Jerjes Aguirre Avellaneda
Recordando a Carlos Marx
Sábado 12 de Mayo de 2018
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Carlos Marx, el hombre que con su pensamiento y acción política marcó la historia de los siglos XIX y XX, hasta la configuración del mundo contemporáneo y las grandes tendencias del presente, nació hace 200 años, en la población alemana de Tréveris, un 5 de mayo de 1818.

Por más que pudiera negarse, Carlos Marx fue un gigante del pensamiento, a quien se ha intentado sepultar con el olvido, con la no referencia, como si nunca hubiera existido, ante la imposibilidad de que en el debate teórico y su confrontación con la práctica, pudiera demostrase la falsedad de sus aportaciones a la filosofía, la economía, la sociología y la ciencia política.
Para muchos y cuando mucho, en su refutación y negación de Marx, ha sido suficiente señalar sin argumentos, que estuvo equivocado en sus concepciones sobre la realidad de la naturaleza y la sociedad. A Marx se le ha negado con adjetivos y no con argumentos. Todavía no hay un debate en torno de temas marxistas fundamentales, como el ser la conciencia, el ser social y la conciencia social, los cambios y la dialéctica, la sociedad y el hombre, hasta el sentido mismo de la vida individual y colectiva. Se sabe que escribió El capital, pero muy pocos conocen, que junto con Federico Engels, escribió y publicó en 1848 el extraordinario documento titulado Manifiesto del Partido Comunista.

 Carlos Marx fue un gigante del pensamiento, a quien se ha intentado sepultar con el olvido, con la no referencia, como si nunca hubiera existido
Carlos Marx fue un gigante del pensamiento, a quien se ha intentado sepultar con el olvido, con la no referencia, como si nunca hubiera existido
(Foto: Especial)



El sistema de pensamiento marxista ha experimentado correcciones y formas que enriquecen su propio contenido. Diferentes conceptos han perdido validez, y otros han sido acotados en su significado. Como Padre de la Dialéctica Materialista, Marx y su sistema de pensamiento son contrarios al no cambio y a la creencia en la inmutabilidad de cuanto existe. Por el contrario, el valor principal del marxismo consiste precisamente en su interés por explicar las causas y efectos de los incesantes cambios, incluyéndose a sí mismo.

Por otra parte, en la filosofía marxista, en el materialismo dialéctico, el principio del conocimiento afirma que primero es la materia y luego el pensamiento, primero es la realidad y luego la conciencia, y que los hechos existen objetivamente al margen de toda subjetividad, de lo que se piense de ellos, en una relación en la que se concede carácter absoluto a la materia en constante movimiento, cambio y transformación, de acuerdo con regularidades que se expresan en los conceptos amplios de causa y efecto, posibilidad y realidad, forma y contenido, cantidad, cualidad y medida, entre otros tantos. ¿Estos conceptos han perdido validez y utilidad? Sin duda que convendría analizarlos y debatirlos.

Sin embargo, no son los temas filosóficos los que más se discuten, sino los temas relacionados con la economía, la estructura y el funcionamiento de la sociedad capitalista, las clases sociales y la lucha de clases, la violencia revolucionaria y la construcción de la sociedad comunista. En economía el papel del trabajo como generador de satisfactores y riqueza acumulable, la propiedad privada sobre los medios de producción que permiten la explotación del hombre por el hombre, el poder político y el poder real, el Estado, la política y la conciencia de clase, la “clase en sí y para sí”, las condiciones de cambio, la revolución y la sociedad comunista.

La concepción de la historia en Marx, puede provocar desacuerdos, si bien es indiscutible que con el marxismo, la historia deja de aparecer como una sucesión de hechos, para convertirse en un proceso con interconexiones lógicas, que permiten encontrarle orientación y sentido, para otorgar al futuro la característica de previsible, a condición de que se construya a conciencia, alejado del azar, al poder circunstancial y las ocurrencias. No se trata de una teleología con fines inventados, sino de la capacidad de la sociedad humana para pensar y construir su futuro a voluntad.

El miedo que provocó y sigue provocando el manifiesto con su llamado a la revolución proletaria mundial, “derrocando por la violencia todo el orden social existente”, la dictadura del proletariado y la abolición de la propiedad privada, como instrumento de dominación de unas clases sociales sobre otras, no debería impedir el reconocimiento a las aportaciones marxistas para comprender la formación de los mercados nacionales y mundiales, así como la vinculación del capitalismo al desarrollo de la ciencia y la tecnología. En el primer caso, el manifiesto destaca que “mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía dio un carácter cosmopolita a la producción y el consumo en todos los países”, en tanto que en el segundo, anota que “la burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por consiguiente, las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales”.

Las predicciones del marxismo para que la globalización fuese consumada, se han cumplido plenamente. El triunfo del capitalismo alcanzó la escala planetaria, convirtiendo al mundo en un mercado total. Sin embargo, contrariamente a los pronósticos de Marx, la revolución proletaria fue derrotada con la desaparición del campo socialista y en lugar del triunfo de los trabajadores, lo que pudo prevalecer fue el triunfo de la burguesía internacional. La época de las revoluciones socialistas y comunistas, terminó dramáticamente en el siglo XX.

A pesar de todo ello, el mundo que triunfó, el sistema que se impuso, tuvo como impulsos fundamentales la competencia y la ganancia en lugar de las ideas sociales y los grandes sueños de bienestar y realización humana. La consigna comunista de “a cada quien de acuerdo con su necesidad”, fue radicalmente sustituida por la aspiración a la máxima ganancia como sinónimo de triunfo del individuo, aun cuando estuviese sustentando en el sufrimiento de los demás. Con la globalización del mercado, fue iniciada la época de un nuevo oscurantismo, de un pragmatismo que cancela toda preocupación por el futuro, de todo concepto sobre el espíritu del hombre, de su vida subjetiva, de sus sueños y utopías.

Las ciencias sociales entraron en crisis, la búsqueda de explicaciones a la sociedad y su dinámica, así como las posibilidades para transformarla, fueron consideradas como simple anacronismo. Con ello, la globalización del mercado se quedó vacía de ideas y por tanto, de todo futuro y capacidad de corrección. La estupidez llego a convertirse en sinónimo de inteligencia y entre más estupidez, mucho mejor para gobernantes y centros de poder. Los ejemplos son perceptibles en todas partes.

No obstante, como se observa y comprueba, la globalización del mercado, contrariamente a lo prometido por sus panegiristas, dejó de resolver los problemas fundamentales de la sociedad contemporánea, la desigualdad, la pobreza, la violencia y los peligros de guerra, los peores padecimientos de discriminación racial y social, de mujeres, de viejos, de niños y jóvenes con padecimientos crónicos de hambre, enfermedades y ausencia de oportunidades de mejoramiento. El mundo no está bien, no sabe a dónde va y se ha vuelto extremadamente cruel.
Hacen falta ideas y nuevos valores, nuevas alegrías y esperanzas, en lugar de angustias y miedos. En estas circunstancias es indispensable hacer uso de las mejores herencias intelectuales, que permitan identificar lo que debe conservarse y lo que debe desecharse del pasado y del presente, para seguir construyendo los futuros que corresponden al tamaño del hombre. En este contexto, Marx y el marxismo, el marxismo-leninismo inclusive, tiene que ser revalorado en la búsqueda de soluciones de corto, mediano y largo plazo. En estos 200 años del nacimiento de Carlos Marx, hay una excelente oportunidad para intentarlo.

En su Tesis sobre Feuerbach, Marx escribió que “los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos al mundo, de lo que se trata es de transformarlo”. Así tendría que ocurrir una vez que se redefina la forma y el contenido de esa nueva transformación. Por lo pronto, bastaría recordar las palabras de su amigo Federico Engels, pronunciadas ante la tumba de Marx, en 1883, allí Engels dijo: “Marx era el hombre más odiado y calumniado de su tiempo. Los gobiernos, lo mismo los absolutistas que los republicanos, le expulsaban. Los burgueses, lo mismo los conservadores que los ultra-demócratas, competían a lanzar difamaciones contra él… (pero) ha muerto venerado, querido, llorado por millones de obreros de la causa revolucionaria… pudo tener muchos adversarios, apenas tuvo un solo enemigo personal. Su nombre vivirá a través de los siglos, y con él su obra”.

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