no se dice es que ese “honroso primer lugar” está sustentado, por una parte, en el deterioro de los recursos naturales y, por otra parte, en la cruel explotación de los jornaleros agrícolas.

En la situación michoacana, diversos investigadores señalan que la población jornalera alcanza fácilmente la cifra de 420 mil personas distribuidas en 53 municipios dedicados a los cultivos comerciales, principalmente de exportación
En la situación michoacana, diversos investigadores señalan que la población jornalera alcanza fácilmente la cifra de 420 mil personas distribuidas en 53 municipios dedicados a los cultivos comerciales, principalmente de exportación
(Foto: Cuartoscuro)



El auge aguacatero de Michoacán no podría explicarse sin el trabajo jornalero, como tampoco el de la zarzamora y otras frutillas, el limón y el pepino, la guayaba y el melón, el chile o el jitomate. La economía de Uruapan, Los Reyes, Nueva Italia y Apatzingán, Huetamo, Coahuayana o Benito Juárez, Yurécuaro o Tanhuato, serían incomprensibles dejando al margen el trabajo jornalero. Ocupados en las áreas vecinas o las distintas regiones de Michoacán, los campesinos pobres abastecen de fuerza de trabajo la prosperidad agrícola, junto con los hombres, mujeres y niños provenientes de otros estados, destacadamente de Guerrero, Oaxaca, Chiapas y Morelos.

El creciente número de jornaleros agrícolas está asociado a las características con que en México se produjo la redistribución de la propiedad sobre la tierra, en el transcurso siglo pasado, hasta la década de los años 70, así como a los cambios fundamentales que se registraron en la propiedad social rural, particularmente en la propiedad ejidal, como resultado de la aplicación de nuevas estrategias de desarrollo, que incluyeron la llamada apertura comercial, destacadamente en el marco del Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

El reparto de tierras pertenecientes a los grandes latifundios fue insuficiente para cubrir la demanda campesina, para hacer efectivo el principio zapatista de que “la tierra es de quien la trabaja”. Algunos campesinos, que eran viejos jornaleros de las viejas haciendas, resultaron beneficiados con minúsculas parcelas ejidales, pero otros muchos no pudieron alcanzar este beneficio, volviéndose practicantes de diversos oficios en sus localidades, en tanto otros decidieron marcharse a las ciudades para trabajar como obreros, a la vez que otros más formaron parte de la corriente migratoria hacia Estados Unidos. Inclusive en los casos de campesinos beneficiados con la parcela, por su tamaño y calidad, sólo podían ocuparse la mitad del año trabajando sus tierras, y los meses restantes forzosamente tenían que convertirse en jornaleros temporales.

Por otra parte, las zonas marginadas, fundamentalmente las indígenas, han sido permanentemente abastecedoras de fuerza de trabajo jornalero, en condiciones de enganche y con total vulnerabilidad respecto de sus derechos laborales y humanos. Los jornaleros que disponen de un pedazo de tierra regresan año con año a sus lugares de origen, distinguiéndose de los que nada tienen por el hecho de trabajar de un lugar a otro, de acuerdo con los calendarios de cultivos, sin arraigarse en un solo lugar, llevando a cuestas sus mujeres y sus hijos como familias jornaleras migrantes.

En estas condiciones, a medida que ha crecido la agricultura comercial interna y de exportación, ha crecido correlativamente la población jornalera agrícola hasta convertirse en realidad dominante dentro de la estructura ocupacional de las regiones donde esta agricultura predomina. En este contexto, la función principal de la agricultura pobre, aquella que abastece el consumo de las familias de productores, consiste en abastecer de jornaleros la prosperidad de la agricultura rica.

Por otra parte, la población jornalera, por las condiciones de vida prevalecientes en sus lugares de origen, presenta indicadores que la hacen vulnerable en sus relaciones laborales, toda vez que sus referentes salariales, costumbres y exigencias, facilitan que en las áreas de ocupación, por muchas que sean las carencias, siempre resultarán más satisfactorias en comparación con las predominantes en sus comunidades y pueblos de procedencia.

Pareciera que deliberadamente, las estrategias de desarrollo del campo, tienen el objetivo de generar fuerza de trabajo excedente, destinada a cubrir la demanda, tanto del sector agroexportador como de los sectores secundario y terciario de la economía. En efecto, el modelo consistía en que, al tecnificarse la agricultura, la mano de obra que no alcanzara ocupación en el campo mismo sería absorbida por la industria. Sin embargo, el modelo falló: ni la agricultura se modernizó, salvo en los enclaves agroexportadores, como tampoco el país se industrializó según las expectativas.

Las consecuencias han consistido en que tanto México como Michoacán se han convertido en exportadores de su principal riqueza que son sus trabajadores bajo la forma de “bendita migración”, que evita las presiones de empleo y que genera remesas que permiten la subsistencia de familias, localidades y estados completos de la República, como es el caso de Michoacán, pareciera que estas tierras purépechas se han convertido de manera relevante en tierras de jornaleros y migrantes.

En todo caso, por las circunstancias políticas nacionales, es conveniente replantear el problema jornalero, abordándolo en sus orígenes, sus causas y efectos, de igual manera que precisando y haciendo efectivas las obligaciones de los patrones, de conformidad con la Ley Federal del Trabajo, nada más pero tampoco nada menos, destacando el cumplimiento de la prohibición del trabajo infantil, las medidas de seguridad laboral de los trabajadores, especialmente las mujeres embarazadas, el cuidado de la salud y los esfuerzos educativos indispensables para la formación de capital humano.

La moderna esclavitud del jornalero debe terminar, mentalidades y prácticas deben cambiar. Un jornalero a quien se respete en su dignidad no es incompatible con la rentabilidad de las regiones agroexportadoras. Tal vez a los diferentes candidatos pudiera resultarles atractivo el tema.

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