Eduardo Nava Hernández
Doce tesis acerca del 1968 mexicano
Jueves 4 de Octubre de 2018
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1. La emergencia estudiantil y popular de 1968 en México se dio en un momento particularmente significativo, incluso singular, en la historia social y económica y también política del país. Las dos décadas que lo preceden son la de mayor dinamismo social y en la acumulación de capital, con tasas de crecimiento anual del PIB que oscilaban en torno al 6 por ciento y en algunos años lo superaban (el llamado desarrollo estabilizador), pero sobre todo con el más acelerado proceso de urbanización que nuestro país había vivido jamás. El censo de población de 1970 será el primero, después de miles de años de historia, en registrar una mayoría de población urbana frente a la rural que descendía por la migración hacia las ciudades, o lo había hecho hacia los Estados Unidos durante la vigencia del recién concluido Tratado Bracero (1942-1964).

2. Lo que se alzó en el verano de 1968 fue un movimiento de nuevo tipo, ubicado en ese proceso de urbanización reciente, y protagonizado en gran parte por estudiantes urbanos de primera generación, con raíces familiares en las distintas regiones del país y muchas veces rurales. Fue una generación que encontró en las manifestaciones colectivas una forma de identidad común que tenía que ser construida porque no surgió espontáneamente del ámbito familiar o comunitario sino principalmente de su complemento y sucedáneo, la universidad o sus equivalentes en el sistema educativo.

3. En el desarrollo mundial, 1968 marcó un fin de época: es el inicio del agotamiento del mundo bipolar surgido de la segunda posguerra, pero también una revolución cultural de la que los jóvenes universitarios de distintos puntos del mundo fueron el vehículo y el catalizador. El feminismo, le emancipación sexual, el ecologismo, no se explican sin el estremecimiento de las conciencias que, de muy diversas maneras, representó ese año como el gran desafío a la omnipotencia del capital en el mundo occidental y a la de las burocracias autoritarias en el llamado mundo socialista (Checoslovaquia).

4. En el 1968 mexicano hubo, sin duda, una incidencia e influencia de las movilizaciones análogas que se daban en otros países: París, Praga, Berlín, San Fancisco-Berkeley, etcétera, y del contexto de una coyuntura marcada por una aguda lucha de clases a escala mundial (luchas de liberación nacional en África y Asia, la Revolución Cubana, la Revolución Cultural china, la guerra de Vietnam, el sacrificio del Che en Bolivia, entre otras expresiones). Pero todos esos hechos paralelos, con su posible presencia en el imaginario de los estudiantes mexicanos, no fueron determinantes del movimiento, de sus demandas ni de sus formas de expresión. Son acontecimientos que sólo dan un contexto e inscriben a nuestro 68 en tendencias más amplias, pero no lo explican.

¡2 de octubre no se olvida!
¡2 de octubre no se olvida!
(Foto: Cuartoscuro)

5. El movimiento estudiantil mexicano tuvo sus motivaciones y sus demandas propias, originadas no en influencias ideológicas sino como respuesta a algunos de los rasgos más lacerantes de un régimen político semidictatorial: los presos políticos y la legislación que amenazaba a los movimientos sociales y activistas (delito de “disolución social”), los cuerpos represivos de la policía y los abusos de fuerza de sus comandantes, la reparación del daño a las primeras víctimas de la represión y, como máximo cuestionamiento a la rigidez del sistema, la demanda de diálogo público.

6. La propia naturaleza del pliego petitorio permite caracterizar de inmediato la naturaleza precursora del movimiento estudiantil. Si bien éste y las acciones represivas del gobierno tenían antecedentes importantes (movimientos de ferrocarrileros, médicos, maestros, mineros, copreros, etc.) la de 1968 es la primera gran movilización que presenta demandas genéricas de democratización social y no de un grupo social o gremio particular. La ferocidad de la represión contra el estudiantado se corresponde con la radicalidad de su cuestionamiento, que es por la democracia y no por la satisfacción de demandas particulares. No hay en el pliego petitorio de 1968 ningún punto relativo a la reforma universitaria o a la educación, sino que en cada uno de sus temas plantea de manera amplia la relación Estado/sociedad o régimen/sociedad. Demandas de este tipo sólo podía plantearlas el medio estudiantil, aún sin ubicación laboral sectorial y sin la responsabilidad de dependientes económicos directos.

7. La represión al movimiento estudiantil, particularmente la del 2 de octubre en Tlatelolco fue el efecto de un factor estructural: la rigidez y autoritarismo del régimen político como respuesta a la interpelación que la movilización de los universitarios le hacía, y de un conjunto de elementos coyunturales o específicos: la sucesión presidencial por resolverse en breve, la realización de los Juegos Olímpicos, las pugnas internas en el gobierno diazordacista, la asunción por éste de la hipótesis del complot como explicación del movimiento.

8. No fue Tlatelolco la primera represión gubernamental en el periodo ni el primer recurso al asesinato. Desde la matanza de sinarquistas en León el 2 de enero de 1946 la violencia de Estado tendió a integrarse a las prácticas comunes de los distintos gobiernos posrevolucionarios. Ya en 1962 había sido muerto por el Ejército el líder campesino morelense Rubén Jaramillo, y varios militantes comunistas y activistas de movimientos sociales también cayeron por las balas de la milicia en esos años. El Ejército actuaba habitualmente para apagar esos brotes de inconformidad, al igual que el secuestro y el encarcelamiento a cargo de la temida Dirección Federal de Seguridad dependiente de la Secretaría de Gobernación. Dentro del propio movimiento de1968 había ya muertos antes del 2 de octubre; los caídos en el Colegio de San Ildefonso cuando su vetusto portón fue derribado con un disparo de bazuca, y luego los estudiantes politécnicos que enfrentaron al Ejército para impedir la toma de sus instalaciones en el Casco de Santo Tomás. Por eso no puede tratarse Tlatelolco como un hecho aislado aunque sí, por sus dimensiones, como una acción represiva-criminal que rebasó cualquier límite anteriormente visto. No fue un rayo en el azul sino la exacerbación de las tendencias que ya el régimen había mostrado de tiempo atrás.

9. Derrotado por la represión brutal, el movimiento estudiantil mexicano, su huella y su trascendencia no pueden ser comprendidas ni evaluadas para el corto plazo. Algunas transformaciones trascendentes se ganaron en los años subsiguientes, de manera oblicua, indirecta: la derogación del delito de disolución social del Código Penal Federal y la liberación de los presos políticos más antiguos, reos por ese delito eminentemente político; la reducción de la edad de ciudadanía de 21 a 18 años; la expansión del sistema de educación superior en todo el país para que cada entidad tuviera al menos una universidad; la ampliación de los presupuestos de las universidades e instituciones de educación superior; las leyes de amnistía que permitieron la liberación de los presos de 1968. En el mediano plazo, la reforma política dio reconocimiento al Partido Comunista, abrió la posibilidad de dinamizar el sistema político y de dar cabida a las minorías en la Cámara de Diputados y dotar de prerrogativas legales a los partidos de oposición para hacerlos más competitivos frente al partido de régimen.

10. Las transformaciones más trascendentes ocurrieron, sin embargo, en el ámbito social y el de la cultura, con cambios perceptibles en las mentalidades en materia sexual, religiosa, familiar, del papel de la mujer y del cuidado de la naturaleza, dando inicio a cuestionamientos más extendidos y consistentes al capitalismo y al patriarcado. Hubo avances también en la libertad de prensa —aun con retrocesos notables y graves, como el golpe al diario Excelsior en 1976, al finalizar el echeverriato— y de manera general en el respeto a los derechos de manifestación, reunión, expresión, asociación, etcétera, casi siempre trabajosamente y a costa de luchas particulares.

11. En contraste con lo anterior, antes y después de Tlatelolco, la violencia de Estado, la represión contra la sociedad, nunca dejó de ser un recurso para los gobernantes, si bien aplicado de manera más selectiva contra opositores y movimientos de insurgencia social. El 10 de junio de 1971 fue la réplica inmediata de 1968 para ahogar desde la cuna un nuevo movimiento estudiantil, pero por la vía paramilitar y sin usar directamente a las fuerzas armadas. La guerra sucia, la represión impía contra la insurgencia armada y sus bases de apoyo de los años setenta fue la respuesta virtualmente institucional, que inauguró la era de los asesinatos a sangre fría y las desapariciones forzadas. Los crímenes de Estado no han dejado de estar presentes desde entonces socavando y diezmando a las fuerzas opositoras y aterrorizando a la población.

12. La impunidad de los gobernantes es el hilo conductor y la piedra angular del sistema de represión letal integrado sustancialmente en el régimen vigente. Nunca los altos responsables; por excepción los operadores de campo, han sido juzgados por los crímenes oficiales que han afectado a los más diversos grupos de la sociedad. La militarización de los últimos doce años so pretexto de la lucha contra el narcotráfico y la delincuencia organizada, y su expresión jurídica en la inconstitucional Ley de Seguridad Interior, han representado una nueva escalada de violencia y violaciones a derechos humanos, una serie interminable de tlatelolcos dispersos por el territorio nacional que se llaman Aguas Blancas, Acteal, Tlatlaya, Apatzingán, San Fernando, Tanhuato, Iguala, Nochixtlán, Arantepakua. Frente a éstos y ante la impunidad en el ejercicio del poder la sociedad tiene que levantar su exigencia cardinal de justicia hoy, como hace cincuenta años.

Por todo eso y por mucho más, 1968 no se olvida.

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