Estrellita M. Fuentes Nava
Vergüenza y herencia
Viernes 5 de Octubre de 2018
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Hace 50 años México vivió uno de sus episodios más negros, sangrientos y deleznables de su historia como lo fue la represión de los estudiantes del 68 en manos del aparato del Estado, y hoy en pleno 2018 hay diferentes perspectivas sobre cómo recordar este hecho: inscribiendo en letras de oro en San Lázaro el nombre de “Estudiantes de 1968”, retirando todas las placas conmemorativas de las obras dejadas por el Presidente Díaz Ordaz en la CDMX, las marchas estudiantiles, los foros, los debates… Pero existe un llamado colectivo que emerge como eco de esas voces que apagaron en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, y es el de despertar la conciencia colectiva para no permitir que los poderes fácticos nos sigan teniendo con la bota en la cabeza.

Las protestas y manifestaciones públicas son un síntoma de que algo no está bien por mucho que las autoridades traten de disimularlo: se protesta por los abusos, por la injusticia, por la corrupción o para hacer valer derechos de aquellos a quienes les han sido negados.

Vergüenza y herencia
Vergüenza y herencia
(Foto: TAVO)

Los movimientos del 68 (así como en Michoacán ocurrieron en 1966) fueron la manera como la sociedad de la época en voz de sus jóvenes estudiantes confrontó al Estado por tener éste secuestrado en su poder la toma de decisiones pasando por encima del bienestar colectivo, privilegiando solamente agendas políticas, económicas o incluso geopolíticas, y avasallando a cualquiera que no estuviese de acuerdo en ello.

Sin duda este episodio es considerado una gran vergüenza nacional que no podemos borrar (por más que quitemos las placas de bronce de Díaz Ordaz en los inmuebles), pero a la vez es nuestra herencia, porque gracias al sacrificio de quienes ofrendaron su vida aquella terrible noche del 2 de Octubre de 1968, hoy gozamos de mayores libertades y podemos retar a quienes nos gobiernan para exigirles cuentas.

Desafortunadamente el aparato del Estado sigue repitiendo sistemáticamente el modelo de represión: con tan solo el hecho de estar en algunas esferas corrompido o inmiscuido con los que delinquen, para poder mantenernos a raya a todos encerrados en nuestras casas por el miedo a la inseguridad, apoderándose de nuestro espacio público, así como del discurso para limitar nuestro actuar, nuestra voz y nuestra voluntad.

¿Cuántos hechos terribles siguen ocurriendo en nuestras propias narices? Robos y desvíos multimillonarios de gobernantes a quienes sólo los consignan a unos pocos años de cárcel (si es que los atrapan) y multas irrisorias; desapariciones y fosas con cientos de muertos que se destapan por doquier, o morgues rodantes con pilas de cadáveres a quienes se les ha despojado incluso de su dignidad; mujeres y niños violentados por mafias globales que los explotan sexualmente; municipios con cuatro o cinco policías para cuidar a su población, mientras los capos hacen exhibición de sus lujos y su poderío. Son muchos los frentes que tenemos que atajar como sociedad, así como lo hicieron una vez los estudiantes del 68.

Recordar su memoria implica también honrarla, y responder al momento histórico convirtiéndonos en guardianes del bien y de lo que es ético y moral. No habrá adalides que transformen nuestra realidad, por mucha ilusión que nos haga. Y para ello llevamos en el ADN ese mismo gen de quienes han peleado por un ideal, y esa es nuestra herencia: hagamos uso de ella…

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