Estrellita M. Fuentes Nava
En defensa de la confianza
Viernes 19 de Octubre de 2018
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He tenido la oportunidad de trabajar en distintos ámbitos del gobierno federal, estatal y local desde hace 22 años, todo el tiempo como parte del personal de confianza. Cuando comencé en ello, algo que me quedó muy grabado fueron la sabias palabras del Doctor Enrique Villicaña Palomares (q.e.p.d), quien fue mi primer jefe siendo Secretario Particular del ex gobernador de Michoacán el Licenciado Víctor M. Tinoco Rubí: - Lo más importante es la lealtad y la confianza-, y con esa premisa he tratado de guiar mi comportamiento como profesional y como funcionario público.

Antes de entrar al gobierno, siendo yo universitaria, me resistía a la idea del sector público porque a mí me significaba no hacer nada, excepto comer torta y pintarse las uñas, que era lo que observaba en la inmensa mayoría de las oficinas gubernamentales. Sin embargo, desde el primer día, mi experiencia ha sido todo lo contrario: arduo trabajo, tareas extenuantes, mucha responsabilidad, toma de decisiones difíciles, y espacio mínimo para el descanso o el período vacacional. También he prescindido del personal de apoyo, porque no tengo ningún problema en encargarme personalmente de sacar mis fotocopias, contestar el teléfono, armar mis archivos, y tener al día mi directorio, aun contando con secretaria. También me rehusé a tener chofer personal, por el simple hecho de que me apena que otra persona tenga que dejar de lado su vida personal y sus horarios, en función de mi agenda; no comulgo con eso. Es más tuve que aprender a manejar en la jungla que es la Ciudad de México, cuando trabajé 14 años por allá.

Aprender a manejar en la jungla que es la Ciudad de México.
Aprender a manejar en la jungla que es la Ciudad de México.
(Foto: Cuartoscuro)

En contraste he observado también de quienes hacen todo lo contrario como funcionarios de primer nivel: desde utilizar al chofer de la oficina para que les lleve la ropa a la tintorería o les recojan a los hijos de la escuela, o haga mandados al cónyuge; charolear para evadir infracciones de tránsito; hacer gala y ostentación de una vida de rico, sin serlo; hasta llegar a los que se desaparecen en las tardes para tomarse un “descanso” yendo a comidas sociales o hasta el futbol, manejando la oficina a distancia sólo mediante el teléfono o el Whatssup. Sobre esto último, en su ausencia, ¿en quiénes descansan estos individuos? En los mandos medios del personal de confianza, que son quienes en la mayoría de los casos llevan el peso principal de las oficinas y a veces hasta asumen la responsabilidad en la toma de decisiones.

Hacer el trabajo de recabar, depurar y analizar información documental y de las áreas de una organización de gobierno, ya sea para elaborar informes, estados financieros, minutas, proyectos, planes de política, boletines, discursos, evaluaciones y más, reside en aquellos funcionarios de nivel medio, que afortunadamente cuentan con algún grado académico y experiencia, como para ahorrarle los errores y las regañadas al jefe, y de paso salvarle el pellejo. Cuando no está el titular de la oficina, decidir qué se firma y qué no cuando hay fechas límites por términos legales, o elegir una línea discursiva porque el jefe superior saldrá a la prensa a hacer una declaración, lo decide generalmente quien puede y tiene la capacidad para hacerlo, que es un mando de confianza de nivel medio.

Para recibir a algún ciudadano, grupo u organización, o a un diputado y darle seguimiento a los compromisos asumidos ¿a quién le llaman?... al mando medio de confianza, quien llega con la nota puntual, las estadísticas y los estados financieros, para poder dar una explicación coherente y que la oficina no arda en llamas por el enojo de los clientes.

Se trata del perfil de un personal que labora de sol a sol, que con esfuerzo y dedicación y quizás con ayuda de alguna beca se preocupó por tener una carrera universitaria, e incluso hasta está cursando una maestría los fines de semana. Come sobre el escritorio, y se va a casa cuando se va el jefe, o hasta que éste le indique que puede retirarse, así sea la medianoche. También es el primero que tiene que estar en la oficina, con la información y la agenda al día para que el jefe tenga tiempo de planear su día, o tener a la mano la carpeta de apoyo para la reunión matutina con el jefe superior. Y ya adentro de la reunión, es el que está soplando las respuestas por medio del Whatssup al jefe para que no la riegue cuando le pregunten algo.

Son padres de familia, madres solteras, jóvenes profesionistas que mantienen a su familia, o que están recién casados y se comprometieron con una hipoteca. Y a diferencia de los funcionarios de primer nivel, viven de su sueldo, con el dinero al día, haciendo milagros para que éste les alcance y puedan cubrir la renta, los créditos, las colegiaturas, el transporte y los gastos médicos. No pueden enfermarse porque el jefe siempre cuenta con ellos, y cargan consigo una severa gastritis y estrés por la cantidad de trabajo impresionante por el que tienen que responder.

Para poder entrar al gobierno tuvieron que competir y presentar un CV que avalara su capacidad, además de hacer exámenes de conocimientos, aptitudes gerenciales (trabajo en equipo, liderazgo, visión estratégica, etc.), psicométricos y hasta de control y confianza. No tienen padrinos, ni un sindicato que los represente. Se valen por sí mismos, y están expuestos y conscientes de que cualquier trabajo en el gobierno es temporal.

Todos los días ven con nostalgia a los compañeros que sí están dentro del sindicato, gozando del privilegio de tener días económicos, encuentros deportivos, reuniones sindicales, permisos de lactancia, bonos y hasta el derecho de irse a huelga, todo como parte de sus conquistas; pero cuando voltean a su escritorio y ven el papeleo aterrizan en la realidad de que alguien tiene que sacar la chamba.

En suma son personal de confianza, es decir, en quienes se confía incondicionalmente para que salga adelante la organización, aún en medio de un paro laboral, y es a este personal al que se le castigará a partir del 1º de Diciembre de este año con una reducción del 70 por ciento de las plazas a nivel federal, así como de su salario (de hecho se les aplicó ya una reducción del 30% de su sueldo aquí en nuestra ciudad), en pos de un ahorro. No importa el esfuerzo, ni el perfil académico, la capacidad y la experiencia, ni que tengan como cualquier trabajador la necesidad de un empleo seguro. Sin embargo, si revisamos las cifras, por citar un ejemplo, en el gobierno federal hay 1, 567,381 trabajadores, de los cuales 317 mil son de confianza; es decir sólo el 20 por ciento. El resto son sindicalizados.

Cierto es que en la esfera del personal de confianza se han cometido abusos, por contratar al compadre, al amigo, al pariente que carece del perfil; sin embargo, a la vez hay un universo importante de profesionistas destacados, con especializaciones muy prácticas, que pueden tomar decisiones en un santiamén, resolver problemas complejos, y a quienes se les puede pedir horas extras de trabajo sin paga alguna, simplemente por el grado de compromiso que tienen con el jefe y con la organización. Son ingenieros, contadores, abogados, arquitectos y más, que saldrán a la calle a formar parte de las filas de la mal llamada RETANA (Red Nacional de Talento No Aprovechado) cuya pérdida por la curva de aprendizaje tendrá un costo en lo económico y en lo político para todos.

Ojalá que esta Cuarta Transformación considere más bien un rediseño, una reingeniería del gobierno en donde los perfiles idóneos ocupen el puesto indicado y reciban un pago y un trato justo de acuerdo a su capacidad, experiencia y resultados, sin tener que ser por intercambios o botines políticos que en nada ayudan al ciudadano – cliente. Y es que a veces las medidas a rajatabla no son las ideales. Valdría la pena reconsiderarlo…

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