Alejandro Vázquez Cárdenas
Inteligencia, Hitler y engañar con la verdad
Miércoles 1 de Agosto de 2018
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La inteligencia se define, según varias obras de psicología y diversas enciclopedias, como una facultad intelectiva, la capacidad para entender y comprender, y suele usarse como sinónimo de intelecto y entendimiento. Una definición concreta nos dice que inteligencia es la capacidad de elegir, entre varias posibilidades, aquella opción más acertada para la resolución de un problema. En este sentido, cabe distinguirla de la sabiduría, en tanto que esta última es tan solo una acumulación de conocimiento, mientras que la inteligencia implica hacer el mejor uso de un saber previo.

Sea cual sea la definición que nos agrade, todas concuerdan en lo esencial y todas consideran que la más elevada de las funciones cerebrales es precisamente la inteligencia. Sin embargo, si bien poseer una gran inteligencia es altamente deseable y en algunos trabajos es requisito indispensable, por sí sola no es garantía de éxito en este complejo mundo. Hacen falta otros pilares tales como trabajo, dedicación, voluntad, extrema motivación y en ocasiones un ocasional destello de suerte, aunque habrá quien diga que hasta para distinguir el más mínimo destello de la suerte se ocupa inteligencia, sobre todo para no confundir una oportunidad de oropel con una de oro.

Andres Manuel López Obrador, a su llegada al Zócalo de la Ciudad de México tras conocerse resultados electorales del 1 de julio
Andres Manuel López Obrador, a su llegada al Zócalo de la Ciudad de México tras conocerse resultados electorales del 1 de julio
(Foto: Cuartoscuro)

Lo anterior viene al caso después de leer las reacciones que han tenido varios votantes de AMLO cuando este, como lo había mencionado con meses de anticipación, retoma la idea de descentralizar dependencias de la congestionada CDMX para reubicarlas a lo largo y ancho de la geografía del país, en sitios donde así lo ha determinado su dedito. Tardíamente les ha “caído el veinte” a los miles de burócratas de la CDMX, esos que sin mayor información ni conocimiento, solo por inspiración hepática, votaron por este mesías sin haber leído, estudiado y analizado a profundidad qué era lo que pretendía hacer. Se fueron con el vacio slogan de “Fuera los corruptos y la mafia del poder” y sin ejercer sus funciones cerebrales superiores votaron con el hígado.

Esto no es novedoso, ya ha pasado; políticos que antes del triunfo dieron santo y seña de su programa en el caso de llegar al poder, sin que los potenciales votantes percibieran una amenaza. El caso más notorio es el de Adolfo Hitler, con su libro "Mi lucha", escrito en un lapso de ocho meses, durante 1924, mientras permanecía encarcelado debido al fracaso del putsch de Múnich; en este libro se plantea el programa del partido nazi en el caso de llegar al poder, que va a hacer, y sobre todo cómo lo va a hacer. Nada pueden alegar en su defensa los alemanes que votaron por él, no pueden decir que no sabían lo que planeaba Hitler.

Por cierto en ese libro viene una verdad absoluta, muy rescatable, es la inatacable afirmación que hace hablando de la inteligencia: "La suma de 100 tontos no da un hombre sabio", afirmación que muy lamentablemente aplica no tan solo a nuestros congresos legislativos, pasados y presentes, también a enormes grupos de la sociedad mexicana. La inteligencia no es aditiva, ni se potencializa ni tiene como una de sus propiedades la sinergia. La suma de dos tontos es dos tontos, no un inteligente. Y como otra vuelta de tuerca recordemos que las masas son estúpidas, no piensan, actúan.

Por lo pronto solo queda encomendarnos al santo de nuestra devoción.

Sobre el autor
"Medico, Especialidad en Cirugia General, aficionado a la lectura y apartidista. Crítico de la incompetencia, la demagogia y el populismo".
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