Ramón Guzmán Ramos
Albert Camus y el mito de Sísifo
Sábado 14 de Mayo de 2016
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La cuestión de fondo consistía en que Sísifo amaba tanto la vida que se atrevió a desafiar la muerte de una manera por demás extraña. Cuando sintió que le llegaba la hora, cuando la sombra de Tánatos se le aparecía a todas horas y en cualquier lugar, convirtiéndose en un presagio maldito que habría de hacerse realidad, el héroe griego, que fue fundador y rey de Corinto, decidió que había que usar las cadenas para tentar al destino. De manera que le puso grilletes y la inmovilizó para que no siguiera haciendo lo que desde siempre y para siempre le fue encomendado: suprimir la vida de los mortales una vez que a cada uno le llegara el momento. Como la muerte se encontraba encadenada, nadie sobre la Tierra moría; parecía que la inmortalidad se había convertido por fin en esa condición que los hombres habían deseado desde que tenían conciencia de sí.

Pero algo así alteraba el orden natural de las cosas, de modo que Ares, dios olímpico de la guerra, emprendió el viaje desde el Inframundo para liberarla. Una vez que cumplió su cometido cogió a Sísifo y se lo llevó con él para ponerlo bajo su custodia directa.

En otra ocasión Sísifo volvió a sentir que su tiempo llegaba a su fin y que debía prepararse para el último viaje. Se le ocurrió entonces otra estratagema: le dijo a su esposa que cuando él se fuera definitivamente de este mundo no expusiera su cuerpo en la plaza pública, como era costumbre hacer con los muertos. Sísifo se quejó entonces en el Inframundo de que su esposa no estaba cumpliendo con el ritual sagrado. Así que convenció a Hades a fin de que le permitiera regresar a la Tierra para arreglar las cosas y castigar a su mujer. Una vez que volvió al lugar de los vivos decidió que podía quedarse a gozar de un tiempo adicional de vida. Fue necesario que Hermes, el heraldo de los dioses, fuera ahora por él y lo regresara a la fuerza al Inframundo, que era el lugar que habría de ocupar eternamente. Los dioses tomaron la decisión de castigarlo por haber desafiado su autoridad y haber develado los designios divinos a los hombres. El castigo consistía en que Sísifo tenía que cargar sobre su espalda una gran piedra para llevarla cuesta arriba hasta la cima de una montaña. Pero una vez allí la piedra rodaba y caía por la pendiente hasta volver a su sitio de origen, a la espera de que Sísifo descendiera y volviera a cargarla para emprender de nueva cuenta la subida. Así una y otra vez hasta el fin de los tiempos.

Albert Camus visualiza a Sísifo en su descenso de la montaña. La piedra ha rodado cuesta abajo y espera a que el héroe baje y vuelva a cargarla sobre su espalda. Es el momento en que Sísifo camina sin la carga sobre su cuerpo, podríamos decir también que sin la carga en su conciencia. En efecto, porque esa breve caminata le permite a Sísifo reflexionar sobre su condición y liberarse de toda culpa, de toda responsabilidad sobre las causas que han motivado su castigo. Albert Camus nos dice en su ensayo de 1942, El mito de Sísifo, un texto fuertemente influenciado por el existencialismo de la época, que el hombre no es un ser puramente racional, ya que en él prevalecen los sentimientos y las pasiones a través de las cuales contempla su mundo; de modo que la esencia de la existencia humana es irracional. La existencia y la realidad de las que forma parte carecen, por lo tanto, de sentido. Constituyen un absurdo. Si la existencia humana carece de sentido, entonces buscarlo es totalmente inútil. De aquí no se deduce que caigamos en una postura pesimista y desesperada con respecto a la vida. Debemos vivir cada instante, cada minuto de nuestra existencia, con la pasión del héroe que, a pesar de ser consciente de que su tarea es inútil, la realiza con dignidad y sin desmayo. De manera que, nos dice Camus, hay que imaginar a Sísifo dichoso cuando camina sin la carga de la piedra cuesta abajo.

Albert Camus fue un novelista, dramaturgo, filósofo, periodista y ensayista francés (1913-1960). Su infancia y gran parte de su juventud las vivió en Argelia. Hizo estudios de filosofía en la Universidad de Argel pero los dejó porque enfermó de tuberculosis. Creó una compañía de teatro con la que hacía representaciones para los obreros. En 1940 viaja a París y consigue un trabajo como redactor de un periódico. Durante la ocupación alemana participó activamente en la Resistencia.

Fue fundador del periódico clandestino Combat. En 1957 le otorgaron el Premio Nobel de Literatura. Autor de novelas
memorables como El extranjero (1942) y La peste (1947), sostenía una visión del destino humano como absurdo. La vida no tiene sentido. Dios no existe. El hombre ha de configurarse a sí mismo y construir su propio sistema de valores, encontrando o construyendo un sentido que de todos modos resulta inútil. Pero ha de vivir a plenitud con esta conciencia de su condición.

Camus plantea esta visión de las cosas en sus primeros libros, pero en La peste, y en su propia actitud ante los horrores de la Segunda Guerra Mundial y sus secuelas en la sociedad pregonó y practicó un tipo de solidaridad humana de altos vuelos.

Personalmente no creo que debamos imaginar a Sísifo gozando de su castigo, de su condición absurda, de su destino eterno. Sísifo había sido un personaje rebelde, que desafía a los dioses y hace lo que sea por engañarlos y tomar partida por los hombres. Lo castigan por su osadía, por el valor de cuestionar la autoridad divina, por atreverse a pensar que el mundo puede ser diferente al que se padece. No podemos ver a Sísifo convertido en otro durante su castigo. Habría que imaginarlo, en todo caso, pensando durante su descenso en cómo construir nuevas estratagemas para escapar de aquel tormento, de aquel trabajo que, en efecto, resulta inútil, agobiante y sin sentido. Lo peor de tal castigo no es, por supuesto, el sufrimiento físico, sino el hecho de que no es productivo, no contribuye a realizar el potencial humano de quien lo realiza. Es un trabajo enajenante, totalmente extraño al hombre, que lo niega como ser humano. Es aquí donde radica lo peor del tormento. No me parece que haya que aceptar que Sísifo se conforma con ese destino que le han impuesto. Más bien creo que sigue siendo fiel a sí mismo y que en secreto, en ese descenso en que la piedra no le estorba, piensa en el mejor camino que puede encontrar o abrir para fugarse. Camus sostiene que el hombre no debe fugarse de su realidad aunque ésta carezca de sentido, pero aquí creemos que es de lo que se trata: cuando la realidad niega la existencia humana, la deshumaniza y la devalúa hasta niveles más inferiores del producto que sale de sus manos, entonces lo que se impone es negar tal realidad, no aceptarla, cuestionarla y someterla a procesos de transformación.

Vivimos una época en que el trabajo que hace el hombre todos los días carece para él de sentido. Tiene que cumplir horarios y realizar tareas que no corresponden a su potencial de realización humana. Lo hace sólo por el magro salario que le pagan y para sobrevivir. Habría que imaginar a este hombre una vez que ha terminado su jornada y regresa a su casa. Sabe que al día siguiente, como Sísifo, tendrá que volver a cargar la piedra y volver al trabajo. Así todos los días, una y otra vez, como una condena eterna. Pero creo que no podemos imaginarlo siendo dichoso con tal castigo. Habría que visualizarlo regresando del trabajo, en el tiempo que le toma hacer el recorrido, pensando sobre su situación, decidiendo qué hacer para cambiarla, para liberarse de esa realidad y hacerse de otra. Sólo entonces podríamos adivinar una sonrisa enigmática y luminosa en su rostro cansado.

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