Viernes 5 de Octubre de 2018

Cuanto más corrupto es el Estado, más leyes tiene.

Tácito

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El domingo pasado comprobé, una vez más, lo que siempre he dicho sobre la corrupción gubernamental, que ésta es efecto; y es así, toda vez que la misma deriva de la descomposición en general de nuestra sociedad, porque los gobernantes de allí emergen, no llegan de otro país o planeta; por tanto, insisto: la corrupción es un mal social primario y la corrupción gubernamental secundario o derivado.

Bueno, el chiste es que estaba yo formado en la fila rápida de un conocido supermercado transnacional, comprando algunos víveres para la comida dominical. Como su nombre y la costumbre lo indican, estas filas suelen ser rápidas porque atienden a quienes sólo llevan algunos cuantos artículos, diez o 20 máximo, no recuerdo con exactitud; detrás de un servidor les tocó turno a tres mujeres clasemedieras con un carrito copeteado, dirían en mi pueblo, obviamente eran muchos más productos de los permitidos en una caja rápida. La señorita cajera, amablemente les explicó que no podía cobrarles allí porque sobrepasaban el límite establecido, a lo que rápidamente, con argumento preparado, la soberbia cliente respondió, palabras más, palabras menos, que eran tres personas y que cada una pagaría distinta cuenta, por tanto, en lo individual, estaban dentro de los límites
permitidos. La joven cajera, con pena y timidez, aceptó el argumento, más que convencida del mismo, por no alegar o por intimidación de la arrogante mujer nice, o al menos esa impresión me quedó.

Tres cuentas distintas para un sólo carrito en la caja rápida
Tres cuentas distintas para un sólo carrito en la caja rápida
(Foto: Cuartoscuro)

Sin duda, el argumento de la señora fifí era lógico y técnicamente correcto, pero falto de ética; era un estiramiento de la política del negocio, que sin romperla, trastocaba el propósito de la misma, que es rapidez en el cobro a aquellas personas que sólo van por unos cuantos productos, no por el súper de la semana.

Acciones como esas pasan a diario en la vida cotidiana en diversos estratos y escenarios de la sociedad, que nada tienen que ver con cuestiones de gobierno.

Sinceramente, creo que en una sociedad con amplios sectores desprovistos de valores y ávidos de tratos especiales y beneficios con poco esfuerzo, las probabilidades de que sus gobernantes compartan esas características son elevadas, ¡muy elevadas!

Aclaro: no estoy diciendo que los mexicanos seamos un pueblo corrupto, sería una ofensa para todas las personas decentes que lo conforman; lo que si estoy diciendo es que muchas personas van por la vida pasándose semáforos, dando mordidas y moches, metiéndose en la fila, robándose luz, telecable o internet, y señalando con dedo flamígero a los políticos corruptos (que no conozcan o no sean familiares, a estos no), como si ellos fueran mucho mejores; ahora, tristemente, en muchos de los casos les asiste la razón, lo que de ninguna manera exime a los que hacen la crítica.

No recuerdo que columnista nacional dijo que en nuestro país la gran molestia de la gente por las desigualdades nace por estar en el lugar desfavorecido. Coincido, y en mis palabras digo, porque lo que he visto, que mucha gente no quieren cerrar la brecha, sino pasarse al lado beneficiado. De seguir así, solo se estarán renovando las elites, conservándose costumbres, y nunca habrá un cambio social profundo.

En fin, si queremos mejores gobernantes, tenemos que ser primero una mejor sociedad, lo cual no es tarea sencilla, pero tampoco imposible. Tengo esperanzas de que el cisma político nacional en proceso, dote de un mejor rostro a nuestra, hoy, desigual sociedad. Hagamos nuestra parte.

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