Alma Gloria Chávez
De las crónicas del lago
Jueves 6 de Septiembre de 2018
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“El lago de Pátzcuaro es depositario de una tradición cultural e histórica particularmente vigorosa.”

Cuenta la leyenda que hubo un tiempo en que esta región, rodeada de volcanes, no conocía el agua ni muchas formas de vida que se derivan de ella. Y el viento, que soplaba y traía historias de otros lugares en los que florecían los bosques y las selvas, sin duda algo tuvo qué ver para que un suceso cambiara la historia del lugar: el fragmento de una estrella, compadecido seguramente por la aridez de la tierra, vino a caer justo donde las elevaciones montañosas daban forma a un cuenco. Dicen que el impacto fue tremendo, e igualmente el estruendo; pero cuando todo quedó en calma, se escuchó un rumor desconocido, como si de una risa o un canto se tratara. Era el agua, que permaneciendo escondida bajo tierra durante siglos, empezó a llenar la hondonada, dando origen al joven lago que reconocemos como el de Pátzcuaro. Dicen que esto ocurrió hace aproximadamente 40 o 45 mil años y en un pequeño poblado de su ribera se recuerda aquel acontecimiento, por resguardar en sus terrenos una piedra denominada “Huecoricha” -la que cayó- y al sitio se le llamó: Huecorio, o lugar de la caída.

Por los caminos y comunidades lacustres aún se percibe la huella de Vasco de Quiroga aumentada por el tiempo
Por los caminos y comunidades lacustres aún se percibe la huella de Vasco de Quiroga aumentada por el tiempo
(Foto: Especial)

En el año 2000, muchos/as de quienes habitamos esta región privilegiada, tuvimos oportunidad de conocer una exposición itinerante, que recorrió pueblos y ciudades asentados en la cuenca del lago, surgida del interés de un equipo del Centro del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) Michoacán, cuyo propósito fue difundir resultados de investigaciones diversas sobre la historia de nuestro lago, ofreciendo elementos para comprender que las condiciones del entorno natural forman parte del patrimonio de los pueblos y juegan un papel importante (y determinante) en la construcción de su cultura. “Pátzcuaro, pasado, presente y…” se denominó la exposición, en la que participaron la Secretaría de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca (SEMARNAP), el Centro de Estudios Sociales y Ecológicos (CESE) y con la colaboración del Fondo Mexicano para la Conservación de la Naturaleza, A.C. En el texto introductorio de esta ilustrativa muestra, de tan grata memoria, Javier Reyes, del CESE, escribió:


“Todos aprendimos en la infancia, dentro de las aulas, que los lagos son el resultado de grandes catástrofes geológicas. Pero la mejor versión, sin duda, la oímos en los cuentos. En ellos, los lagos son enormes vasijas de barro sin cocer que se llenaron de lágrimas de dioses y princesas. Así supimos que las divinidades lloran y que la nobleza sufre. Pero siempre nos consoló que pronto, muy pronto, la sal de esas lágrimas se desvanecía y los lagos se tornaban en vida exuberante: peces y ranas, patos y garzas, zenzontles y venados, ahuehuetes y tulares, orquídeas y nenúfares. Vegetación abigarrada y zoológico sin rejas. Eso dicen las leyendas.”


Y en otro espacio, cita: “El lago de Pátzcuaro está enclaustrado entre más de 100 picos de volcanes. Este lago nuestro diseñó sus propios peces, inventó algunas de sus plantas y programó sus cambios de colores. Sus criterios estéticos, a diferencia de los nuestros, fueron amplios, pues pasó del diseño fino y majestuoso del pescado blanco, a la primitiva y torpe figura del achoque. Decidió pintar sus aguas, por muy breves momentos, tan azules como un cenote en expansión; y por largos ratos, tan plomizas como las tardes de lluvia, de la que se alimenta.”


Años atrás, en 1989, habiendo ingresado a laborar en el Museo de Artes e Industrias Populares (INAH) en mi ciudad natal y estando encargada de la custodia de la Sala de Temporales, también fui comisionada para promover, entre las escuelas del lugar, una exposición fotográfica cuyo tema era, precisamente, el lago de Pátzcuaro. La exposición, recuerdo, formaba parte del acervo de la Secretaría de Educación en el Estado y las imágenes fotográficas (en blanco y negro) eran bellas e ilustrativas, además de estar acompañadas por un texto que convocaba a la reflexión… y a la acción. Algunos fragmentos textuales que he conservado en la bitácora de aquella época, puedo leer:


“A lo largo de los siglos, las tranquilas aguas del lago de Pátzcuaro han presenciado los acontecimientos más trascendentes de México, y su historia ha estado íntimamente ligada a la de un pueblo que en algún momento fue un Imperio: el P’urhépecha.


‘Por los caminos y comunidades lacustres aún se percibe la huella de Vasco de Quiroga aumentada por el tiempo. Todavía resuena el eco de los espíritus libres en búsqueda de una patria independiente: Morelos, Manuel Muñiz, el padre Lloreda y Gertrudis Bocanegra pasearon su anhelo por la laguna. Pátzcuaro atestiguó los afanes de don Melchor Ocampo y la esperanza igualitaria de Salvador Escalante, así como la laboriosa y patriótica enseñanza del general Lázaro Cárdenas.


‘En la región del Lago, como en todo Michoacán, las manos han aprendido a hablar con su propia palabra. Palabra sutil y colorida a través de la cual los ribereños manifiestan sus penas y sus alegrías, su amor por la vida y su respetuosa complicidad con la muerte. Los artesanos saben de sobra que la personalidad del lago es azul, y le han encargado en secreto a sus olas que lo proclamen por todas partes. Así, el lenguaje que nace de sus manos cumple una doble función: vive y genera vida. Canta con voz queda la historia de su lago.”


En uno de sus últimos párrafos, exhorta: “Los ribereños todavía creen en su lago y en sus niños. El primero, como el principio de la vida y los segundos como la continuación de ella. Y convocan (convocamos junto a ellos) a la fuerza de la tradición, a los peces, a la risa de los árboles y a la conciencia de todos; convocamos a la magia, a la poesía y a la voluntad; al hombre y a la ciencia, esperanzados a tener respuesta para participar en el horizonte de cosas por hacer en este lugar del lago. Porque hombre y lago han vivido juntos por tantos siglos. Aún hay una esperanza para él, si nosotros decidimos otorgársela”.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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