Xuchitl Vázquez Pallares
México tiembla…
Jueves 20 de Septiembre de 2018
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Escribo esto unas horas antes de que se cumplan 33 años del sismo acaecido en 1985. Y un año del ocurrido igualmente un 19 de septiembre, pero de 2017.

Solo quien haya radicado o radique en la Ciudad de México, sabe cómo estos terremotos marcaron a los que aquí vivimos.

A las 13:14:40 de este sábado 19 de septiembre, se guardó un minuto de silencio con el puño en alto, en señal de fortaleza y unidad.
A las 13:14:40 de este sábado 19 de septiembre, se guardó un minuto de silencio con el puño en alto, en señal de fortaleza y unidad.
(Foto: Cuartoscuro)

En mi caso, antes del terremoto del 85, me encantaba sentir los temblores, la fuerza de la naturaleza siempre me ha maravillado. Recuerdo que, en el temblor del 14 de marzo de 1979, recordado como “en el que se cayó la Ibero”, mi padre me contó cómo su familia y él habían casi perdido su casa en varias ocasiones a causa de los fuertes temblores ocurridos en Coalcomán.

“Hay que respetar la naturaleza”, me dijo abrazándome mientras cargaba a mi hijo que entonces tenía tan solo un año de edad.
El terremoto de la ibero fue de 7.6 grados Richter. Con epicentro en Petatlán Guerrero. La zona sur de la Ciudad se quedó sin agua, y el abasto de gas, el cual entonces se compraba en cilindros, escaseo.

La Universidad Iberoamericana se encontraba en la campestre, sus edificios parecían fuertes. A causa del temblor, se colapsaron dos segmentos del edificio y una de las cinco alas del complejo. La Ibero reanudó clases una semana después en el edificio de la ESIME Culhuacán, que fue facilitado por el Instituto Politécnico Nacional. En 1982 inició la construcción del nuevo campus de la Ibero, que se ubica en Santa Fe; en 1988 se realizó la mudanza a las nuevas instalaciones.

El de 1985, fue devastador. Miles se quedaron sin casa, cientos de mujeres que cosían en maquiladoras quedaron atrapadas en las jaulas en las que las tenían sus patrones. Mudos testigos fueron los metros de tela que colgaban por las ventanas, por las cuales intentaban salir colgándose para salvar su vida.

El Centro, la Roma, la Condesa y Calzada de Tlalpan, fueron de las zonas más afectadas. Cada año, ese día, se conmemoraba no solo a los muertos, sino como el terremoto le había cambiado la vida a los vivos. Como los habitantes del entonces D.F. habían dado muestras de organización, de solidaridad, de combatividad pacífica por el bienestar de todos.
Ese año, fue determinante en la conciencia ciudadana, fue la antesala del 88. Los ciudadanos nos dimos cuenta de que no necesitamos al gobierno para organizarnos, para arreglar las cosas, para cuidarnos.

Nos dimos cuenta de la ineptitud de las instituciones, de el nulo interés de la clase política y de los partidos políticos por los ciudadanos.

Ahí empezó el resquebrajamiento del PRI, las grietas que se veían por doquier, el olor a muerto, solo evidenciaban la decrepitud del sistema político.

Hasta hace un año, las conmemoraciones eran solo eso, poner flores, recordar, no permitir el olvido, hacer un simulacro a las 7:19 de la mañana y regresar a la cotidianidad.

El 19 de septiembre del 2017, pocas horas después del simulacro, un terremoto de 7.1 dejó 370 muertos y más de siete mil heridos.
Cientos de casas dañadas, (entre ellas la nuestra), el multifamiliar de Calzada de Tlalpan, construido por el famoso Arquitecto Pani, quien diseñó la Colonia Centinela, lugar en que mis padres compraron la casa que aún habito con mis hijos, en Coyoacán, donde no habían sucedido daños mayores durante los temblores anteriores.
Casi todos los que habitan en la Ciudad de México, sufrieron algún daño material, pero sobre todo emocional y psicológico.

Tras el sismo, se aprendió a dormir vestidos, a cuidar el agua como si fuera de oro, a cuidar el gas, los alimentos, la gasolina, todo era de primera necesidad y no sabíamos cuando seria restablecida la “normalidad”.

En realidad, la normalidad no regresó. El martes pasado el Consejo de la Ciudad publicó un estudio en que se revela que la mayoría de los que habitan esta ciudad tenemos miedo de que otra vez tiemble el 19 de septiembre.

La encuesta fue realizada a dos mil 540 personas, de quince delegaciones y se encontró que, a un año del sismo, el miedo es la emoción que impera en los habitantes de la capital.
El 40 por ciento expresó tener un nivel intenso de miedo de que vuelva a temblar. El 32 por ciento de intermedio, el 22 por ciento, bajo y el 6 por ciento nulo.

Así las cosas, en la Ciudad de México, la ciudad más grande del mundo, a unas cuantas horas de que amanezca siendo 19 de septiembre.

Las calles están semi vacías, muchos están pensando en no ir a trabajar y salirse de la ciudad. Otros en dormir vestidos y dejar las puertas sin llave para salir más rápido, tener todo en urden. Muchos más han decidido no salir de sus casas, estar con la familia. Los habitantes de la ciudad de México conviven con la muerte, sin ser primero de noviembre. Se ponen altares con flores y veladoras en donde murieron atrapados cientos de personas, niños, y animales.

Este año habrá dos conmemoraciones: por los 33 años de los sismos de 1985, como cada año, a las 7:19 horas se izará la bandera a media asta en el Zócalo y posteriormente, a las 13:14:40 con el puño en alto, se hará un minuto de silencio y a las 13:16:40 habrá activación de alerta sísmica y macro simulacro nacional. Será sin duda un día por de más difícil.

Los habitantes de la Ciudad de México, tenemos miedo de que vuelva a suceder los que sucedió el 19 de septiembre de 2017, pero sobre todo tenemos enojo por la enorme corrupción, latrocinio e impunidad existente en este país. Evidenciado en la falta de apoyo adecuado en tiempo y forma a la ciudadanía.

¿Dónde están los millones de dólares que enviaron para la reconstrucción? De haberse empleado con honestidad, todos los que fuimos afectados tendríamos nuestra casa totalmente reconstruida con excelentes materiales. No solo que nos taparan las grietas y se les diera una pintadita por encimita.

México está cansado de tanta impunidad. La violencia en todas sus acepciones, la corrupción y el latrocinio han alcanzado niveles de terror. Tres camiones llenos de cadáveres de gente asesinada que nadie sabe quienes son, van de un lado a otro por Jalisco, esperado tener a donde echarlos. Las autoridades no tenían pensado darlo a conocer, fue la ciudadanía quien ante el hedor y la sangre escurriendo dieron a conocer mediante las redes lo que sucedía. La esposa de Duarte compró una casa de siete millones de dólares en Miami, además de las siete o más mansiones que ya tenía en propiedad, mientras cientos de mexicanos no tienen donde vivir. Los que han saqueado al país al parecer quedarán impunes.

Decidí escribir este desde el martes 18, ya que el 19 me sería difícil hacerlo. Asistiremos al minuto de silencio en el multifamiliar de calzada de Tlalpan, ahí junto a cientos más levantaremos el puño en señal de fortaleza y unidad.

En señal de que no nos dejaremos vencer. En señal y agradecimiento de que aún estamos, de que estamos vivos.

Llevaremos flores y nuestro cariño a los que quedaron atrapados entre varillas y muros.

México, tiembla no de miedo, sino de enojo ante lo que sucede.

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