Alejandro Vázquez Cárdenas
Democracia, educación y votos
Miércoles 27 de Junio de 2018
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En la democracia cada individuo cuenta un voto. Y el voto no se juzga, no se evalúa, el voto se cuenta y ya. El voto de una persona inteligente, brillante y bien informada vale exactamente igual que es de un analfabeta funcional de primaria trunca, inempleable y con el cerebro hecho cenizas por las drogas. Eso no importa, es un ciudadano y con su credencial del INE puede tranquilamente votar, nadie tiene el derecho de impedírselo, así cuente con un coeficiente intelectual fronterizo con la debilidad mental. Si el votante llega a la casilla electoral en su sano juicio o en completo estado de ebriedad tampoco importa, trae su credencial y puede votar. El voto de un criminal narcotraficante de altos vuelos que ocupa un despacho importante en alguna estructura de gobierno y el voto de un destacado científico con publicaciones en revistas internacionales valen exactamente igual.

¿Bueno o malo esto? Unos dicen que si, otros dicen que no. En lo personal considero que así como se exige pasar un examen antes de darnos una licencia de manejo, examen que debe mostrar que sabemos lo necesario tanto del manejo del automóvil como del reglamento de tránsito, así mismo debería de hacerse un examen para otorgarnos el derecho de emitir un voto pues la conducción de una ciudad, un Estado o el País es una muy alta responsabilidad y no cualquiera es capaz de hacerlo bien.

Votar es una decisión de enorme trascendencia, es darle nuestra confianza a una persona, a un partido, para que con su programa y con sus capacidades cumpla satisfactoriamente sus promesas de campaña y salga airoso en su encomienda.

Democracia, educación y votos
Democracia, educación y votos
(Foto: Especial)

Votar sensatamente depende de muchos factores, alguno de ellos, para mi uno de los fundamentales es la educación del votante, tomando en cuenta que la educación inicia no en la escuela, sino desde sus primeros pasos en su hogar.

Aquí está precisamente el problema, si la educación que un niño recibe en su casa en deficiente en calidad y/o cantidad, y la que recibe de joven en la escuela es mediocre, fragmentada, tendenciosa y sin fundamentos científicos sólidos, impartida por "maestros" más interesados en andar de agitadores que en cumplir con su labor de docentes, entonces su formación cultural dejará mucho que desear. Posteriormente, si termina una carrera universitaria, la que sea, tampoco es garantía de nada, aquí, e imagino que en muchos otros lados, personas con evidentes limitaciones intelectuales pueden titularse. Si a esto agregamos que el mexicano no lee mas allá de un libro por año, y que según los estudios de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, la OCDE , no entiende bien a bien que es lo que leyó, y si de remate aceptamos que una buena parte de su información la obtiene de la televisión comercial, la prensa militante y ahora de las llamadas “redes sociales” donde lo que abunda no es precisamente una información de calidad, ya que ahí cualquiera con una computadora de escritorio o un teléfono celular puede publicar lo que su ilimitada imaginación le dicte; entonces se completa un panorama desolador.

Ante esto debemos aceptar que estamos frente a un escenario incierto, lovcraftiano. En este proceso electoral predominará no el voto razonado, ese siempre escaso, sino el llamado voto de odio, donde un irritado y poco informado votante emitirá su condena a un partido que considera el mayor ejemplo de corrupción a escala planetaria, y en su infinita ignorancia puede avalar el triunfo de alguien que, visible y demostrablemente, es mucho peor que aquello que se pretende remediar. En otras palabras, ese indignado votante optara por saltar de la sartén al fuego, pero arrastrándonos con él.

Pero así es esto de los votos


Sobre el autor
"Medico, Especialidad en Cirugia General, aficionado a la lectura y apartidista. Crítico de la incompetencia, la demagogia y el populismo".
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