Gerardo A. Herrera Pérez
Debatamos Michoacán: Masculinidad y violencia rural
Miércoles 12 de Septiembre de 2018
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Aquella frustración lo hacía desdoblar su violencia verbal, física, económica, psicológica, doméstica, de usos y costumbres; pero el racero de su padre era diferente para los miembros de la familia, más violencia para Rafael y para su madre, menor violencia para los otros miembros de la familia, siempre había un culpable, el culpable era Rafael.

Durante los años de la educación básica, él iba a la escuela primaria del lugar, su patrón de conducta siempre fue altanero, el reproducía el mismo esquema de violencia que había en su hogar, él no podía hacer nada en contra de los golpes que recibía su madre, y salía a la escuela a golpear, a enfrentarse, a violentar, a poner en crisis el salón de clases, era una manera de visibilizarse, era una forma de expresar que contra él no se podía, que contra él no había posibilidades de dominio, que estaba en contra de todo y de todos; los maestros rurales lo catalogaban como problemático y más de una ocasión no lo recibieron, su comportamiento era irascible.

Él sabía, sin saberlo, que la violencia generaba poder, el poder de someter a las demás a su imperio
Él sabía, sin saberlo, que la violencia generaba poder, el poder de someter a las demás a su imperio
(Foto: Cuartoscuro)

En aquellos tiempos no se hablaba de la violencia familiar, no existencia, no se hablaba de formar a niños, niñas y adolescentes en autonomía, y no en una dependencia brutal que hoy nos reclama por tanta violencia que se sigue viviendo. Tampoco había el programa de convivencia escolar, que ayudará a pensar en despensarnos para repensarnos, como bien dice Boaventura de Sousa Santos.

Si bien la educación básica fue para Rafael un escape para desatar su violencia con los miembros de la comunidad educativa, también lo es el que conoció otras formas de pensar y de actuar, que no checaban con su manera de vivir en familia. Las asimetrías permitieron que abusara de los niños, él sabía, sin saberlo que la violencia generaba poder, el poder de someter a los demás a su imperio.

Pero ese poder que él ejercía con sometimiento y control de los cuerpos de sus compañeros y de los mismos profesores solo era en la escuela; en la casa no era así, se mantenía alejado, reprimido y distante de la mano y los ojos de su padre. “Yo no lo quería, era una bestia”, se sentía acosado, porque cualquier cosa que pasara dentro del hogar, el único culpable era él, nadie más, una saña permanente contra él lo hacía siempre vulnerable, y lo sometía su padre con el bordón, una y otra vez, sobre su tierno cuerpo, él recibía las palizas más despiadadas, más encarnizadas, más sanguinarias.

Derivado de estos procesos de aprendizaje in situ, su padre se lo llevaba en varias ocasiones para que aprendiera el oficio de albañil; en muchas ocasiones fue él y no su padre quien en estado etílico dejaba la responsabilidad en nuestro amigo, quien tenía que asumir éstas al acarrear materiales en botes, palear arena, y otros trabajos pesados para un niño, cuando este tendría que estar en la escuela, no en la calle o trabajando, así aprendió el oficio de albañil, a punta de golpes, malos tratos, explotación y control.

La vida de un niño no se explica con tortura y malos tratos, la vida de un niño se explica con respeto, con amor, con responsabilidad paterna. Si bien su madre le amaba, y lo ama, no podía hacer mucho, ella misma era violentada en el día a día. Un niño que ve eso y no puede actuar, su vida sin saberlo se vuelve un infierno, porque reproducirá los mismos actos para hacerse entender. Utilizará la violencia como un mecanismo para tomar el poder.

Pero la vida despierta en ocasiones a las personas vulneradas muy temprano y se revelan de vivir en cautiverios, sometidos y controlados y buscan la autonomía, y ese fue el caso, un día, en un connato de violencia de su padre, nuevamente trató de alzar el bordón en signo de amenaza para el sometimiento de su cuerpo, pero en esta ocasión ya no fue posible, porque él le detuvo el bordón y no permitió que le pegara, tal vez ese fue el día en que las cosas cambiaron, el miedo dejo de ser el instrumento que lo paralizaba, el miedo dejo de ser el mecanismo de control, los golpes no serían más el motivo de controlar, los golpes podrían ser ahora de un adolescente para su padre.

Ese niño había despertado a una nueva vida, logró arrebatar el bordón de su padre que era el mecanismo para hacerse valer con miedo y poder en familia; ahora compartía con su padre el mismo poder, el poder de la violencia, yo no habría más golpes, las cosas se alinearon, la vida le tenía preparada muchas sorpresas a Rafael derivado de ello, logró negociar formas más generosas para evitar que sus hermanas continuaran siendo también violentadas, sabía, sin saberlo, que había logrado ser interlocutor con su padre para negociar algunas mínimas acciones a favor de la familia, ahora se juntaba el androcentrismo en su casa, pero respetaba el control de su padre.

La falta de un trato social y familiar y de comunidad había hecho de la familia un puñado de personas que vivían con temores, con miedos, esos miedos que arrebataron por muchos años la estabilidad emocional y el respeto a la dignidad humana de cada uno de los que habitaban aquella casa; casa que se convertía en la gran caja negra, qué, cuando se cerraba, sólo los que vivían dentro sabían de aquella violencia despiadada, sabían del infierno permanente en que estaban.

Su madre, al fin abnegada, preocupada, pero sin posibilidades de hacer más cosas que asumir el papel de esposa y madre, asumir el papel que socialmente la vida le había dado ser el puntal de la familia, que la comunidad le había asignado y que la observaba para que no lo fuera a dejar, no sólo su papel de madre sino de esposa. Es así que, nuevamente un sistema de género, perverso, que sometió a su madre en cautiverio y que no permitió liberarse, ni generar la autonomía que merecería. Al paso de los años, finalmente libre de los usos y costumbres, libre de un marido, libre de golpes, malos tratos y violencia, era viuda, entonces supo que era libre.

Sus hermanas, al fin su sangre, las cuidaba, pero él sabía que no había forma de seguir con la violencia psicológica contra de ellas; su padre, las mantenía amenazadas de no tener novio, ya eran grandes, pero no tenían ese contacto humano importante para el crecimiento emocional y físico, recordemos que en los ranchos las mujeres se roban a los 14 o 15 años. Pero ellas, aun sin novio, y sin poder pensar en tenerlo. Esta tal vez fue una de las grandes negociaciones que Rafael logró arrancar en esta asimetría de poder con su padre, logró que sus hermanas pudieran convivir con chicos de su edad y su padre puso una sola condición en la negociación, que Rafael cuidara de que entraran a tiempo a la casa, el tiempo decente de los ranchos, al ponerse el sol, de no ser así, nuevamente recibiría él la violencia de su padre.

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