Rafael Mendoza Castillo
Opinión
Ética y política con fundamentos, con principios
Lunes 23 de Abril de 2018
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Cuando hablamos de la política nos referimos a la acción, pero también al discurso que la justifica con legalidad y legitimidad. Si hablamos de la ética hacemos referencia al valor, al deber ser. Estos dos discursos y sus acciones se articulan o no, en la problemática del ejercicio del poder. Revisemos qué ética sostiene al poder de dominación y explotación, realmente existente.

Hoy vemos en la realidad socio-histórica del presente que la política se separa de la ética y la primera es pura fuerza bruta, orientada solamente para crear condiciones a favor de la acumulación de capital, en pocas familias. Las instituciones, las leyes, el régimen político, están al servicio del gran dinero (Carlos Slim). Para muestras los fraudes y el robo del patrimonio de la nación mexicana.

Lo formal, como principios constitucionales, caminan por un lado y lo material, las necesidades de la población, van por otro rumbo. Lo procedimental se utiliza para justificar las injusticias, las corrupciones, las impunidades, la violencia, el despojo de la nación, la pérdida de la soberanía, la pobreza existente en millones de mexicanos. Por eso decimos que hoy día la clase gobernante, oligarquía o élite, practica una racionalidad política instrumental que convierte a los mexicanos en medios para sus intereses privados.

Los tres poderes Ejecutivo, Legislativo y Federal, el INE, el TEPJE al servicio de los propietarios del capital.
Los tres poderes Ejecutivo, Legislativo y Federal, el INE, el TEPJE al servicio de los propietarios del capital.
(Foto: Cuartoscuro)

Nuestro momento histórico, la realidad del presente, revela una crisis existencial, social, cultural, económica, moral y hasta de pensamiento. Ya no preguntamos por los fundamentos, las razones, los argumentos, que regulan nuestros comportamientos privados, públicos y los valores que elegimos para justificarlos. Hemos perdido la pregunta para incomodar la moralidad social y el ejercicio del poder. Estamos aceptando esos dos discursos que reiteran lo establecido como lo mejor que tenemos. Estamos cayendo en la conformidad y la indiferencia. Esto es grave.

Es posible que los fundamentos de la ética estén en crisis en el momento en que los dioses se ausentan, las leyes se usan a modo del poder, de los propietarios del capital y el nosotros, se sustituye por el yo conquistador, por el egoísmo. Vemos que cada día la ausencia de la responsabilidad para con el otro se estrecha y el sentido de solidaridad se debilita. En este momento de crisis, de vacío de lo comunitario, de lo público, que la voz del dinero, del capital, se coloca como el fundamento de lo social. Lo privado esclaviza lo público, lo de todos.

El poder en México no se ejerce sin una moralidad social, es decir, traza sus propias reglas, normas, como ideas regulativas que someten a la gente al orden que conviene al interés de la clase dominante. El problema está en que aceptamos dichas reglas sin discusión. Es importante saber que hay morales adecuadas para cada clase y todos nos encontramos metidos en un tipo de moral reiterando lo existente. Sin olvidar que podemos establecer rupturas con lo dado, lo establecido. De ahí que el contenido de la ética y la política sea un conflicto permanente.

Nadie escapa a la moralidad social, ya que ésta incluye reglas generales respetadas por cada individuo de la sociedad y considerando al ciudadano. Y en esto último está el encuentro con la política. Es el momento en que aparece nuestro comportamiento en el campo del espacio público o cosa pública. Este hecho revela dos cosas. El ciudadano va por su interés privado, con su ética reiterativa o va por lo público, lo de todos, el bien común, con su ética disruptiva.

Es interesante pensar, tomar distancia de la moralidad social vigente, del la forma en que se ejerce el poder actualmente, dado que la moral corresponde a la persona y se inscribe en la familia, lugar éste donde internalizamos reglas y conductas que nos son señaladas. La persona tiene el valor de la dignidad, como la posibilidad de poner límites ante lo injusto o el sufrimiento.

La responsabilidad, lo ético, corresponde al individuo. Este último desempeña papeles en el la sociedad. Es el momento del “sí mismo”, que algunos llaman un juego de separaciones e identificaciones. Este hecho permite dos opciones. Seguir aceptando la moralidad social vigente o colocarse en la pregunta, ¿por qué continuar aceptándolas? Es pertinente preguntarnos siempre por nuestra identidad social e individual, ya que aquella, no es eterna, siempre debe estar en duda, para pasar a ser sujetos en rebeldía, recordando que la identidad pacifica y es adaptativa.

No podemos, ni debemos quedarnos en la persona, ni en el individuo. Moralmente buenos, en el primer caso, o responsablemente buenos, en el segundo. Lo importante es intersectarlos con el tercer momento que es lo cívico, lo público, que corresponde al campo de la acción constituyente, el hacer acontecer, que es la política. La relación entre política y ética, exige que la primera se funde en el poder popular, la voluntad de la comunidad, la soberanía y en el mandar-obedeciendo zapatista. La ética fundada en lo solidario, la voluntad de vida, en el reconocimiento de los olvidados, los explotados, los excluidos, del neoliberalismo.

Hoy vemos que las campañas políticas se orientan por una moralidad social reiterativa del orden neoliberal, compartida por los grupos de hegemónicos. Este comportamiento político y ético es repetir lo mismo, lo permanente. El orden neoliberal, sus sistema político, sus instituciones, sus leyes, sin fisuras, sin rupturas. Los tres poderes Ejecutivo, Judicial y Legislativo, el INE, el TEPJE al servicio de los propietarios del capital. Como ejemplo de lo anterior está Silvano Aureoles Conejo, gobernador de Michoacán, primero apoyando al panismo y ahora al priismo. Las facturas se cobran, tarde que temprano. Esta es la moralidad social de la complicidad, la lealtad, disciplina y el pragmatismo, del prianismo.

La oligarquía, su régimen político, su modelo económico, donde opera, conlleva una ética y una política, fundadas en una racionalidad instrumental, donde se administran seres humanos, todo es medio, no fines en sí mismos, se destruye el planeta tierra-agua y se planifica para controlar la mente, el cuerpo y el comportamiento de las personas. Paremos este tren desbocado, que le apuesta a lo mismo, es decir, conjunto de opiniones, valoraciones y conductas convencionales aceptadas sin crítica, sin discusión.

Los discursos en campaña se colocan en una ética y una política, de lo mismo, lo reiterativo, como garantes de la continuidad del orden neoliberal. Existen otras opciones éticas, políticas, que apuntan a lo disruptivo, la ruptura, con el orden que provoca sufrimiento en millones de personas, grupos y clases sociales. Otro mundo es posible y necesario.

Sobre el autor
1974-1993 Profesor de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Ética en la Escuela Preparatoria “José Ma. Morelos y Pavón” , de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1977 Profesor de Filosofía de la Educación en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1990-1993 Asesor de la Maestría en Psicología de la Educación en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José María Morelos”. 1993-2000 Coordinador de la Maestría en Sociología en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José Ma. Morelos”. 1980 Asesor del Departamento de Evaluación de la Delegación general de la S.E.P., Morelia, Mich.
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