Ramón Guzmán Ramos
Las tortugas son lo que son
Sábado 29 de Septiembre de 2018
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En eso se han convertido también los padres de los 43 normalistas de Ayotzinapa. Son tortugas que recorren con lentitud y persistencia, con dureza y obsesión, los territorios sembrados de muertos de nuestro país. Andan en busca de sus hijos: tortugas aprendices que decidieron ingresar a la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, en Guerrero, para convertirse en maestros y servir de ese modo a sus comunidades de origen, para sacar a sus familias de la pobreza. Ser maestros les significa la única oportunidad de aspirar a una vida nueva, mejor.

Bueno, eso era antes de la reforma educativa, cuando los muchachos podían contar con una plaza base al concluir sus estudios. Uno de los objetivos que se propuso explícitamente la reforma de marras fue la desaparición de las normales rurales. Al abrir el ingreso al servicio educativo a cualquier profesionista que pasara el examen respectivo, la función de las normales quedó totalmente rezagada.

Las normales rurales han sido también espacios donde los hijos del campo se forman en el cultivo una conciencia crítica de la sociedad. Los aspirantes a maestros se dan cuenta de su realidad y se deciden a hacer algo por cambiarla. Como maestros, incorporan ese estímulo a sus procesos educativos.

Es por ello que desde siempre han estado en la mira del sistema. Estas tortugas siembran por donde andan la semilla de la rebeldía. En ausencia de oposiciones políticas auténticas, han sido sectores sociales como los normalistas y el magisterio los que han mantenido un cuestionamiento permanente hacia el régimen capitalista, todavía neoliberal. Lo que sucedió en Iguala la noche del 26 al 27 de septiembre de 2014 no fue, por ello, producto de la mala fortuna. Los normalistas han sufrido por décadas una campaña furiosa y permanente de linchamiento por parte del gobierno y muchos medios de información. No resulta descabellado pensar que algo así influyó para que los muchachos, en vez de recibir ayuda del Ejército y la Policía, fueran atacados también o ignorados por estas instituciones del Estado.

El gobierno de Peña Nieto se empeña en mantener su versión de “la verdad histórica”, aun cuando el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) demostró que no era posible que en el basurero de Cocula se hubiese cremado los cuerpos de los normalistas desaparecidos. El caso es que EPN se va dejando esta nebulosa, esta herida enorme y profunda en el corazón del país. Es por eso que la marcha de las tortugas mayores no termina. No sólo han tenido que dejar a sus familias, sus trabajos, resistir las inclemencias del clima, sufrir el desprecio por parte de autoridades, sino el aislamiento social en un periodo crítico de su lucha. Es hasta ahora que el caso ha vuelto a despertar la sensibilidad de la gente. Los desaparecidos en México se cuentan por decenas de miles. Ese dolor lo comparten en carne propia miles de familias.

En el cuarto aniversario de la noche de Iguala los padres de los 43 se reunieron con el presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, de esta reunión salieron reanimados, con una luz de esperanza en su corazón, como ellos mismos dijeron, AMLO se comprometió a crear una comisión de investigación para la verdad y la justicia, evitar que el proceso se tope con obstáculos que el mismo Estado le pone, y solicitar la intervención de organismos internacionales de derechos humanos para que coadyuven en la investigación. Por muchas que sean las nubes negras que se le han arrojado al caso, es posible esclarecer los hechos y definir con precisión quiénes fueron los responsables y en qué grado. Lo que ha hecho falta ha sido la voluntad política del gobierno en funciones. Es, precisamente, lo que el gobierno entrante les ha mostrado a los padres de los 43.

"Son tortugas que recorren con lentitud y persistencia, con dureza y obsesión, los territorios sembrados de muertos de nuestro país..."
(Foto: TAVO)

López Obrador arrasó en las elecciones del 1º de julio porque supo encarnar los reclamos y las aspiraciones de la sociedad, porque él mismo llegó a representar la negación misma del régimen al que la mayoría de los ciudadanos rechaza. Es de esperar entonces que en un caso tan emblemático y tan trágico como el de

Ayotzinapa el compromiso se cumpla. El Estado cuenta con las herramientas que se necesitan para llegar al fondo y dejar las cosas resueltas. El nuevo gobierno ha de emprender también un proceso de reconstitución del Estado mexicano para que éste se ponga por fin al servicio de la sociedad. Con un Estado reconstituido es posible esperar que Ayotzinapa no se quede atrapado en el olvido. El caso Ayotzinapa requiere también de un tratamiento integral, completo. Los ataques a las normales, por parte de los gobiernos federal y estatales, debe cesar de inmediato. Es necesario devolverle a las normales rurales la función con que se les dotó cuando fueron creadas.

El llamado “nuevo modelo educativo”, que es uno de los ejes centrales de la reforma, se propone transformar también el espíritu y la visión originales con que funcionan las normales. El nuevo currículo que el gobierno actual ha pretendido imponerles acaba con el enfoque crítico y emancipador que ha sido tradicional en estos centros de formación de maestros. Es necesario echar abajo también esta parte de la reforma y dejar que sean las propias normales las que determinen el camino que han de seguir en este proceso de cambio en que nos encontramos. Las tortugas, entretanto, siguen su paso lento pero seguro, imperturbable, difícil, dramático, ahora esperanzador. Porque las tortugas son lo que son. El compromiso que ha adquirido el presidente electo no es menor; podríamos decir que de ello depende en gran medida la confianza que la sociedad pueda concederle al nuevo gobierno… o el desencanto lamentable.

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