Jerjes Aguirre Avellaneda
Tiempos De Campañas
La nueva realidad migratoria
Lunes 30 de Abril de 2018
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Se ha insistido con razón, que el mundo vive la “era de la migración”, la era de los desplazamientos humanos de unos continentes a otros, entre países y al interior de cada país. Las cifras de la ONU dan cuenta que al comenzar la presente centuria, 175 millones de personas vivían en un país diferente al de su nacimiento. Europa, Asia y América del Norte, concentraban el 84 por ciento de los migrantes internacionales y que Estados Unidos era el principal receptor de migrantes con 35 millones, la Federación Rusa con 13 millones y Alemania con 7 millones. En los Emiratos Árabes y Kuwait, más de la mitad de su población es migrante, con el 74 por ciento para el primero y el 58 por ciento para el segundo. En Australia el 25 por ciento de su población era nacida en otros países y el 23 por ciento en Nueva Zelanda.

Los desplazamientos humanos siguen siendo contínuos por causas de guerra, conflictos nacionales internos, desigualdades y miseria, en un contexto de grandes desequilibrios mundiales que la globalización del mercado no ha podido terminar, sino que por el contrario, profundizó las asimetrías entre el mundo del atraso y el mundo desarrollado. Adicionalmente, los movimientos migratorios han sido estimulados, tanto por la mayor información disponible sobre las opciones para la población pobre, como por la elevación de los niveles educativos y las oportunidades disponibles para la movilidad territorial por medio de los transportes.

Sin embargo, las regiones y los países tradicionalmente receptores de población migrante, han iniciado procesos de contención y rechazo a la migración, con diferentes políticas y medidas, que incluyen desde la promulgación de nuevas leyes y el uso de la fuerza, hasta el aliento y ampliación de las conductas discriminatorias de sus poblaciones nacionales. El racismo reaparece con fuerza y la xenofobia crece en proporciones significativas. Los acontecimientos migratorios en África, Europa, Asia y América, muestran que lo que ha podido llamarse “problema migratorio”, ha cambiado de forma, de contenidos y por supuesto de alternativas de solución.

Un caso típico de los cambios en torno al fenómeno migratorio, puede encontrase en la relaciones que en este ámbito, han mantenido los Estados Unidos y México. Independientemente de que los Estados Unidos han sido y son un país de migrantes, lo cierto es que en su relación con México, han registrado cambios fundamentales, que se desplazan de la solicitud de apoyo laboral en condiciones de guerra, con aquel Programa Bracero, hasta la construcción de un muro fronterizo que limite los cruces y marque la diferencia entre un país y otro.

Muro fronterizo entre México y Estados Unidos.
Muro fronterizo entre México y Estados Unidos.
(Foto: Cuartoscuro)

Ahora, con Donald Trump ha sido puesta en marcha una política anti-migrante, que incluye acciones de todo tipo, desde las deportaciones masivas, las amenazas para gravar con impuestos las remesas familiares, hasta la militarización de la frontera con México, junto con las ofensas verbales utilizando los peores adjetivos, que revelan la existencia de mentalidades y actitudes absolutamente irrespetuosas e incompatibles con el orgullo y la dignidad de los mexicanos. El objetivo norteamericano es evidente: se proponen cerrar su economía y generar empleos para los norteamericanos, no para los migrantes.

El caso michoacano ilustra la situación en el aspecto de las deportaciones, diplomáticamente llamadas “repatriaciones”. Entre enero y noviembre del 2016, según el Delegado estatal del Instituto Nacional de Migración, Michoacán ocupó el primer lugar nacional en deportaciones con 16 mil michoacanos repatriados, estimándose que en conjunto y, en el corto plazo, entre 600 mil y 800 mil michoacanos podrían ser devueltos al país, “por las buenas o por las malas”, de acuerdo con los cálculos del Secretario Michoacano del Migrante. Se trata sin duda, de un problema en crecimiento que puede desequilibrar el conjunto de la vida michoacana y que no es recomendable menospreciar y menos olvidar, como parece que confiadamente está ocurriendo.

Adicionalmente están las dificultades para los cruces fronterizos, el aumento de la vigilancia policíaca y el uso de nuevas tecnologías con cámaras, sensores y aviones, la utilización de su Guardia Nacional y la construcción del famoso muro, como ignominia y vergüenza para la propia sociedad norteamericana. El mundo tiene ante sí, claramente dibujadas las expresiones de la avaricia y la ausencia absoluta de todo principio de amistad y solidaridad. Todo ello influye en los ánimos de quienes quisieran irse, optando con realismo por permanecer en sus comunidades, pueblos y municipios.

En consecuencia, podría afirmarse con toda certeza, que las causas y efectos del fenómeno migratorio mexicano hacia los Estados Unidos, son ahora diferentes, comprometiendo el diseño de respuestas políticas a sus ventajas y problemas, a partir de las características de su nueva realidad. Hay ahora la era de Trump en las relaciones de México con los Estados Unidos, incluyendo de manera significativa la migración. Ya no es posible confiar en que la migración aliviará las presiones sobre el empleo y que la remesas, mitigarán la pobreza de las familias de migrantes que se quedan. Ahora, se van menos y regresan más.

Este hecho tiene carácter fundamental en sus implicaciones sobre el empleo y en los diferentes componentes de la calidad de vida, en la demanda educativa y en las necesidades de salud. Tratándose de repatriados no existen soluciones y apoyos visibles, además del discurso. Los repatriados se organizan y se apoyan por su propia cuenta para sobrevivir o bien, reciben la solidaridad familiar, pero careciendo en general, de las posibilidades reales para reorganizar integralmente sus vidas.

Los otros, los que decidieron no irse, los que permanecieron en sus lugares de origen, emigraron a las ciudades o buscan ocupación en los polos de crecimiento agrícola. Como la oferta educativa es limitada y los empleos son inexistentes, con vacíos de ánimo y esperanzas, muchos jóvenes ingresan a las filas de los ninis, de los que no estudian ni trabajan, en tanto es una condición de la que no son responsables. El que pudiendo no estudia ni trabaja, merece el desacuerdo y la crítica social, pero “querer y no poder” por ausencia de oportunidades reales, conlleva la crítica y el desacuerdo con la sociedad que hace posible estos hechos.

En última instancia, algo tienen que hacer los ninis y los desocupados, cualquiera que sea su edad y sexo, una opción expedita es la delincuencia común y la delincuencia organizada. Sorprende la juventud de los ladrones callejeros, de casas habitación, de negocios de distinto tipo. Sorprende con mayor gravedad la juventud de quienes forman parte de la delincuencia organizada, de los secuestradores, narcotraficantes y sicarios, sintiendo satisfacción y orgullo por lo que hacen fuera de la ley, como realización de sus ilusiones en ese otro “mundo poderoso e imbatible” como creen que es la delincuencia organizada. Hombres y mujeres, niños y niñas, jóvenes y adultos, son los que en esta su tierra, tienen que vivir al margen de todo principio y responsabilidad, como elementos culturales de una moderna tragedia.

La era de la vieja migración campesina, proletaria y de clase media urbana, buscando el “sueño americano” terminó para siempre. El presente es tiempo para comenzar a construir la era del “sueño mexicano”, por nosotros y para nosotros, los propios mexicanos. En el marco del proceso electoral en curso, vale la pena pensar en ello.

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